Soñé con una mujer que zumbaba amorosamente al oído de una amorosa mosca. Entonces comprendí por qué un vestido puede atraer miradas. Y me dieron ganas de conocer la Gran danesa para preguntarle por qué salía a pasear, puse más atención a la figura fragmentada de la Venus de Milo y recordé que yo una vez me enamoré de un niño vaticinio, que nunca supo que lo era pero se quedó por siempre en mis recuerdos. Me asusté con la tipa celosa porque de verdad conozco a muchas, pero me dan más miedo las sombras rencorosas que espían desde la entrada de mi oficina.

Enseguida, imaginé a una mujer que dibuja sonrisas invertidas y subraya nuestras cotidianas obsesiones. La muy malvada me enseñó a escribir alguna carta de amor para herir el papel y extirpar blancuras. Me hizo creer en embarazos que tienen el don de convertirte en virgen mientras sueñas en parir algún alien. Provocó que creyera en las posibilidades de enamorarme de un jabón para olvidarlo mientras me distraían sus burbujas. Me demostró lo absurdo que era creerse un delincuente libre y modelo para cometer el crimen más pendejo que prometiera el cautiverio anhelado de la lectura interminable.

Pronto sospeché que se trataba de una mujer absurdamente provocativa que jura leer premoniciones solamente para tener recuerdos vívidos. Por eso era capaz de dividir a las divas que pueden enorgullecerse en un arranque de auto-rabia de masa encefálica. Prometió que el árbol de la felicidad es posible de encontrar si traes liguero y un par de pantimedias caladas con un agujero en la entrepierna. Y me convenció de lo estúpido que resulta enamorarse a largo plazo a lo estúpido de un estúpido.

Me sorprendió con una mujer que describe a las sombras, en particular a una sombra llamada Rencorosa, un ser que desde el vientre materno ya estaba envenenada por el rencor perenne. Que advierte las trampas para conquistar a los hombres. Advierta la forma en que se activan las caderas femeninas o montar escenas de soledad y carencia en los cafés. Que hace hablar a un Pene, que tradicionalmente no hablan, para orillarlos a confesar afirmaciones falocéntricas.

Me inspiró una mujer que se enamora de hombres que tienen ojos de perro. Que provoca a fantasmas para que congelen sus curiosidades y se enamoren de imposibles. Que reza al dios de los juguetes y negocia mitos que se someten a interrogatorios eternos. Que reclama a mujeres insensibles matar amores con jabones desodorantes. Que acepta regresos húmedos y múltiples.

Me contagió su estilo lleno de sororidad una mujer que escribe entre lo absurdamente lógico y entre lo razonablemente ilógico. Que expone relatos disparatados que se integran a mi sensatez para hacerme dudar de la vida. Que narra cuentos posiblemente paradójicos para darle coherencia a mi ingenua imaginación. Que comparte historias indiscretamente ilógicas que te hacen palpar la realidad más cruda de tus sueños coloridos. Que tiene un estilo inadmisiblemente cautivador y cuando adviertes ya memorizaste 75 páginas sin finales ni principios pero sí con personajes que podrían ser tú o ella misma, no existir o ser exageradamente conocidos, tranquilamente desconocidos, milagrosamente provocadores.

Y esa mujer que soñé, que imaginé, que sospeché, que celebré y que me contagió con esa fresca juventud que aspiré en sus historias, con ese aroma femenino que palpé en sus palabras y con esa provocativa sencillez de explorar lo absurdo cotidiano de las historias falsamente ciertas, se ha convertido en otra de mis escritoras favoritas.

Una mujer que ya ha publicado varias novelas, que es locutora y editora, que juega con las palabras para seducirnos y que bendice lo absurdo para reconciliarnos con la vida, mientras nos anuncia, nos advierte, nos comparte, nos delata la forma en que el cielo puede estar herido:

 

Una noche escuché el estruendo de una cuchilla voladora, supe que la capa del cielo se rasgaría y tuve frío. Chorros de sangre azul derramados, el líquido divino encharcado, las membranas del mundo desgarradas, la nariz de dios desconcertado asomando por el boquete, y yo, ahogado de tristeza, sin poder respirar en el fondo de aquella cruenta profundidad celestial.

 

Y es así como quiere invitarles a que lean La herida en el cielo, cuentos/relatos/cartas/provocaciones/reconciliaciones que en 75 páginas nos comparte Rowena Bali.

Rowena querida, gracias por permitirme amar el lado absurdo de la vida y asustarme de su lado lógico. Gracias por seducirme literariamente a través de 28 historias atinadamente disparatadas y solidariamente ilógicas. Donde pasa lo que nunca supones que debe pasar y donde no ocurre lo que siempre deseas que deba pasar.

Gracias porque tus historias van del Pesimismo a La sonrisa invertida, por dejarme reconocer a cualquier Diva dividida o enamorarme también de El niño del vaticinio. Por abrazarme de El árbol o bendecir que Soy muy pistola. Cada una de estas frases bendice los títulos de tus relatos, provocan para iniciar la lectura y se vuelven aliados al llegar al final no final de tus relatos.

Rowena Bali tiene el estilo, la sensibilidad y la provocadora sensatez de identificarnos con historias que crees nada tienen que ver contigo, con personajes que de pronto tienen mucho que ver contigo y con palabras que de pronto delatan la ingenuidad, la esperanza, el pesimismo y la alegría de ser parte de la vida:

Tengo el proyecto de ampliar mi vida. Construiré una ciudad horizontal en el techo de mi cuarto. Una ciudad que conviva con el campo, donde miles de pájaros coloridos vuelen por las avenidas, donde abunden ríos y lagos. Una ciudad de verdad. Dejaré entrar en mi enorme vida a un hombre con los ojos de perro.

Gracias Rowena Bali…

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