Ésta es la primera morada.

Allá, en la otra, Eva te llora,

Eva te busca y te llama.

No la oigas. Quédate con ésta

Sin edad y sin nombre,

La que en verdad te ama…

Durante la Feria del libro Infantil y Juvenil Hidalgo 2016, se hizo un homenaje a la poeta y periodista Margarita Michelena y entre las actividades estuvo presente su hija, Andrea Cataño. En tan solamente una hora, ella evocó rasgos de la personalidad de su madre. La calidad de sus poemas, su figura respetada y hasta temida en el ámbito periodístico y otros escenarios como la publicidad, la radio y hasta el feminismo donde su madre brilló. Debido a que yo realicé una investigación titulada Margarita Michelena: poeta y periodista, tuve la suerte de llevar la pauta de esa conversación y juntas evocar a una mujer nacida en Hidalgo, de gran talento literario, perspectiva crítica e irónica y gran calidad humana.

“Llegó al mundo la noche del 21 de julio de 1917 en una vieja casona de Pachuca. A su madre la asistió Goya, la fiel mujer otomí de lengua dulce y suaves manos morenas. Fue una hermosa niña de fulgurantes ojos azules. Mientras la sostenía en brazos por primera vez, Benita suplicaba: “Dios, no me la quites como a los otros… es tan linda. Se llamará Margarita, en honor a Santa Margarita de Alacoque, que hoy celebra su día”. Su padre, Leopoldo, el castellano recio con su muro de amor inexpugnable, no regresaba aún de la mina con cuya dureza se hablaba de tú. Goya limpió a la niña y la vistió con la ropita que Benita le tejió con sus manos de hada celta. Así pasó sus primeras horas en este mundo Margarita Michelena…”

Nadie mejor que Andrea Cataño para evocar el nacimiento de su madre. Para pintarnos ese momento con amor y respeto, con ternura y melancolía. Pachuca ya era bella y airosa, el viento soplaba suavemente en el mes de julio, el aire suspiraba esperanzador sobre el día 21 pero al mismo tiempo la fuerza de un huracán pronosticaba el nacimiento de una hidalguense que arrullaría palabras, levantaría torbellinos de poesía y tifones periodísticos, el año que marcaba el calendario en ese instante ya había pronosticado la historia de México, era el año 1917. Su padre se llamó Leopoldo Chillón Mateus y su madre Benoite Michelena.

Y la voz de la hija de Margarita Michelena a veces parece quebrarse de emoción y yo espío sus ojos que se cierran para atrapar la nostalgia y sin esfuerzo recordar las historias que su mamá le platicó, los olores que mágicamente la voz materna convirtió en memoria, los colores que dibujó en su ayer compartido y convertía en cuentos sensibles para dormir tranquila en esa infancia donde aprendió a soñar mientras deshojaba una margarita.

“Mi mamá siempre que hablaba de Hidalgo sentía su amor y su nostalgia. Me platicaba de su infancia donde su mirada descubría la  magia, gracias a la belleza generosa de Mineral del Chico, donde pasó su primera infancia. Le gustaba platicarme de la manera en que el viento de Pachuca le susurraba relatos de minas que se enamoraban de los hombres que las irrumpían temerosos de su conquista. Se acordaba del sortilegio en que Molango lograba envolverla para arrullarla. Tuvo una nana otomí que la hizo amar sus raíces. Palpó nuestra cocina hidalguense y aprendió a hacer pastes y hasta preparaba un suculento mole verde en una olla para ella sagrada porque era una olla otomí. Incluso le enseñaron a hablar en otomí.”

Y la niña Margarita poseía “una sonrisa blanca” que circulaba por su sangre –como dijo en su poema-, con una sed inacabable y una soledad que no la asustaba porque era su espacio para soñar y para imaginar. Por eso, le resultaba tan sencillo confundir al pájaro con la música y al “aire con su hechizado instrumento”. Seguramente su infancia en la Bella y Airosa fue el pretexto ideal para tener la certeza de que el “hermoso oficio” del naranjo es “hacer soles menores”. Y caminaba por los paisajes hidalguenses para jugar a que recogía esos signos y palabras “que se le caen a Dios entre la hierba”.

Fue en su casa donde Margarita fue cautivada por la lectura y por la literatura.  Fueron varios familiares quienes empezaron a inducirla en la lectura, principalmente su tía María Mancera, quien fue determinante para que la pequeña aprendiera a leer a los cinco años de edad. Andrea Cataño recuerda que su madre siempre afirmaba que cuando le leyeron los poemas de Luis de Góngora su corazón infantil aceleró el ritmo y quedó marcada por siempre por la poesía.

Y Margarita creció. Después de arrullarse con una luna bella y airosa, de saborear los pastes y el mixiote, de aspirar el murmullo de las minas, se convirtió en una adolescente que encontró en la escritura su vocación y que decidió que su vocación se llamaba literatura. Intuyó que pese a tenerlo en el alma, debía prepararse, así que no dudó en preparase para convertirse en escritora. Pero, la inseguridad latía en sus certezas. Fue el destino y la casualidad quienes confabularon para que alguien descubriera su alma poeta.

Y esa joven bellairosa llegó a la capital del país, perfumada con aroma y torbellinos literarios dispuestos a transformarse en palabras. La universidad la recibió generosa. Primero en San Ildelfonso, donde estudió la preparatoria. Más tarde, la universidad le abrió las puertas de un edificio ubicado en San Cosme. Seguramente ella observó la perfección de los balcones del antiguo edificio de Mascarones. Atrapó esa belleza seductora de su herraje. Caminó por la Calle de Naranjo para seguir sus huellas literarias y reencontrarse con esa niña que desde pequeña tuvo una certeza: ser poeta.

Tal vez alguna tarde de otoño, mientras pisaba nostálgica las hojas caídas de los árboles, evocaba a la Bella y Airosa, esa ciudad que la vio nacer. Seguramente, mientras se recargaba en un frondoso árbol de esta Alameda de San Cosme recordaba el vuelo centelleante de las palabras que ya giraban en su mente y en su alma. Su vida y sus decisiones se asemejan a las cariátides que adornan ese edificio de Mascarones, donde estudió, leyó, se aproximó a la perfección poética y afinó su alma de poeta bellairosa. Su ayer en Pachuca y su ahora en la ciudad de México, la niña hidalguense y la joven poeta, marcaron el ritmo de su adolescencia. Margarita Michelena tenía una certeza, ella sería poeta. Pero su vida de mujer continuaba…

Mi mamá se casó en mayo, pero no recuerdo el día, de 1949. Yo nací en 1951, y ella tenía 34 años. A los dos años, nació mi hermano Jesús. Ella me contó que no podía embarazarse y se sometió a un tratamiento —de caballo, me decía— en el que le soplaron las trompas de Falopio para destapárselas y unos meses después, se embarazó de mí.

El siglo XX llegaba a la mitad y Margarita Michelena ya empezaba a publicar sus poemas y escritos, vivía con un hombre que amaba y la comprendía, tuvo una hija y un hijo. Pero su currículum, su testimonio de vida, su historia centelleante y sus notas para dibujar un árbol genealógico apenas empezaban a ocupar los primeros renglones de su vida.

Exploró otros espacios y se acercó al micrófono, al sonido y las sintonías. Fue así como empezó escribir guiones para radio. Destaca que participó en la primera estación radiofónica fundada por mujeres en México: Radio Femenina, durante los años de 1952-1959. Cabe destacar que durante la década de los sesenta, un anuncio publicitario llamó la atención de los auditorios y tiempo después sería considerado como una de los ejemplos más representativos de la publicidad mexicana por su frase sintética, efectiva e informativa en solamente tres palabras: Mejor, mejora, mejoral.

Me atrevo hoy a hablar de ella no solamente porque fue mi madre, sino porque fue una mujer que nos abrió camino entre otros, en el periodismo, ya que fue la primera pluma femenina que ocupó las páginas editoriales. También fue la primera mujer directora creativa de publicidad, cuando, siendo muy jovencita, empezó a hacer slogans, para apoyar los patrocinios de sus anunciantes para los programas de radio cuyos guiones escribía y producía. De ella es el lema “Mejor mejora Mejoral”, considerado como uno de los mejores de la historia de la publicidad en México.

Recibió una invitación provocadora en 1978: ser parte de la página editorial de Excélsior y en 1980 de la revista Siempre! En estos espacios periodísticos “publicaba artículos que ponían a temblar a la clase política de su tiempo”. Escribió en la prensa hasta el resto de su vida.

En 1984 recibió la grata sorpresa de ser homenajeada en su tierra, en la Bella y Airosa. La Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo la recibió con los brazos abiertos. Agradecida y emocionada, pisó la tierra que la vio nacer y confesó con buen humor lo que todavía la identificaba con el territorio hidalguense:

Tengo como norma el alimento que me gusta comer, el Paste, porque lo sé hacer y lo hago… No me gustan los gusanos de maguey ni los chinicuiles ni los escamoles pero me gusta el zacahuil de la Huasteca hidalguense y otras comidas regionales.

Ese día del homenaje, la misma Margarita Michelena confesó sus ganas de llorar todo el tiempo ante tantas muestras de admiración, cariño y respeto así como de reconocimiento a su obra poética, pero ante la reportera Cynthia Palacios Goya confío que “contuvo sus lágrimas porque no es decoroso soltarlas en público”.

Pero un día Margarita Michelena intuyó su destierro. A su hija se le quiebra la voz cuando evoca:

Fue el 26 de marzo de 1998 cuando Margarita Michelena regresó a ese origen por el que siempre tuvo tan profunda nostalgia. Aún no me acostumbro a su ausencia, a no escuchar su voz, a no estrechar su fragilidad. Tengo nuestras palabras derramadas a orillas de su muerte, todas mis lágrimas agolpadas contra la eternidad, todo el mar donde yacen sus cenizas y, para consolarme, estos testimonios de los amigos que descifraron su esencia y entendieron el destierro de sus brazos…

Gracias, de nuevo a todos, pues mientras los recordemos, Margarita Michelena permanecerá invicta de la oscuridad. Gracias a Venancio Neria que propuso y logró este espacio en la Feria del Libro Infantil y Juvenil Hidalgo 2016. Gracias al Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo la generosidad de abrir este escenario para un merecido homenaje a Margarita Michelena. Gracias a Andrea Cataño por compartir la historia de su mamá. Al final de la charla su hija anunció que en 1917, centenario de nacimiento de la poeta, la región hidalguense hará varios eventos en su honor.

Además ella donó el archivo de su madre así como fotos y hasta el acta de nacimiento, donde se acaba de descubrir que Michelena nació justo frente del Centro Cultural del ferrocarril.

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