Por la blanda arena que lame el mar
Su pequeña huella no vuelve más
Un sendero solo de pena y silencio llegó
Hasta el agua profunda
Un sendero solo de penas mudas llegó hasta la espuma.

Sabe Dios qué angustia te acompañó.
Qué dolores viejos calló tu voz.
Para recostarte arrullada en el canto de las caracolas marinas.

Te vas Alfonsina con tu soledad.
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal.
Te requiebra el alma.
Y la está llevando.
Y te vas hacia allá.
Como en sueños.
Dormida, Alfonsina.
Vestida de mar.

Esta canción siempre conmueve pero estremece más cuando sabemos que está dedicada a la poeta Alfonsina Storni, una mujer sensible que decidió suicidarse y caminar, como lo dice la canción, vestida de mar un 25 de octubre de 1938. Y hasta la fecha una se puede preguntar por qué tomar esa decisión tan fatal.

El desamor, la depresión, el cáncer, el suicidio de su mejor amigo el poeta Horacio Quiroga, el hijo ya independiente, los poemas silenciados, la terca soledad, los malos ratos, la falta de voluntad, la fuerza de voluntad. Todo ello y algo constante, nada de eso y algo constante. Pero Alfonsina decidió dejar la vida por siempre antes de cumplir los cincuenta años.

Ella nació el 29 de mayo de 1892, en Capriasca, Suiza. “Me llamaron Alfonsina –recordaba años después-  porque ese nombre significa que soy una mujer dispuesta a todo”. Su familia era originaria de ese país europeo, habían emigrado a Argentina pero regresaban a su tierra natal, principalmente por su negocio. Fue por su regreso y visitas que por casualidad del destino la pequeña surgió a la vida en ese lugar. A los cuatro años regresaron de nuevo a la provincia argentina de San Juan. Al buscar datos de su infancia, es muy común encontrar sus propias palabras para describirse en esa época:

Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta.

 

Al cumplir los nueve años volvió a cambiar de paisajes y se fueron a vivir a Rosario. En ese escenario pusieron una cafetería donde Alfonsina trabajaba de mesera. Es curioso encontrar descripciones de su infancia donde la dibujan como una pequeña de gran imaginación que inventaba muchas cosas y mentía constantemente por lo que se metía en problemas por ser exagerada y desbordar su imaginación hasta la ignominia. Pero a la vez terminaba como una niña sensible y melancólica. La muerte de un familiar la sacude por completo y al parecer es lo que le inspira el primer poema, en 1904. Otra vez, su propia voz se delata:

A los doce años escribo mi primer verso. Es de noche; mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. El resultado es esencialmente doloroso; a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce. Desde entonces, los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan.

 

Una vida difícil, trabajaba de costurera, observaba a su padre perderse en el alcoholismo y a su madre en un silencio eternamente femenino. Un día llegó un productor de teatro a la región y ella decidió convertirse en actriz. Memorizaba con facilidad textos largos y además los interpretaba bien, por eso pudo unirse a giras artísticas e interpretar diversos papeles.

Pero no se dejó seducir nada más por los reflectores de las puestas en escena, siguió en el estudio. Fue así como a los 17 años se inscribió en la escuela normal para maestros rurales. Sus profesores empiezan a detectar su facilidad y su sensibilidad para escribir. Cuando se tituló leyeron poemas de ella en la ceremonia de graduación.

A los veinte años se convirtió en madre, nunca dijo quién fue el padre de su hijo Alejandro. Pasan situaciones difíciles pero en 1916 empezó a publicar sus poemas en diversas revistas y periódicos. Ese mismo año surgió su libro La inquietud del rosal. Aunque el libro no tuvo gran éxito su importancia radica en que fue la llave para que entrara al mundo de la literatura y empezara a relacionarse con poetas de la época que reconocían su talento para abrirle sus páginas de algunas publicaciones, a invitarla a sus reuniones y a ofrecerle escenarios para que leyera sus poemas. Entre esos personajes destacó su amistad con Horacio Quiroga, también poeta, que se suicidó en 1937. Le escribió este poema:

 

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías…
Allá dirán.

 

Tiempo atrás había publicado, en 1920 el poemario Languidez, que fue muy bien recibido y obtuvo varios premios de Literatura. El reconocimiento y la fama llegaron. Conoció a Gabriela Mistral. Surgieron más textos Poemas de amor (1926) y  Mundo de siete pozos (1934), Mascarilla y trébol (1937). Destaca un texto sensible dedicado a otro gran poeta, Federico García Lorca, que también fue un amigo muy querido para ella y murió de manera trágica al ser apresado y desaparecido durante la guerra civil española:

Apagadle
la voz de madera,
cavernosa,
arrebujada
en las catacumbas nasales.
Libradlo de ella,
y de sus brazos dulces,
y de su cuerpo terroso.
Forzadle sólo,
antes de lanzarlo
al espacio,
el arco de las cejas
hasta hacerlos puentes
del Atlántico,
del Pacífico…
Por donde los ojos,
navíos extraviados,
circulen
sin puertos
ni orillas…

Sensible y enamorada, maestra y escritora, madre y amante, hija y amiga, su vida fue siempre como ella quiso y hasta su propia muerte lo fue. Entre fortaleza y depresiones, miedos y dolores, el cáncer de mama y su fuerza, el amor a su hijo y el desamor de los hombres que amó, Alfonsina fue tejiendo su propio destino. En el mes de octubre de 1938 escribió tres cartas. Una para su hijo Alejandro, ya de 26 años, otra a un amigo y la tercera al diario La Nación. Esta última misiva contenía solamente un poema:

 

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme puestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes,
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides. Gracias… Ah, un encargo,
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

Entre su obra poética tiene un poema que me identifica mucho con ella, quizá porque una amiga querida me llama así, posiblemente porque también aúllo cuando hay luna llena, tal vez porque me delata con sus propias palabras:

Yo soy como la loba.

Ando sola y me río del rebaño.

El sustento me lo gano y es mío
donde quiera que sea, que yo tengo una mano
que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo,
pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
la vida, y no temo su arrebato fatal
porque tengo en el mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después… ¡lo que sea!
Yo soy como la loba. Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña Fatigada de llano”.

El suicidio de Alfonsina Storni pese a lo trágico de la decisión y el dolor producido, fue inmortalizado en la canción Alfonsina y la mar, escrita por Ariel Ramírez y Félix Luna. La inspiración se basó en ese texto de despedida publicado en el periódico La  Nación.  Si bien ninguno de los dos la conoció, el papá de Ariel fue maestro de ella y le compartió la historia a su hijo, quien impresionado escribió en sus partituras una música que evocara ese dramático momento. La letra fue agregada después por Luna que le dio un tono poético y mitificó ese momento. Es así como la poeta Alfonsina Storni sigue en nuestra memoria, pero para recordarla siempre bastan sus poemas:

Me levanté temprano y anduve descalza
Por los corredores: bajé a los jardines
Y besé las plantas
Peiné mis cabellos. Perfumé las manos
Fijos en la verja mis ojos quedaron,
El reloj me dijo: diez de la mañana.
Afuera, sol como no he visto
Sobre el mármol blanco de la escalinata.
Fijos en la verja siguieron mis ojos,
Fijos. Te esperaba.
Cuánta dulce tortura quietamente sufrida
Cuando, picada el alma de tristeza sombría,
Sabedora de engaños, me pasada los días
¡Besando las dos manos que me ajaban la vida!
Tú me dijiste: no lloró mi padre;
Tú me dijiste: no lloró mi abuelo;
No han llorado los hombres de mi raza,
Eran de acero.

Así diciendo te brotó una lágrima
Y me cayó en la Boca… Más veneno
Yo no he bebido nunca en otro vaso
Así pequeño.

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