“Los Oscar no tienen sentido para los actores, a no ser que todos interpreten el mismo papel”

– Humphrey Bogart-

Conveniente cita la de la primera estrella masculina del primer siglo del cine estadunidense. El titular basta para hacerse de toda autoridad moral entre las opiniones del séptimo arte y de la Academia de Hollywood. Además de ser un actor prominente, Bogart figuró en la lista de combatientes de la primera Guerra Mundial, evento bélico en el que un ataque submarino causó que un fragmento astillado le rasgara la boca y cambiara por completo su manera de interpretar a los cínicos personajes de singular galanura que la industria le asignó a su regreso.

Bogart, ganador de un solo Oscar como mejor actor por The african queen (1951) se atrevió a poner en tela de juicio la lógica de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas para premiar y medir el trabajo actoral de los artistas. Dijo que no encontraba sentido a la estatuilla dorada preparada para este fin; insinuó que la única manera de establecer quién lo hacía mejor que quién era que todos interpretaran el mismo papel.

Sus proposiciones cobran nuevo sentido en las vísperas de la entrega 88 del Oscar. A 60 años de la muerte de Humphrey la resolución, las técnicas, las historias y las formas de hacer cine cambiaron, pero las razones y esencias que conciernen al trabajo de las actrices y de los actores se mantienen.

¿Qué pensaría Bogart, actor y veterano de guerra, de la ola de predicciones y apuestas a propósito de la nominación de Leonardo DiCaprio, por su interpretación del trampero en El renacido, o Eddie Redmayne, quien hace al primer transexual de la historia en La chica danesa?

Los estándares y subjetivas consideraciones de los académicos simplifican la complejidad del proceso creativo individual, los someten a las preferencias de unos cuantos para leerlos y compararlos en razón de una competencia desigual. Por mucho que encuentren constantes para evaluar la apropiación de los personajes, la manera de desarrollarlos en la película y de conquistar las creencias del espectador; desatienden los valores particulares, las razones para elegir a tal actor desde la dirección del filme o por las que tal actriz embonó mejor que nadie al encarnar esa figura ficticia o emblema de la historia universal.

En los riscos de la broma desde las redes sociales, una crítica se asomó sobre los parámetros a los que la Academia del Oscar recurre para aplaudir a la mejor actuación: el meme presentó a un Leonardo herido y sucio, pero estoico y victorioso, enfrentó la ira de una osa que defiende a sus cachorros, todo para llevar a casa ese pedacito de metal dorado, pero su seguridad se ve infringida por la feminidad de Eddie; desde el glamour y la atmósfera floral y aromática se mofa del colega, ‘¿Ahhh sí? Yo me hice la jarocha’.

¿Será que el calificativo a la mejor actuación para los principales premios del cine esté supeditado a la carga sensacionalista de los papeles? ¿Tendrán los cineastas que imprimir este carácter en sus actores y actrices principales y de reparto para que sean condecorados con la estatuilla?

Desde el reiterado punto de vista de Humphrey Bogart, la justicia por la mejor actuación en el Oscar 88 nos acercaría a imaginar cómo se vería DiCaprio en la hechura de La chica danesa o Redmayne en las atmósferas salvajes y gélidas de El renacido. Para cualquier caso ambos histriones ya se llevaron el título de mejores actores para los espectadores que atestiguaron a dos personajes trascendentales en hechos pasados de este mundo.

SILENTE | @AlejandroGASA | alejandro.gasa@gmail.com

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