Antonieta Rivas Mercado, mujer, mexicana, intelectual, periodista, promotora cultural, amorosa e inolvidable. La misma que el 11 de  febrero de 1931 decidiera quitarse la vida en París, en la iglesia de Notre Dame.

Para evocarla con facilidad el punto de partida de su historia debe ser el Ángel de la Independencia, construido por su padre. Su hermana Cristina y ella fueron las modelos de este símbolo de la ciudad de México. No se creía tan hermosa como su hermana pero le entusiasmaba la inspiración de su padre, el arquitecto Antonio Rivas Mercado. Y entre estatuas de marfil y juegos infantiles, soñaba con ángeles protectores que hicieran realidad sus sueños de niña buena, mimada y lúcida.

Pero la vida dio un vuelco y desde tu casa de la calle Héroes número 45, colonia Guerrero, México se transformó ante tus ojos en 1910, revolución, paz y democracia eran palabras que se perdían entre los balazos, la guerra, los miedos y un país que agonizaba para renacer. Su padre decidió alejarla de ese México herido.

Fue una niña viajera que conoció Europa y se enamoró del arte. Niña talentosa que admiró la pintura y el teatro. Niña que jugaba a enamorarse y se casó con un hombre mucho mayor, “gringo” conservador y padre de su único hijo. Fue su esposo el que adquirió un fraccionamiento en Chapultepec y decidió que sería un nuevo lugar para vivir con lujos y comodidad en el recién nacido México pos-revolucionario. Los nuevos ricos podrían comparar terrenos y construir hermosas residencias. Antonieta decidió que para no aburrirse con esa vida de niña madre recién casada bautizaría cada nueva avenida, cada nueva calle, cada esquina y cada acera.

Es así como otra pista para seguir a Antonieta Rivas Mercado son las Lomas de Chapultepec. Entonces me gusta imaginarla con sus libros de geografía y esos enormes Atlas. La vislumbro vestida como las mujeres modernas de los años veinte: falda a los tobillos y ajustada, su espigada figura contrastaba con los jardines umbrosos que se puso a bautizar. Su cabello cortito, fino y sedoso, se dejaba esconder bajo un elegante sombrero de ala ancha. Así, daba pasos por esas nuevas avenidas y a una le puso “Monte Parnaso”. Caminaba varios metros y un escalofrío de soledad la aconsejó llamar a otra calle “Sierra Nevada”.  Intentó concentrarse en el siguiente terreno pero reconoció la infelicidad en su matrimonio y la ausencia de amor, por eso a la siguiente cuadra le llamó “Sierra Fría”. Quizá decidió su destino cuando otra calle recibió de sus labios el nombre de “Sierra Ventana” y le dio la fuerza suficiente para huir, para pedir el divorcio, para pelear la custodia de su hijo. Entonces descubrió a la otra Antonieta, la que deseaba vivir en un lugar mágico, donde reinara el arte y se multiplicaran las inspiraciones culturales, desde la pintura hasta la literatura.

Por eso decidió que la fortuna heredada de su padre tenía que ser más generosa y viva, más artística y maravillosa. Así, renta una casona en la calle de Mesones número 42 y crea el inolvidable “Teatro Ulises”. Es amiga de todos los intelectuales del país. Se convierte en la mejor promotora cultural de México y ofrece su apoyo absoluto a escritores y artistas como Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen.  Seguramente ese ambiente poético y bohemio resultó ser el escenario ideal para que se enamorara de Manuel Rodríguez Lozano. Pintor, artista, sensible, hermoso, homosexual, amigo y amor imposible. De 1928 a 1931 le escribió.  Esas misivas fueron publicadas tiempo después en un libro titulado “87 cartas de amor”. Todos los textos son originales y emotivos, ingenuos y tiernos, amorosamente redactados, conjugados con verbos amistosos, adjetivos solidarios y dulces metáforas. Le compartía los libros leídos, el sabor del café que había probado en la mañana, las citas para verlo después, sus logros y hasta sus desesperanzas. Manuel fue su amor imposible así como su amigo solidario, su compañero leal, su confidente eterno. Se dice que jamás pudo corresponderle porque siempre fue honesto con ella y él solamente podía a amar a otros hombres, jamás a una mujer. Pero Antonieta lo amó y lo quiso, fue su amiga siempre.

Sin embargo, otro hombre definitivo en su vida y en su muerte fue José Vasconcelos. Lo conoció un día que le pidieron a ella que le prestara su cadillac, era un domingo de ramos, para que Vasconcelos entrara a la ciudad de México como parte de su campaña de candidato a la presidencia de México. Lo escuchó hablar con pasión y convicción. Inspirada quiso apoyarlo. Escribió crónicas detalladas de lo que este hombre hizo  durante su campaña y la forma en que el país creyó en él. Tiempo después esos textos fueron reunidos en un libro titulado “La campaña de Vasconcelos”.

En la noche llegó a su casa ubicada en Monterrey 102 esquina Álvaro Obregón. Se miró al espejo mientras retiraba el sencillo maquillaje de su rostro y no dejaba de pensar en ese hombre inteligente, comprometido y esperanzado. Nuevamente suspiró como suspira el amor de verdad. No fue ni deseaba ser su secretaria, ni su amante, ni su promotora, ni la mujer detrás del gran hombre. Más bien, él fue ese hombre que estuvo junto a ella mientras Antonieta descubría un país que siempre le dolió. Se enamoró de Vasconcelos y como siempre, el amor la decepcionó pero mucho más la vida. La decepción fue apabullante, pues el hombre que amaba fue vencido y traicionado. El país que amaba era gobernado por gente poco comprometida y  la democracia era solamente una palabra. Surgía la certeza de que México necesitaba mil revoluciones para madurar y ser el país que limitaba al centro de la injusticia. Se fue del país que amaba pero también intentó alejarse del hombre que no la correspondió como ella necesitaba.

Cada uno de esos días fue registrado en su diario, que después fue publicado en una bella edición que nos permite en un tomo leer de su puño y letra lo que confesaba con un estilo tan íntimo y desgarrador, mientras que en el segundo tomo la editorial transcribe el mismo testimonio pero con letra tipográfica para dar claridad a cada palabra. Es gracias a este documento que podemos saber sus últimos pensamientos:

“Amanece el día y será preciso que disimule. Voy a bañarme porque ya empieza a clarear. Después del desayuno iremos todos a la fotografía para recoger los retratos del pasaporte. Luego, con el pretexto de irme al Consulado, que él no visita, lo dejaré esperándome en el café de la avenida. Se quedará un amigo acompañándolo. No quiero que esté solo cuando le llegue la noticia…”

Antonieta se suicidó el 11 de febrero de 1931. Su vida me ha impresionado siempre, por eso, la única vez en mi vida que estuve en Notre Dame, la iglesia más bella que hay en París, yo musité, pensé y escribí:

Estoy en el atrio de Notre Dame dispuesta a llorar hasta cansarme… Mis sollozos surgían en honor a una mujer que siempre imagino a la sombra de un ángel. Mi consternación eterna es el reclamo al imaginarla entrar por esa puerta, caminar decidida hasta el altar, mirar a ese Cristo en el madero y jalar el gatillo con decisión, apuntando sin dudar al centro de su propio corazón.

Repito su nombre mientras camino lentamente hacia el altar, como esa novia vestida de blanco que nunca quise ser por solidaridad conmigo misma.

Antonieta, Antonieta… ¿Qué pensabas mientras el sonido del disparo aún resonaba en tus oídos y caías lentamente herida por ti misma?

Antonieta, Antonieta… ¿Musitaste como una oración las 87 cartas de amor que le escribiste a Manuel, tu amor imposible por siempre?

Antonieta, Antonieta… ¿Absurdamente te dio fuerza el amor desgastante y profundo que tenías por tu hijo, ese pequeño amado que no podías tener a tu lado y decidiste secuestrar tu misma?

Antonieta, Antonieta… ¿Miraste los ojos de Vasconcelos cuando diste vuelta rumbo a Notre Dame y reconociste la impotencia del amor más profundo?

Ay Antonieta… ¿Por qué las mujeres inteligentes solamente ganan críticas y juicios sumarios?

Ay Antonieta… ¿Por qué las mujeres sensibles cuando se enamoran son tan mal correspondidas?

Ay Antonieta… ¿Por qué siempre amamos al hombre que nunca podrá correspondernos con la misma intensidad y pasión?

Antonieta enamorada. Antonieta frágil. Antonieta generosa. Antonieta decidida.  Tenías solamente 30 años cuando moriste por ti misma. Antonieta, Antonieta, siempre en mi galería de mujeres inolvidables.

Sin duda, para palparla mejor deben leer el libro A la sombra del Ángel, escrito por su nuera, Katherine S. Blair. Ella poco a poco descubrió que la madre de su esposo había sido una mujer transgresora y memorable. La autora no comprendía por qué en su familia política el nombre de esa mujer era escondido, silenciado y ocultado. La historia que recupera es detallada y conmovedora, cada página nuevamente hace murmurar: Antonieta, Antonieta…

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