Tus manos recorren este cuerpo que es mío pero también de todas las mujeres que soy, de todas las mujeres que he querido ser y de las mujeres que jamás seré. Ella, yo, todas y cada una compartimos cada noche esta cama, nuestra cama, tu cama. Mujeres que no existen pero me acompañan, mujeres que invento cuando soy tuya, mujeres que inventaron otras para sentirme yo, mujeres que invaden esta cama para amarte como yo. Mujeres que te leo, que te recito, que te confunden porque nunca sabrás en qué momento ellas son yo.

Es así como retiro lentamente la hoja de parra de mi sexo bendecido por tu mano mientras memorizo los poemas de Manual para ser Eva.  Pero no soy esa Eva ingenua que mordió una manzana por creer en las palabras de una serpiente y por eso la expulsó del paraíso. No, en esta cama está la otra Eva, la que la poeta Norma García describe.  Quiero ser esa Eva que se enamora del mar, porque le recuerda tu olor. Esa Eva que peca gozosa y se extravía en laberintos poéticos. La que imagina un Adán que cree en los milagros. Un Adán ingenuo que penetró su alma con la misma pasión como cada noche lo haces conmigo.

También puedo ver a Ruth, la misma que enternecía a Booz, según la Biblia, mientras la miraba dormir. Pero la que nos acompaña es la Ruth del poema de Gilberto Owen. Esa Ruth que no tiene la manzana de Adán en su cuello aunque se la hayas cedido a través de tus profundos besos. Es una Ruth que confiesa que su seno izquierdo se levanta más que el derecho cuando respira agitada por ti, porque acaba de tener un orgasmo más. Y que cambia los papeles porque ahora es ella la que se embelesa viéndote dormir. Ella me demuestra que eres ese arcángel que me protegerá en los viajes, cuidará mi salud y me hará creer que Los amorosos es más que un poema.

Descubro la “sombra de mi bien esquivo”  y aunque posiblemente seas un fugitivo que luego se burle de mí, la misma Sor Juana comparte este lecho queriéndote bien y tratándote mal para provocar lo que tu amor pretende. Diablo, carne y mundo se convierten en testigos de estos murmullos de placer que resuenan en esta solitaria habitación.

Deseo escribir en tu cuerpo todas las cartas de amor que Antonieta Rivas Mercado le escribió al amor de su vida y confesarte con todo respeto: “Comienzo a sentir la vida como el camino de perfección, y usted lo es para mí […] Cerca de usted la vida se convierte en el camino estrecho que lleva al cielo… cuanto equilibrio y madurez espiritual haya en m’–, le corresponde por derecho. Sin usted me hubiera perdido.”

Quisiera que mi mirada se transformara en la de Nahui Ollin, a quien atisbo escondida entre las sábanas porque las está pintando con ese mismo colorido que marcó su obra. Ese colorido que expresa esta sensualidad infinita que se derrama por tu cama junto con el candor más ingenuo que nunca sospeché poseer. Deseo ser como ella, cuando se dejó fotografiar desnuda e imagino que mi cuerpo no es un cautiverio sino un escenario de expresiones que se acentúan si tus manos lo acarician. Junto con Nahui rezo ese poema que ella escribió sobre sus medias, las mismas que te gusta verme quitar, y musito quedamente: “hay algo que es mi carne que los hombres siempre miran de lejos, de cerca, con placer, con algo más que deseo”.

Rosario está sentada en la orilla de tu cama y juega ajedrez, porque sabe que somos amigos y a ratos nos amamos.  Todavía no cree que las mujeres felices podemos dormir sin calmante alguno, que lo podemos hacer tranquilas después de hacer el amor con un hombre como tú. Le digo que si le vuelven a preguntar por qué escribe ahora puede responder que es gracias a hombres que tatúan poesía sobre nuestros cuerpos.  Después de observar mi sonrisa, ella ya sabe que junto a ti no puedo sentirme piedra, contigo soy nube, aire, bella, airosa.

Te describo mi sexo femenino como lo hace Rosa Ma. Roffiel, y te juro que es un escenario alegre al que “le brotó pelusa, una nube de algodón entre mis muslos, que siente, vibra, sangra, se enoja, se moja, palpita, me habla, guarda celosa entre sus pliegues el centro exacto de mi cosmos, luna diminuta que se inflama, ola que conduce a otro universo…” Un sexo femenino que se convierte en un girasol y se inunda de alegría cuando el símbolo del poder patriarcal se llena de sororidad y nos penetra como una hecatombe de ternura.

Deshojo el libro de El amor que me juraste y como la personaje que recita gracias a la inspiración de Silvia Molina yo también juro que voy a delatarte cómo se enamora una mujer y que “ahora sé que nos enamoramos con el impulso de Eva, con el desprendimiento de Sara… con la lujuria de la mujer de Lot, con la delicadeza y la decisión de Rebeca… Nos enamoramos con la tenacidad de Rut, con la pasión de Rabahm, la ramera de Jericó; con la impudicia de Zuleika, la que persiguió a José con palabras, regalos y filtros de amor… Nos enamoramos con la deshonra de Dina, con el libertinaje de Drusila, con la mentira de Sáfira, con la resignación de María Magdalena, con la fe de Elizabeth, con la traición de Dalila, con el poder de Débora, con la dulzura de la Sulamita… Nos enamoramos con la inocencia de las mil vírgenes, con la amargura de Mara, con la suerte de Martha, con el servilismo de Roda, con la infidelidad de Gomer…”

Anaïs deja escapar sus Pájaros de fuego en esta cama compartida. Así me logra persuadir que sus relatos pueden ser testimoniales y reales cuando dos amorosos se entregan como cada noche tú y yo lo hacemos. Descubro que también me dividido y me complemento. Soy dos mujeres en mi mismo cuerpo cuando estoy contigo, pues entre tus sábanas soy pausada y  desesperada, curiosa e  impetuosa, ingenua y rebelde, pecadora e inocente.

Con el alma “Como agua para chocolate voy deshojando 12 rosas, de preferencia muy rojas, y las rocío con dos cucharadas de anís y dos cucharadas de miel, y recorro nuestros cuerpos con su esencia para que una nube rosada nos envuelva y te guía el olor de mis hombros, el aroma de mi ombligo y el perfume de mi geografía que empapa las sábanas de esta cama bien compartida.

Mastretta me pide que no me arranque la vida cada vez que acepto la invitación para compartir esta cama. Con prudencia cada una de sus páginas me recuerda la existencia del mal de amores pero también que no hay ninguna eternidad como la nuestra y por eso, con la mano en mi alma, repito: “Yo, Isabel Arango Priede, me comprometo a vivir con intensidad y regocijo, me comprometo a no dejarme vencer por los abismos del amor, ni por el miedo que de éste me caiga encima, ni por el olvido, ni siquiera por el tormento de una pasión contrariada. Me comprometo a recordar, a conocer mis yerros, a bendecir mis arrebatos. Me comprometo a perdonar los abandonos, a no desdeñar nada de todo lo que me conmueve, me deslumbre, me quebrante, me alegre”.

El espíritu de María Luisa Puga alborota mis cabellos para recordarme que siempre he vivido entre el pánico y el peligro, pero contigo no logro identificar lo peligroso ni el espanto, solamente la pasión desbordada.

Y en vez de maldecirte, como advierte en su novela Hortensia Moreno, repito con ella que en esta cama pueden estar las testarudas, las locas, las despojadas, las desgracias, las bigotonas, las peludas y las nada interesantes. Y que tengo la fortaleza suficiente para darle espacio a las exitosas, a las perfumadas, madrugadoras, sensuales, musas, divas, abnegadas, renegadas, únicas, virtuosas e independientes.

Y mientras te leo a cada una y te recito a todas, en tanto la literatura me inspira y  hago mía la voz de las otras, el día empieza o termina, junto a ti confundo las horas, los minutos se revuelven con los segundos y todas las que soy se quieren quedar contigo pero a la vez me recuerdan que tengo otros escenarios donde debo representar a todas y a mí misma. Ellas y yo, tenemos que irnos, pero regresamos siempre a esta cama. Sí, nos gusta volver para confundirte, para amarte, para olvidarte cuando sea necesario y para evocarte cuando no estés en nuestra cama.

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