Hombres solos… Soy amiga de algunos de ellos. Los acompaño en las madrugadas y les ayudo a espantar a la melancolía que toca a su ventana. Vigilo sus silencios solamente para romperlos, para provocarlos, para que se traicionen y hablen, digan, griten, se delaten y se escuchen. Les espanto el insomnio para que sueñen con ese amor que sigue bordando sus heridas de desilusión y abriendo sus cicatrices amorosas. Intento convencerlos del placer de retozar en nuestros infiernos para reconocer nuestros pecados. Están solos y me gusta acompañarlos. Hombres solos.

Y esta vocación de dama de compañía de los hombres solos fue el primer pretexto para atrapar ese libro de entre tantos que se exhibían. Un libro con el dibujo de un hombre solo que te mira que palpes su soledad. El título fue la siguiente razón: Cuentos de un hombre solo. El autor se presentaba con iniciales y apellido, aunque en la antepenúltima página se revela a sí mismo:

 

Erasmo J. Valdés. Escritor del año Orwell. Articulista, traductor, corrector de estilo y locutor de radio. Gamer bicicletero. Es director de la revista literaria Letras Raras y colaborador de las revistas digitales Pillaje Cibernético y Cinco Centros. Cuentos suyos han aparecido publicados en medios de circulación nacional e internacional. Antes publicó la colección de relatos Lo que vino de las profundidades y otros misterios (2014).

 

Mi facilidad para espiar a los hombres solos perfeccionó mi intuición natural y fue así como me puse a leer cada cuento para darle compañía a cada personaje que se asoma en cada página y pese a su soledad, te invitan a estar con ellos. Y como lo sospechaba, a algunos de ellos les gusta llegar a los cafés para sentarse en el rincón más apartado y solos tomarse un chocolate caliente. Pero no saben que yo tengo un lugar privilegiado que me ayuda a atisbarlos cuando leen, cuando escriben, cuando observan, cuando saborean su destierro social para enfrentarse a sí mismos. Por eso, esos hombres solos tienen un rostro muy parecido a su autor o a mis amigos solitarios que tanto quiero.

Mi natural complicidad fue determinante para disfrutar cada historia, conmoverme siempre y jamás sentir compasión porque estar solo es una aventura bendecida por los demonios más angelicales. Solamente los hombres solos se atreven a aprender desde el “fino arte de lavar los platos” hasta el “fino arte de desaparecer”. Solamente los hombres solos se encuentran una noche con “Don Justicia” y hasta seguirse a sí mismos para desconocerse y volverse a encontrar.

J. Valdés escribe en primera persona para aproximarte a la fascinante soledad de sus narradores y sus personajes, a quienes imaginas con barba y de mirada profunda, envueltos en aires bellos de misterio, poseedores de secretos que te comparte en claves jeroglíficas y generosos con sus propias historias solitarias llenas de palabras, personas e imaginación.

El libro presenta 35 cuentos variados y diferentes, breves y largos, amenos y amenazantes, densos y gozosos, inolvidables y llenos de amnesia, cortos como el amor y largos como el olvido, con fecha de caducidad e inmortales. Es difícil elegir uno como favorito pero resulta imposible no memorizar alguno en especial. Estilos diversos delatan el dominio de un discurso que parece seguir explorándose pero que a la vez demuestra una consolidación literaria muy precisa.

Cada historia te demuestra lo peligrosa que es la soledad porque estar solo te ofrece la maravillosa oportunidad de preguntarte, entre la cobardía y la valentía, dos cuestiones básicas y tentadoras: ¿Quién soy? ¿Quién deseo ser? Los hombres de estas narraciones lo responden con su propia vida, con sus pensamientos, con sus encuentros y hasta con sus desencuentros. No es sencillo encontrar el espejo que te delata y te describe, el mismo que a veces rompes y escondes, y otras veces se convierte en tu pasaporte para la vida misma.

Cada hombre solo atrapado en estas páginas se libera a sí mismo cuando los encuentras y los escuchas, los lees, los comprendes, los criticas, los quieres y los odias. Todo es desequilibrado con ellos, estar con ellos es delirante pero acompañarlos es de tus actos más cuerdos de heroísmo cotidiano. Los custodias aunque no quieran, te alejas aunque no lo desees. Te aproximas pese a la gran distancia que siempre te ponen. Sientes su lejanía pese a tu esfuerzo. Respetas su amor eterno a la soledad, pero te escabulles cada que se distraen para no perderlos de vista y estar ahí cuando te necesitan, porque a veces vaya que sí te necesitan.

De la ficción a la realidad, de calles que has pisado a viajes futuristas, de recetas perfectas a bebidas que saboreas, de confesiones auténticas a silencios cómplices, los hombres solos te toman de la mano para murmurar que no te necesitan, sueltan tu mano para advertirte que agradecen tu solidaria compañía, te escriben sin remitente para que sepas que son ellos y firman sus cuentos para jurarte que no existen.

Cuentos de un hombre solo permite explorar esa construcción de género para delatar su falsedad, su necedad y su autenticidad. Ese lado masculino que por mala educación oculta su sensibilidad pero por rebeldía literaria te aproximan a los latidos de un corazón solitario y amoroso, solo y conmovedor, solitito con su alma bien acompañada, aislado para acompañarte, abandonados para seguirte con toda la intención de que descubras que su egoísmo es de buena fe.

Es por eso que puedes encontrarlos en “La mesa de los solos”, cautivos por meses en la habitación de un hotel o como administradores originales de hospital. Los hombres solos entran a supermercados para perderse en el tiempo, pueden ser amenazados por desayunar siempre lo mismo o toparse con prófugos de cocodrilos. Les leen la mano para robarles su ingenuidad y saborean guayabas nocturnas para soñar contigo.

Los hombres solos delatan sus miedos con sensibilidad, por eso crees que debes acompañarlos. Delatan la forma en que se enamoran, las lágrimas que sí derraman y el olvido que nunca llega, el amor eterno y el amor imposible, los recuerdos que desgarran el alma y la mujer que aman aunque no la vuelvan a encontrar. Pueden soñar 30,215 veces con el amor de su vida que está lejos y 30,215 veces despertar creyendo que afuera ya no hay nada para ellos, porque cuando aman de verdad no pueden olvidar, porque cuando se enamoran solamente los sueños los delatan:

 

Te soñé en un lugar lejano; un poblado de pequeñas construcciones de madera provistas de magníficas puertas labradas como las que uno encontraría en Hobbiton. Había agua por todas partes, como si aquello fuese una suerte de Lemuria resurgida de entre las olas, una metáfora perfecta de ausencia y retorno. Nuestro encuentro fue inesperado; en muchas ocasiones me he preguntado qué haría en caso de toparme contigo aquí o allá, y sin falta concluyo que no sabía si acercarme u ocultarme, si hablar o callar, si tenerme en pie, mirándote a los ojos, o caer de rodillas, lleno de vergüenza. Y en aquella ensoñada realidad mi pronóstico se cumplió: te tuve frente a mí y no supe qué hacer; me quedé inmóvil, cual víctima de la Gorgona. Me miraste como a quien encuentra a un viejo desconocido, y duele admitir que yo te pensé más como un fantasma, como la remembranza de una vida perdida. Examiné tu rostro, intacto al paso del tiempo, y no encontré en él rastro de coraje o reproche, como si nunca hubiese resquebrajado el “nosotros”.

 

Los hombres solos, sin embargo, no son sufridores ni frágiles, tampoco machos ni misóginos, son amorosos e indiferentes, gozosos y seductores, auténticos cuando es necesario, se disfrazan si la situación lo amerita, encuentran en el humor su fuerza y en el sarcasmo su lado humano, cada uno de sus adjetivos provocan que desees su amistad y su ironía cumple el cometido de asustarte, te hacen reír de buena gana, te advierten que nada es serio y lo mejor es ponerle un dulce sabor de veneno a las tragedias:

 

Una vez vendí mi alma al Diablo.

A los siete días llamó. Quería su dinero de vuelta.

J. Valdés nos comparte una gozosa galería de hombres solos, los mismos que alguna vez en visto sentados en mi cafetería preferida, los mismos que no me saludan porque se creyeron la leyenda de la oposición de los géneros, los mismos que quiero creyéndoles que estoy lejos pero cuyo corazón invado con mi sonrisa solidaria, los mismos que cada vez que puedo los acompaño a estar solos.

Cuentos de un hombre solo delata a los hombres y nos descubre a las mujeres solidarias, las mismas que creemos en la sororidad masculina y al llegar a la última página del libro suspiramos por esa soledad compartida.

Los cuidados editoriales del libro estuvieron a cargo de la mejor editora de la vida literaria, Mayte Romo, por eso el sello es de Elementum.

 

Hacer Comentario