Desde que descubrí Anaïs Nin, gracias a sus cuentos eróticos, la sensualidad se mueve al compás de mis caderas, mi cuerpo femenino apuesta por el gozo total, pecar con el otro es uno de los rituales más benditos y la pasión no tiene género.

Ella murió el 14 de enero de 1977, pero ya es inmortal, al volver a leerla le damos un aliento más de vida, su obra la hizo eterna. Después de leerla, siempre que la leo, comprendo perfectamente el epitafio que está en su tumba: “Cualquier forma del amor que encuentres, vívela”

El primer libro que leí de ella fue por obligación escolar, el profesor no advirtió nada, no compartió antecedentes, ni se comportó puritano o fatalmente liberal. La obra elegida Pájaros de fuego, publicada como obra póstuma.

No comprendí la mirada sorprendida del empleado de la librería cuando yo le recité el título y pronuncié el nombre de la autora. De regreso a casa, empecé a leer el primero de los trece relatos que conforman al libro. Un tono rojo coloreo mi rostro. Incómoda empecé a mirar a quienes viajaban en el mismo autobús que yo, que no sepan lo que estoy leyendo, que no adivinen la revoltura de emociones perversas que bendicen mi lectura. Me gustaba lo que estaba leyendo, pero nunca nadie me había compartido con tanta naturalidad el sexo. Las palabras eran tan sutiles y tan seductoras. Cada parte del cuerpo era nombrada con una delicada fuerza. Los cuerpos se palpaban con pasión arrebatada, se enredaban con deseo, se entregaban sin compromiso, bordaban el amor y la aventura, el gozo y la perversión, el deseo y el placer.

Por primera vez en la historia de la literatura universal, una mujer se atrevía, se complacía, se regocijaba, osaba y disfrutaba escribir cuentos eróticos, donde las escenas no eran vulgares, donde las mujeres no eran pasivas ni indecentes, donde las mujeres manifestaban su regocijo de poseer otro cuerpo, gozar y gozarlo, delatar sus fantasías y hacerlas realidad, orgasmos compartidos, el retozo ideal de piel a piel.

Anaïs Nin (1903), consideraba que por sus venas y suspiros vagaban almas cubanas, francesas, españolas y danesas. Nadie mejor que ella para narrar su propia vida. Desde su subjetividad, jugando con la objetividad, dando voz a su sensibilidad y atestiguando cada momento vivido bajo juramento personal con sí misma, dio a conocer siete tomos donde comparte su biografía. Así, sus Diarios abarcan su infancia, adolescencia y madurez. Publicados de 1931 a 1974, nada parece quedar fuera de sus recuerdos, de sus evocaciones, de sus nostalgias y hasta melancolías. Empezó a escribirlos en 1914 y los continuó hasta el último día de su vida. En su historia narró con detalle sus anécdotas personales, desde enamorarse de su padre hasta su intensa relación con el escritor Henry Miller y su esposa. Confesó la manera en que sus viajes le permitieron descubrirse y que sus terapias bajo el psicoanálisis la convencieron de escribir lo que sintiera.

Cada uno de sus textos expresa con verdadero tono festivo las experiencias sexuales de sus personajes femeninos y de ella misma. Audaz y subversiva, amorosa y amante, directa y original, la literatura de todo el mundo se sigue sacudiendo con su discurso. La crudeza de sus historias, lo audaz de los encuentros sexuales que describe con verdadera maestría provocaron en su época grandes escándalos, pero nadie podía dejar de leerla. El incesto, la bisexualidad, las caricias más prohibidas, el éxtasis total, las aventuras más eróticas fueron detalladas en cada uno de sus relatos.

Considerada representante de la feminidad, la sensualidad y el erotismo de las mujeres. Siempre en búsqueda de la mujer nueva, la que parecía no existir en su época, la que ella inventó porque existía, la que existía y ella liberó, los textos de Anaïs Nin también han sido retomados por las feministas. Y cómo no coincidir con ella, que palpa el sentir del cuerpo femenino, que intenta y rompe mitos, destruye estereotipos y ese deber ser en la cama y en la intimidad, sus historias tienen como eje la igualdad de hombres y mujeres no solamente en el lecho sino también en la vida. Presenta mujeres que se quieren a sí mismas, que dicen lo que sienten, lo que desean, lo que no les gusta, lo que esperan y lo que las satisface. Es común que en este siglo XXI encontremos muchas páginas que la citan, que la repiten una y otra vez, cada frase tan actual, cada palabra espejo de la mujer que deseamos ser:

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma

Otro de sus textos, publicado después de su muerte, reúne sus reflexiones sobre la condición femenina, la literatura, la música y el cine, además que comparte notas de los viajes que realizó. Otra vez vuelve a seducirnos, su visión personal es única, pero a la vez parecida a quien deseamos ser. Hace reflexiones serías y críticas al movimiento feminista, detalla lo que es el erotismo en la mujer, las dificultades para separar o integrar el amor de sensualidad y la sensualidad del amor. Sus frases denuncian esa intimidad que puede incomodarnos, esa inmadurez masculina, los deseos femeninos, los detalles necesarios antes y después de hacer el amor. La forma en que las mujeres podemos personalizar e individualizar el erotismo, la certeza de que podemos vincularlo con la emoción y el amor, el consejo de que en vez de quejarnos de nuestros hombres debemos verbalizar ante ellos nuestras capacidades eróticas y compartirlas con ellos, compartirles nuestra seducción y sus encantos, crear entre ambos la atmósfera erótica con la que se sueña cada noche.

Pero primero tenemos que saber quiénes somos, cuáles son los hábitos y fantasías de nuestro cuerpo, los dictados de nuestra imaginación. Y no solo tenemos que conocer las cosas que nos mueven, nos estimulan o nos excitan, sino tenemos que saber cómo alcanzarlas, cómo conseguirlas. Creo que en este punto la mujer sabe muy poco sobre sí misma. Y al final tiene que fabricar sus normas eróticas y conseguir la realización de sus deseos a través de una enorme cantidad de semi-informaciones y semi-revelaciones.

Estas revelaciones, consejos y provocaciones, Anaïs Nin las revela en el libro titulado en el libro Ser mujer, donde se reúne los textos que publicó en otros espacios y entrevistas para diversos medios.

La intensidad de sus relatos y hasta de su propia vida obviamente en algunos espacios fueron censurados o rechazados. Algunos críticos siempre prefieren compararla con Henry Millerescritor que también destacó por el erotismo latente en su obra- para cuestionar si lo imitó, para solamente reiterar que fueron pareja o para apostar por la fuerza del discurso masculino en este tipo de expresiones literarias relacionadas al erotismo. Sin embargo, la mayoría de análisis y reseñas de su obra no dudan en afirmar que ella fue pionera en la literatura de mujeres,  ella marcó pauta en los relatos eróticos, pero sobre todo que dio prioridad a la sensualidad femenina, a las mujeres que podían tomar la iniciativa en el sexo, que manifestaban lo que les daba placer y que el deseo no le era ajeno a las expresiones femeninas durante el sexo.

Anaïs Nin siempre tuvo la certeza de que la literatura era su destino, que escribir era su forma natural de manifestar sus emociones y perversiones, que ser escritora era una vocación que ella misma descubrió desde la primera página de sus queridos diarios.

…escribimos para intensificar nuestra propia conciencia de la vida. Escribimos para atraer, seducir y consolar a los demás. Escribimos para dar una serenata a nuestros amantes. Para experimentar la vida dos veces, en el momento presente y en retrospectiva… Para poder trascender nuestra vida, para llegar más allá de ella. Escribimos para enseñarnos a hablar con los demás, para registrar los movimientos del viaje por el laberinto. Para ensanchar nuestro mundo cuando nos sentimos constreñidos o solitarios…

Sí, querida Anaïs Nin, escribiste para trascender, para convencernos de nuestra sensualidad, para dejar volar esos pájaros de fuego que incendian nuestros cuerpos llenos de deseo, gozosos de pecar.

 

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