En la víspera, cada nuevo año presupone la posibilidad de hacer las cosas de manera distinta. Para muchas de las culturas del mundo recibir el año nuevo  es toda una tradición, un ritual que permite la llegada a un mejor sitio, ya que el futuro parece, desde hoy, un mejor sitio siempre.

Hay carnavales y festividades tan viejas como la humanidad misma, siempre ha llamado particularmente mi atención que en algunas regiones queman al año viejo justamente representado por un anciano, se hace una suerte de piñata o mojiganga y se recorren las principales calles de los poblados para exhibir al año que se va, finalmente se le quema en medio de la plaza principal entre la algarabía y rechiflas de los asistentes. Muchas veces el año viejo lo interpreta el político corrupto de moda o el siempre impopular presiente en turno.

Al mismo tiempo se recibe al año nuevo encarnado en un precioso niño en pañales, se le carga, abraza y arropa, se le mima y se le pide conceda algún deseo.

En el imaginario colectivo lo bueno es lo nuevo, lo que está por venir, se  vislumbra una esperanza de que las circunstancias cambie. Quemar lo viejo para dar paso a lo nuevo,  morir para renacer, perderse para encontrarse…, quizá de manera muy trivializada a esta alturas, el ser humano aún cree en la magia.

Ojalá bastará el deseo para transformarse:

Ojalá quien afanoso compra su calzón  rojo y lo porta en la cena familiar logre por fin encontrar al gran amor de su vida, quien seguramente llevó a cabo al mismo rito y el Universo confabulara para quede encuentren.

Ojalá los preparados con los siete granos para la abundancia fructifiquen y por fin se logre que bajen los costos de la gasolina, la luz o el agua. Que llueva donde hay sequías porque esos siete granos tan poderosos pueden revertir el cambio climático y hacer que los llanos polvorientos reverdezcan.

Ojalá que cuando des la vuelta a la manzana con las maletas en mano, en automático se abone a tu cuenta bancaria el aumento de sueldo necesario para viajar todo el año.

Ojalá en principio puedas comer las doce  uvas al ritmo de las campanadas que marcan en cuenta regresiva el final de este 2016 que se extingue y segundo que cada deseo se cumpla por el simple hecho de comerlas en tiempo récord.

Ojalá.

Fuera de especulaciones, tengo dos certezas para terminar el año, voy a disfrutar a las personas con quien compartiré la cena, voy a festejar con mi hija y mi esposo la gran oportunidad de vivir, de continuar los aprendizajes y para mí, la suerte ayuda a quien trabaja todos los días, creo que podemos vivir en mejores condiciones pero hay que esforzarse para ello.

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