Le vendieron carísima la docena de rosas pero no le importó, la ocasión lo ameritaba. Ramo en manos, llegó al café diez minutos antes de lo pactado. Habían decorado el lugar con globos rojos y con estampitas de corazones en las ventanas. Varias parejas aguardaban a que se desocupara una mesa, pero él fue previsor y reservó una con dos semanas de antelación.

—¿Le traigo algo de beber, joven?

—No, gracias, esperaré a que llegue mi acompañante.

Sacó de su mochila una tarjeta de Snoopy que había comprado y, con la letra más bonita que pudo, le escribió encima:

¿Quieres ser mi novia?

Sonrió nervioso al imaginar la reacción de Diana cuando llegara, recibiera las flores y leyera eso. Impaciente, vio los minutos escurrirse entre las manillas del reloj hasta que éstos sumaron media hora. Entonces decidió llamarla pero no contestó en ninguno de sus intentos. Le escribió un mensaje pero tampoco lo atendió.

—Joven, ¿está seguro de que no desea ordenar aún?

—No, no. Esperaré.

Pero la espera fue el balde; pasó una hora y de Diana ni las luces. Entonces, resignado, se levantó y emprendió la marcha de la vergüenza, seguro de que todos se reirían de él al verlo salir cabizbajo, con las flores y con la tarjeta.

Lo ocurrido lo atormentó el resto de la tarde. ¿Por qué lo dejaría plantado? Quizá no lo hizo a propósito, pensó; quizá algún motivo de peso tuvo para faltar a la cita… O quizá prefirió pasar aquel día con alguien más… Cual fuera el caso, ya lo hablaría con ella al día siguiente en la escuela. Pasó la noche en vela, intranquilo.

Diana tampoco se presentó a clases por la mañana. Pronto corrió la noticia como lumbre: la tarde anterior, mientras iba en su bicicleta a un café del centro, fue embestida por un camión de la Ruta 33. El chofer escribía en su celular y no la vio. El golpe le arrancó la vida.

El corazón del enamorado terminó de resquebrajarse: ya nunca podría decirle lo que sentía por ella. En un irónico giro de los eventos, le dijo adiós con las mismas rosas con las que iba a declararle su amor. En adelante, todos los 14 de febrero iría a dejar flores sobre su lápida en el panteón municipal, a llorar mientras imaginaba lo felices que pudieron ser si el destino no les hubiese jugado sucio…

Pasaron cincuenta y dos años. Él nunca la olvidó. Después de separarlos, la muerte los reunió.

—¿Diana? ¿Diana, eres tú? —preguntó él, confundido, al verla emerger de entre la bruma.

—Sí. Soy yo.

—¡Pero qué gusto volverte a ver!

—¡Lo mismo digo! ¡No sabes cuánto te he extrañado!

Se abrazaron.

—Fue muy dulce eso que hiciste; ¿sabes? —dijo ella.

—¿Qué cosa?

—Llevarme flores todos los años… Luego de que me fui pocas personas se acordaron de mí como lo hiciste tú…

—¿Y cómo no iba a hacerlo? Si tú eras tan especial para mí… Si yo siempre te he querido…

—¡Ay, mi vida! Yo también te quiero…

Compartieron una sonrisa y él, dichoso, se acercó a besarla, pero ella colocó sus etéreos dedos sobre sus labios para detenerlo.

—Como amigo —puntualizó.

El enamorado quiso morirse al escuchar estas palabras.

Pero no podía porque, vamos, ya estaba muerto.

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