Querida Elena:

 

Este 11 de diciembre de 2016 celebro tu cumpleaños de la mejor manera que puedo: leyéndote. Es difícil decidirme entre Los recuerdos del porvenir o Testimonios de Mariana, entre La culpa es de los tlaxcaltecas y Andamos huyendo Lola, entre Un hogar sólido y Felipe Ángeles. Quiero memorizar tus poemas que circulan en esas obras que te reconstruyen, te inventan, te delatan. Tus entrevistas y reportajes, tus gatos y tu hija, tu amor y odio por Octavio Paz, tus testimonios memorables, tus confesiones latentes.

La única vez en mi vida que he ido a París, lloré tres veces por tres mujeres que han marcado mi vida. Lloré por Antonieta Rivas Mercado, que se suicidó en Notre Dame. Lloré por Juana de Arco, tan valiente y tan sola, que fue quemada en la hoguera y después santificada. Y lloré mientras caminaba por los cafecitos parisinos y veía a mujeres que fumaban con nostalgia, te imaginaba a ti, tan lejos de México, tan cerca de nuestra alma en cada una de tus obras. Caminaba por las calles parisinas y quería seguir tus pasos, esa calidad para escribir, esa sensibilidad para delatarte, ese realismo mágico tan mágico, ese coraje latente, esa manera de perderle el respeto a un hombre y besarlo, así nada más. Lloré porque fueron muy injustos contigo en este país, lloraba porque fuiste siempre una verdadera provocadora maravillosa, lloro porque te sentía tan olvidada que te recordaba con la fuerza de cada una de tus obras.
Te descubrí cuando ya tenía yo 30 años, así de injustas son las clases de literatura nacional. Nunca te leí ni en la secundaria, tampoco en la universidad, como mucha gente supe de ti primero porque eras la esposa del poeta Octavio Paz. Se dice que gran parte de su obra la inspiraste tú, creo que desde ahí empecé a admirarte y a envidiarte, a imaginarte y a inventarte. Dicen, por ejemplo, que en el poema Bajo tu sombra, nuestro Premio Nobel de Literatura te cantó con sincera pasión:

 

Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de unos cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena….
Esto que se me escapa,
agua y delicia oscura,
mar naciendo o muriendo;
estos labios y dientes,
estos ojos hambrientos,
me desnudan de mí
y su furiosa gracia me levanta
hasta los quietos cielos
donde vibra el instante;
la cima de los besos,
la plenitud del mundo y de sus formas

 

Oh Elena, con razón tanto amor entre ustedes, con razón tanto odio entre ustedes. Una vez dijiste que toda persona tenemos siempre en nuestra vida un solo enemigo y que en la tuya fue Octavio Paz. El mismo que dibujas desdibujando con precisión su forma de ser y de no ser en mi novela favorita por siempre Testimonios de Mariana. Provocadora como siempre cuando la publicaste todos gritaban que tú eras Mariana y que el tal Augusto era sin duda Paz. Lo negabas a veces, lo aceptaste mucho después. En una entrevista inolvidable que te hizo Emmanuel Carballo, discutías con él, como siempre discutiste con el mundo, el eje de esa novela:

 

 

“Augusto dice que Mariana lo persigue, y la famosa Mariana ya está muerta. Tú dices que persigo a Paz. Seguramente te lo dijo él. ¿Podrías decirme cómo lo persigo? ¿Escribiéndolo? La novela no es un pleito privado ¡Es una novela!.. Yo ignoro las vidas y milagros de Octavio Paz. Si los ignoraba cuando estuve casada con él, pues ahora mucho más, entre él y sus amigos lo cubren con espeso velo de misterio imposible de penetrar. Creo que ya hablé bastante de Mariana…”

Pero antes y después de esos odios y de ese amor, querida Elena, ya nos habías regalado Recuerdos del porvenir, 1963. Siempre es un deleite leerla, siempre descubro una frase nueva, un momento conmovedor, diálogos que te sacuden, personajes inolvidables. Hombres fuertes, el general Rosas y Francisco Hurtado. Mujeres más fuertes, Isabel Moncada y Julia Andrade. Un México entre guerra y olvido. Un poblado con ecos y evocaciones. Hombres que saben amar, a veces a gritos, otras más en silencio:

 

“Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así soy, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga”

 

 

Fue entonces cuando te descubrí y me conquistaste, una clase en el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer (PIEM), que en 1987 ofrecía un curso sobre la presencia femenina en la literatura mexicana. Desde entonces, libro que encontraba de ti, de inmediato lo adquiría. Testimonios de Mariana me asustó, sí eres tú, eres tú, pero también yo y las otras que soy, las demás que no entiendo, las que van y vienen de mi galería de espejos para retarme, quererte, aceptarnos:

 

 

“Ahora sólo podría afirmar: ¿Mariana? Es la mujer que me amó… Aunque puedo afirmar lo contrario: ¿Mariana? Es la mujer que jamás me amó… Vivo bajo la impresión de que no existió nunca y de que nunca la amé. Tal vez su recuerdo me incomoda, aunque hay instantes que regresan y entonces veo que ambos quedamos escritos en el tiempo, como esas palabras escritas con tinta secreta y que sólo mediante determinada substancia resultan legibles, a pesar de aparecer en un papel en blanco o de llevar visible otro mensaje…”

Recuerdo que en ese curso que tomé analizaron La culpa es de los tlaxcaltecas, un cueto mágico y realista, fantástico y real, entre recuerdos y conversaciones, charlas y evocaciones, nos delatas con ironía, las mujeres nos parecemos a los tlaxcaltecas, entre la lealtad y el olvido, las traiciones y las justificaciones, amamos y odiamos, oscilando entre el pecado y el Cielo, la fe y el Infierno. Palabras individuales y discursos colectivos, mujeres que se condenan al mismo tiempo que se liberan:

 

 

“Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.”

Desde entonces Elena Garro todo lo relacionado contigo está cautivo en mi biblioteca, esas memorias de tus días en España, esas biografías que crean tantas elenas que admiro, análisis que no alcanzan a explicar toda tu sensibilidad y enorme calidad literaria, obsesiones con tu pasado y presente. Por eso hoy, querida Elena te escribo y celebro estos 100 años de tenerte tan cerca. Quiero terminar esta carta con uno de tus poemas que pude conocer gracias a la obsesiva pasión de la investigadora Patricia Rosas Lopátequi, que al empezar este 2016 dio a conocer Cristales de tiempo, poemas inéditos de Elena Garro. En este centenario de tu nacimiento, nada mejor que revelar tu lado poético:

 

 

A oscuras padre, a oscuras, busco tu belleza.
Busco tus ojos tan cerca de la luz.
Busco tu voz en el paisaje.
Te busco a ti tan antiguo.
Tan lleno de verdura.
Tu nacimiento determina al mundo.
Tú al principio del tiempo en el origen de las cosas.

“Este era un rey que tenía tres hijas”

Después soy yo y luego mis hermanas.
Y ahora yo.
Buscándote de nuevo a oscuras
Buscando tus regalos.
Los montes que creaste para mí.
Con sus ovejas y pastores.
En cuya música de flautas nos mecíamos…

Hacer Comentario