Un par de llamadas perdidas y siete minutos pasados del mediodía…

 

“VAMOS despacio para encontrarnos, el tiempo es arena en mis manos…”, es novedad que el vecino que sólo existe para dar mantenimiento a su moto también exista para escuchar a Cerati y hacérmelo escuchar al despertar. Como sea, es tarde, ¡demonios! ¿Por qué estas sábanas se aferran tanto a mi cuerpo?

Hagamos esto en cámara rápida, en honor a la diosa Elipsis: de pie, ¿cereal? Es casi la una. El último sorbo exprés y la cuchara que golpea el bowl vacío anuncia la siguiente estación: retrete, ducha, aseo bucal… todo lo que haya qué hacer en el cuarto de los azulejos en una sola exhibición, un manotazo de despedida sobre el espejo empañado. Llueve. ¡Éste no! Ya lo usaste el lunes, ¿qué tal el atuendo con el que siempre te confunden con el personal de seguridad? Dale.

Trrroc, trrroc, estas chapas están cada vez más flojas. Clac, clac, clac, clac, el vecino que sólo existe para dar mantenimiento a su moto y, hoy, para escuchar a Cerati y hacérmelo escuchar, advierte mi rutinario escape, intercambiamos sonrisas silenciosas, pienso en lo injusto que soy al reducir su existencia al mantenimiento de su moto, quizá en kármica represalia yo sea para él el tipo que sólo existe para huir de casa a las 15:45, como si hubiera qué evacuar un edificio al borde del derrumbe.

Afuera, el señor que sólo existe para limpiar con caricias religiosas su vocho naranja que ya tiene placas de auto clásico. -¡Buena tarde!-, -¡Igual para usted señor!- Vamos, apresúrate. Los pitufines de la secundaria técnica, ¿qué no están muy grandes para treparse al tobogán?. Y la dama que sólo existe para alimentar a las palomas ya molestó al indigente que sólo existe para arrastrar hilos de penas por las Vizcaínas. El hombre que sólo existe en las noches para ser guardia del congal, bueno, sí que cambia su razón de ser a la luz del día, dudo que sus mocasines le ayuden a evitar un resbalón por la escalera mojada que ya borró el anuncio de Chelas 2×30 hasta las tres.

Clac, clac, clac, clac… el mundo subterráneo sigue ahí, como lo dejé ayer, haciendo eco del hambre del descalzo, con hedor al sudor colectivo que se desplaza en masa. Tuuuuuuuuuun, el portal automatizado se abre para vomitar miles de hormigas, la bestia naranja parece aliviada al liberar a la gente que se tragó en la estación previa, pero el desahogo no le dura un suspiro. ¡Qué condena la que le toca!

Un empujón fuerte y estoy en sus entrañas, agárrate del tubo lubricado por tantas células muertas porque la bestia naranja no tarda en cobrar venganza al frenar o dejarte atrapado en su interior, hasta que la gota de urea recorra tu mejilla desde la frente, hasta vomitarte como el desagradable bocado que eres. La salida puede ser fácil si te dejas llevar por el impulso cooperativo de la multitud.

Ya duraron las fotos de la fachada de Bellas Artes en el corredor, a Pedro Infante lo dejaron como tres meses, hasta que los insectos comenzaron a reclamar la galería. Tuuuuuuuun… corre que te deja el otro. ¡Cierto! Aquí nomás mujeres, -recórrete hasta el tercero-, exige la mujer que sólo existe para ser gendarme, hoy luce como un monumento animado sobre ese cubo de madera; tuuuuuuuuuuun… un par de estaciones más y de nuevo al glorioso aire de la superficie, aún no subo y ya adivino la dulce mezcla aromática de los pollos Molinos, con el caso engrasado de barbacoa; el de la cañería añeja en el cruce peatonal, con los mariscos, y  las naranjas de Álamo, con el humo escape de pecera noventera. El pasado sigue en resistencia.

Ya no tengo cambio. Con unos garapiñados de cinco o unas almendras de siete te dan vuelto suficiente para pagarle a la alcancía del ecobús. Triiiinc, triiiinc, son 6.50 pero el chofer no te dice nada si le echas 6. Torniquetazo y estás dentro, a esta hora siempre hay lugar y, si hay, mejor sentarse, la última vez que no lo hice, lo lamenté: me recargué de la ventana en el espacio donde no hay asientos y en el momento más contemplativo y de reposo, la trompa de un tráiler atravesó el cristal. No pasó a mayores, sólo un puño de pedacería vidriera que quiso colárseme en el cachete. Desde entonces ocupo los asientos que dan a la acera, aunque pegue el Sol de las tres. Tiiin, tiiiin, alguien ya oprimió el botón para advertir el mismo descenso.

Huella de registro: -intente de nuevo por favor-, tras la nueva oportunidad, un torniquete más, por qué no; pícale al ascensor, piso siete y va otra vez: botón de entrada, huella y… ¡eureka! -Acceso correcto-; la cámara siempre congela la peor versión del rostro, -¿cómo está oficial?-, no responde, ¿para qué pregunto? Seguro estará sólo existiendo para ser el oficial de la entrada. Tomo asiento, cuenta regresiva y la nave comienza el despegue.

Sobre El Autor

Alejandro Galindo Sandoval

Reportero, editor, pluma silente y amante de lo ajeno

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