21 de marzo: día de desfiles y celebraciones para recibir la tan anhelada primavera: niños vestidos de caballo, gato, conejo, o algún otro primaveral animalito infestan las calles, con las manos pegosteosas del dulce que más tarde les causará un revoltijo estomacal digno de la ópera más dramática.

Por los rincones, temeroso de que alguien lo vea, el desvaído aniversario del natalicio de Benito Juárez reclama un poco de atención: ‘El puente es porque nací’ ‘¿Quién es esa Prima Vera y por qué la festejan tanto?’’¿Por qué sólo valgo 20?’

‘Benito Juárez nació en Guelatao, Oaxaca. De chiquito era pastorcito…’

No soy la primera ni la última niña obligada a aprender de memoria algún texto similar para conmemorar el nacimiento del Benemérito de las Américas. Mis abuelos, mis padres, probablemente mis hijos y mis nietos recibirán la primavera con discretas celebraciones dedicadas a Benito Juárez.

Su natalicio no es el único día en que la niñez mexicana dedica sus pensamientos a Benito. Más de uno es víctima de las burlas de sus compañeros porque su madre lo peinó a la Benito, con la ayuda de gel o limón, o celebra el domingo con un crujiente billete de 20, que invertirá totalmente en golosinas.

Éste texto no es para ventilar intimidades, pero de todas formas las ventilaré, pues para mi familia, Benito Juárez es casi un chiste local. El aniversario de bodas de mis padres es el 21 de marzo y mi cumpleaños es el día del aniversario de su muerte. El dato no es más que una coincidencia interesante para entretener, pero suele intrigar al que lo escucha.

Ojalá, en el futuro, los niños empachados recuerden y sepan quién es Benito Juárez, más allá de agradecer el puente que a todos nos brinda.

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