En la mi vida me embriagué con toda bebida conocida. Me he embriagado de amor, de pasión -eso casi me mata-, de melancolía, de alegría, de rabia, de gula, avaricia, soberbia y pereza.

Por eso me burlo de todos los que se embriagan de tan sólo alcohol, cuando no saben lo que es embriagarse de las miradas de una bella extraña que fija su mirada en la tuya por primera vez; de las puestas de Sol en el infinito horizonte de una tarde melancólica; de las noches frías y heladas; de las lágrimas que derramas en una noche sin Esperanza; de las hermosas melodías que transportan el dolor y alma de los músicos; de las pinturas que escurren pasión trágica de artistas olvidados. Del éxtasis que se obtiene del consumo desenfrenado de todos aquellos placeres, desde al más minúsculo y efímero hasta el más brutal y corrosivo.

Pero estas últimas noches anhelaba algo más que sólo continuar con mi viciosa espiral de insaciedad. Así que salí desesperado a caminar en busca de algo de tranquilidad y mi sorpresa fue terminar  en un bar totalmente vacío.

Ese tipo de cosas me pasan todo el tiempo, pero parecía ficción que tú te acercarás de la nada y mostrarás un desconcertante interés en mí.

-Bueno, entonces brindemos por esta sencilla y extraña noche

-Estoy de acuerdo. ¡Salud, bella dama!- Dije finalmente a Vita.

Ella llegó unos minutos después de que yo entre al bar. Por lo bien arreglada que estaba, pensé que se encontraría con alguien en este lugar y que había llegado mucho antes que su cita. Todo indicaba a que se acercaría a la barra a esperar a su acompañante, así cuando empezó a caminar hacía mi dirección no mostré el más mínimo asombro.

Sin duda, fue un gran desconcierto cuando se acercó a mí y preguntó si yo esperaba a alguien. Cuando le dije que no, se sentó junto a mí y quiso saber mi nombre. Creo que jamás hubiese soñado con que algo así me pasara alguna vez, pero sentía una extraña familiaridad en la forma en que comenzamos a intercambiar palabras, así que le dije mi nombre de inmediato.

Ella respondió que Morte era un nombre curioso y yo le sonreí amablemente. Creo que mi nombre repercute bastante en mi personalidad pero aun así se me da sonreír. Cuando le pregunté acerca del porqué se había acercado a hablarme siendo ambos unos extraños, me comentó que no esperaba encontrar más vacío el lugar en el que estaba sentado que todo el bar. Luego dijo que también ha comenzado a hacer todo lo que desee por más caprichosos que parezca, y que eso hasta ahora va bien. Le respondí perspicaz que si ese vestido suyo es parte de esos deseos, entonces también llevan un muy buen gusto ya.

Ella sonrió tiernamente y eso me erizó un poco la piel. Era muy extraño sentir algo así, la fluidez de nuestra charla me hacía sentir de otra manera, y era bastante oportuno para impulsarme a contarle abiertamente porque estaba solo esta noche.

Luego de que brindáramos, comenzó a relatarme más sobre lo que la había traído a deambular por las noches. Aunque no sabía cómo poner orden a las palabras que intentaban explicar su historia, finalmente halló una forma de resumirlas:

-Bueno, es como si lo que persiguiese siempre se encontrarse en un lugar diferente al que estoy. Es decir, a veces creo que las personas llegan al lugar en el que deben estar y reciben lo que mejor les va, y es una cosa asombrosa de contemplar. Pero, yo jamás llego, jamás recibo.

He andado por aquí y por allá, esperando atrapar lo que es para mí y de nadie más pero simplemente el amor, la amistad, la felicidad, la dicha y hasta el significado están agotados. Me creerás una dramática, pero incluso he pensado que la muerte, que bien esta para todos, para mí no lo está.

Lo supe porque comencé a deambular por las noches esperando aliviar mi frustración con lo que tuviese la muerte para mí, pero no ha habido nada, como ves, sigo aquí. Esta para otros, siempre para otros hay algo, me avergüenza pero comienzo a envidiarlos.

Apuesto que es la más rara justificación que oirás, pero por eso me cumplo caprichos; porque es lo único que me queda.

-Quién lo diría. Tú buscas algo de la muerte y yo busco algo de la vida.

-¿Tranquilidad? Yo pensaría que la muerte te puede asegurar eso.

-¡Tienes absoluta razón! Pero en realidad me gustaría recibir satisfacción. Quiero decir, estar insatisfecho todo el tiempo es lo peor que le puede pasar a un alma ansiosa y compulsiva por inundarse de algo.

-Alcohol, por ejemplo.

-¡Así es! Pero si vendiesen esperanza embotellada, agotaría todos los lotes para el resto de nuestras vidas.

-Esperanza, nunca he pensado en la posibilidad de adquirir esperanza. No sobra en estos tiempos a decir verdad, al igual que los buenos amantes; de esos que te devuelven la pasión por la vida.

-Tienes razón. Creo que si la Muerte y la Vida fuesen amantes, entonces habría Esperanza desde el amanecer hasta el anochecer, para todos, como si se tratase de una fuente.

Ambos soltamos una buena risa y otros pares de brindis siguieron después.

Comenzamos a hablar durante gran parte de la noche también sobre cómo nuestra ingenuidad sobre la vida y el amor nos había hecho merecedores de los infortunios que nos condujeron a acabar esta noche en un lugar tan solitario. Nos hablamos con toda sinceridad, con tanta que el drama de nuestros corazones llenaba el bar con el eco de nuestro discurso.

Entonces, una embriaguez distinta a todas las que había sentido antes llenaba mi pecho. Se expandía por todo mi cuerpo, inundándolo, y a la inversa de lo que sucedería con el alcohol, me empapaba de dicha, me hidrataba de consuelo y me humedecía de alegría.

Habían sido eternos los días que pasaron desde la última vez que sentí algo inesperado, por lo que me pregunté: ¿realmente había sentido algo así alguna vez?

De pronto me encontré mirando directo a sus ojos. Su mirada era inocente e incitante a cometer locuras de todo tipo, sobre todo de esas que son perversas y criminales, y que más bien terminan siendo cosecha y fruto de un romance.

-Tú y yo deberíamos enamorarnos.

No pasó ni un segundo en cuánto caí en la cuenta de lo que mi boca, no, de lo que sea que tenga por alma, salió pronunciado con terrible seguridad, sin señal alguna de broma o ironía. Me aterró por completo descubrir que fuese capaz de decir algo así.

Lo peor sería el silencio incomodo que empezaba a infestar todo el lugar, por lo que pronto agregué:

-¡Vaya! ¿Pero qué cosa acabo de decir?; “Deberíamos enamorarnos”, que ridiculez.

Estaba conmocionada por lo que acababa de decir. La había dejado totalmente sin palabras. Pero pronto respondió:

-No estaba lista para recibir un comentario así esta noche, debo admitir. Estoy comenzando a creer que el amor es ridículo y atrevido; pero no creo que sea así como así que funcione. Al menos, nunca es tan sencillo.

Ahora estaba confundido. Esperaba que me llamara demente y bruto por un comentario tan fuera de sí y diese por extinto lo que acababa de pasar. Sin embargo, sólo me daba pie para continuar algo para lo que en vida hubiese tenido un buen guion preparado para continuar de la forma más digna y eficaz.

Al no saber qué más decir, solté de una buena vez lo que llevaba sintiendo apenas nos encontramos.

-Un día una parte de mi desapareció. Se fue, se esfumó; quizá murió.
Y hoy, algo sucedió. Algo apareció. Como una especie de dicha en forma de latido, de suspiro, de aliento a vida. Una especie de voluntad. Una clase de convicción.

No estoy cometiendo el mismo estúpido error llamando a eso enamoramiento, conexión, sincronía, unión, romance, ni destino o  como sea que llamen hoy en día al amor.

No, yo sólo no me había sentido así, tan lleno de vida, tan lleno de algo. “¿Deberíamos enamorarnos?” ¿Cómo si fuese un “deber”? ¿Cómo si no hubiese algo más? No, no fue lo que quise decir; quise decir: Deberíamos embriagarnos de ambos. Siendo lo que sea que signifique eso.

Esa preciosa mirada tuya me reta a cometer las peores atrocidades románticas, lo admito. Así que, ¿nos embriagamos?

-Debe ser tu mejor discurso de la noche. No tiene mucho sentido pero aun así no me atrevo si quiera a arruinarlo. Así que sólo diré: ¿por qué no?

 

Y entonces Vita lo besó.

En ese momento ambos se dieron cuenta de la nostalgia que los invadía mientras la seda que cubría sus rostros caía y ponía al descubierto su profunda identidad. Ambos, vida y muerte, amantes por fin, se volvían uno entre sus brazos, entre sus labios.

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Una historia verdaderamente maravillosa que me pondría a escribir de inmediato. Tan sólo había hecho falta una caminata a media noche que terminara en este lugar tan olvidado como yo. Después de todo, mi imaginación se dispara en cuanto más nostálgico me encuentro.

Una mujer entrando a mi vida como si se tratase de un bar; una inocente idea. Una pareja ahí mismo llegando a descubrirse como amantes destinados a ser eventualmente. La cantidad adecuada de soledad te puede transformar en un romántico; sólo antes de cambiarte en un dramático.

Ojalá el viejo bartender disfrute de mi historia. Apuesto a que él también ha esperado a alguien todas las noches posando la mirada en la inmensa ventana, con la esperanza de que pase, de que realmente pase; ya sea Vita, ya sea Morte.

Sobre El Autor

“He inventado en esta forma millares de historias; he llenado innumerables libretas con frases para ser utilizadas
cuando hubiera encontrado la historia que desearía escribir, la historia en la que habían de quedar grabadas todas
mis frases. Pero jamás he encontrado una adecuada, de modo que comienzo a preguntarme si, después de todo, las historias
existen”.
-Las olas. Virginia Woolf

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