Mi nombre es como el de todas las cosas, sin principio ni fin y sin embargo, sin aislarme de la totalidad por mi evolución distinta en ese conjunto infinito, las palabras más cercanas a nombrarme son Nahui Ollin. Nombre cosmogónico, la fuerza, el poder de movimientos que irradian luz, vida y fuerza. En azteca, el poder que tiene el Sol de mover el conjunto que abarca el sistema

Justo días después de llegar a la vida en el pueblo de Tacubaya, ella fue bautizada en el nombre del padre, del hijo y del espíritu como Carmen Mondragón.

Justo noches después de atrapar colores en lienzos mágicos en su estudio ubicado en el centro de la Ciudad de México, ella fue bautizada en el nombre de la madre, la Luna y la sensualidad santa como Nahui Ollin.

Es imposible confirmar quién se confundió con la otra pero las dos siempre fueron una.   Nahui Ollin y Carmen Mondragón emergen del pasado con una mirada verde penetrante e inolvidable. Intensas y pasionales, auténticas e intuitivas, una seduce a la otra, una reconstruye a la otra, la otra se reconstruye a sí misma, la otra es ella misma, y ella son las dos.

Ya en su casa ubicada en General Cano, Carmen escribía y quizá ya Nahui dictaba, Carmen siente y Nahui resiente, la niña Carmen vibra con el aire europeo y la pequeña Nahui vibra con las promesas ingenuas de un París de principios del siglo XX. ¿Puede una niña escribir con pasión y decepción sobre la vida?  Las monjas del Colegio Francés son testigos del crecimiento creativo de esta niña mujer llamada Carmen, que ellas mismas consideraron una niña extraordinaria. Sus poemas y relatos que escribe durante la infancia son recuperados en 1924:

Desgraciada de mí, no tengo más que un destino: morir porque siento mi espíritu demasiado amplio y grande para ser comprendido y el mundo, el hombre y el universo son demasiado pequeños para llenarlos

La escritura es la manera más natural para expresar sus sentimientos y pasiones, sus decepciones y alegrías, para amar y para odiar. Hicieron poemas desgarradores y festivos, confesiones con rimas y estremecedoras declaraciones de amor. Reflexionaron sobre su manera de ser, de estar y de comprender la vida. Escriben espiritualmente, escriben con la audacia de aventureras de la ciencia, con la seducción y el erotismo de mujeres que saben amar y sentir. Fue así cómo, al regresar a la Ciudad de México, podían caminar por la calle de Mesones y provocar a cualquier peatón que la miraba pasar. Al llegar a la esquina de Palma y Donceles musitaban:

En mis medias/ hay algo/ que es mi carne/ que miran/ sintiendo/ placer/ son mis medias/ de color/ negras/ que tienen/ algo/ adentro/ que miran/ de lejos/ de cerca/ con placer/ allá/ aquí/ hay/ en mis medias/ algo / que miran

Sus ojos verdes, expresivos y seductores fueron seducidos por el arte de pintar.  El colorido expresaba una sensualidad infinita y el candor más ingenuo.. Entre sus obras más conocidas pueden mencionarse Corrida de toros, Autorretrato en el puerto de Veracruz, Nahui y el capitán Agacino en Nueva York, Personajes del circo, Autorretrato y el balcón. En varias vecindades del centro de la Ciudad de México ubicó sus estudios, se encerró para descubrirse, abrió ventanas para inspirarse. Escapaban de sí mismas para recargarse en los portales de Santo Domingo y jurar por sí mismas:

En mis pasos/ que son tan diversos/ inventé/ al caminar/ una música moderna /que reitera/ las inquietudes aprisionadas/ en mis pies/ calzados / de rojo y de negreo/ colores/ que pueden verse/ sin ver que en mis pasos/ hay/ rojo y negro

Pero también fueron  pintadas y fotografiadas, el pincel de los más grandes artistas mexicanos y extranjeros, la lente de ojos masculinos y femenino buscaron atraparlas en una tela, en un óleo, en una fotografía. La pintó Diego Rivera, la fotografió Edward Weston, quien logró las imágenes más sugestivas y representativas. Ellos atraparon su mirada llena de nostalgia, la pasión contenida en un gesto, la pasión desbordada en un cuerpo provocador y provocativo. El escándalo las acompañó cuando posaron desnudas y algunas fotografías fueron publicadas en Ovaciones. Para Carmen su cuerpo no es un cautiverio sino un escenario de expresiones.

Poso para los artistas/ que hacen cuadros/siempre nuevos/cuando yo poso/ Cuando poso/siempre soy otra/ Mi espíritu/ derramado en mi cuerpo/ se escapa/ por mis ojos/ Los pintores/ se atormentan/ con razón/ porque yo cuando poso/ aporto siempre/ algo nuevo/ Mi espíritu puro/ derramado en mi cuerpo/ que brota por mis ojos/ a los señores/ que siempre crean/ conmigo/ obras nuevas

Fue hasta cuando Carmen conoció al pintor y vulcanólogo Dr, Atl que se dio cuenta que en ella siempre había vivido Nahui Ollin, nombre que significa la renovación de los ciclos cósmicos en el calendario azteca. Sin duda, para Nahui su cuerpo es la prueba fiel de la nueva mujer que empezaba a crecer en la segunda década del siglo XX. Las dos se hicieron una. Tal vez Nahui raptó a Carmen, quizá la desapareció o posiblemente la integró en su ser de manera natural, auténtica, única. Siguió siendo Carmen pero ya solamente respondía al nombre de Nahui. El amor con el Dr. Atl fue profundo y desgastante, Con él la pintura y la escritura se desbordaron junto con la pasión que los unió.

La fuerza que me tiene clavada junto a ti es superior a todas las fuerzas – y te amo aun odiándote- porque el amor es contradicción, es absurdo. Y te amo de lejos, de cerca, te amo con locura, con la locura de mi inteligencia y de mi deseo, con los ojos cerrados y el corazón otra vez palpitante

Como en las buenas historias de amor, se separaron de tanto amarse. Nahui y Carmen se inmortalizaron en fotografías y pinturas. Se fueron quedando solas por decisión propia. Una enloqueció, la otra quedó cautiva en la imaginación desbordada. A una la llaman feminista, a la otra solamente rebelde. Una ofreció a las miradas su cuerpo y otra donó pedazos de alma en su obra artística. Una rompió moldes y la otra hizo añicos los estereotipos. Las dos estuvieron en la vanguardia aunque la historia oficial las quiera olvidar pero en esos vuelcos inesperados, una mano amiga las recupera a través de la memoria impresa. Las dos laten todavía en la calle de General Cano, en Tacubaya:

Corté/mis cabellos largos/y rubios/ Los corté/para amar/para dar un poco/del oro de mi cuerpo/ Los corté por amor/ Corté la mitad de mis cabellos/ para dar un poco/de mi cuerpo/ Corté mi largo abrigo de oro/ para el Sol/ que viene de lejos/ hasta mí/ para amarme.

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