Es la primera vez que Raniero le hace el gasto al vocero del semáforo en el viaducto 21 de Julio. El delgado muchacho de los periódicos sepia no lo puede creer, en cuatro años, el tipo albino al que sólo conoce por su seño fruncido no cedió a ninguna de sus persuasiones noticiosas, ni siquiera cuando el tren de Tiburnia salió de la vía para escribir con sangre uno de los capítulos más tristes en la historia reciente de la ciudad.

Tampoco era extraño que Raniero, quien para nada lucía como un hombre distinto al promedio, pasara por alto el titular que puso en jaque la tranquilidad de millones de albinos radicados en aquel barrio de esperanzas desvaídas. Teenalaker, el tirano racista del monopolio inmobiliario se alzaba como el inminente ganador de las votaciones generales por la regencia de la Gran República Unida del Norte (GRUN).

Raniero vio en ese titular con mayúsculas sombreadas la punta abrillantada de un alfiler que amenazaba la levedad de su globo de helio. En cada caracter en negritas del TEENALAKER, VIRTUAL REGENTE DE LA GRUN vio episodios nítidos de un futuro de condena, otro Éxodo, ilusiones diluidas con el charco de lluvia ácida.
No hacía ni un mes desde que Raniero descubrió que la existencia del amor en los aires de noviembre no era sólo un juego del insomnio, justo ahora tendría que pensar en distanciarse, justo ahora, cuando la pelota que aventaba volvía a sus manos, era tiempo de asumirse como un intruso en la tierra que ayudó a labrar y donde halló el destino que le dio sentido a sus pasos.
Para todos era bien sabido que a Teenalaker no le agradaban los albinos forasteros, sostenía con puño cerrado la idea de que estas personillas doradas mamaban como parásitos la riqueza de la GRUN, por eso era imperativo acabar con ellos sin escatimar recursos. Por eso todas las almas de “piel incolora” se apresuraron a verse en el destierro como una de las primeras medidas del nuevo regente apenas su trasero tocara la silla del poder.
En la tragedia colectiva, el vocero de los periódicos sepia vio su gracia, jamás tuvo tanto éxito. Estaba resignado a gritar el ‘¡Extra!’ en medio del desdén de cientos de transeúntes que aprovechaban la pausa vial o para rotularse la cara o para deslizar el índice sobre la cubierta del celular. Y como el servicio de datos de Internet ese día le dio por enfermarse de intermitencia, a los automovilistas no les quedó otra que hacerse de un impreso.
Dimitri Teenalaker tomará posesión de inmediato ante la renuncia del regente en funciones, rezaba el texto del balazo debajo del gran titular. La medida hizo que Raniero se cuestionara por qué demonios el protocolo y la burocracia no ayudaban esta vez a retrasarlo todo. Pensaba que tendría al menos un par de meses para planear su exilio, para cobrar los trabajos que le quedaron a deber, para hacer el ritual de la nostalgia al decidir qué llevar y qué dejar, para organizar la última cena con el ser que le quitaba el sueño… No había tiempo. El nuevo gobernante fue claro en campaña, “lo primero será hacer justicia para la GRUN, lo primero será curarla del mal albino. En menos de 32 días, ellos pagarán por cada metro cuadrado que ocupan”.
El semáforo cambió al siga. Una luz verde de irónica permisión. Raniero giró el volante con violencia para tomar el retorno, el neumático trasero del Valiant Volare dejó rastros de goma en el camellón que con roses libró en la vuelta.
En el crucero inmediato dos vehículos jabalí de la Armada Nacional cerraron el paso; del toldo salieron, cual soldados troyanos, al menos 20 elementos camuflados con la sábana gris del cielo. En un abrir y cerrar de ojos ya habían instalado un retén de inspección.
El sargento abrió de un golpe la puerta del Valiant Volare -“La ventaja de todo esto es que los albinos ni quitándose la piel se disimulan”-. Tiró de Raniero por el abultado gorro de su chamarra oscura. René, su entrañable del club de ajedrecistas, no se cansaba en recordarle que se parecía a la bombilla dentro de un farol cada que usaba esa gran armadura de gabardina. Precisamente en este día de infortunios tenía que llevarla puesta, como si el destino lo favoreciera para ser el blanco más fácil de la milicia.
Pensó en todo esto mientras el sargento Frotino (eso se leía en la etiqueta bordada en letras rojas del chaleco) lo conducía sin el menor sentido de la civilidad a un cerco improvisado donde ya unos 12 albinos trataban de comprender el corte drástico a su rutina.
Raniero no habló con sus pares del cerco, ellos tampoco lo hacían entre sí. Todos lucían contaminados por el virus de la mancedumbre, autómatas pacíficos a merced de quien quisiera.
Por la mente de Raniero desfilaban las imágenes que forjó después de toparse con el vocero maldito del semáforo: exilio-cobrar trabajos-ritual de la nostalgia-última cena. La repetitiva resonancia de estas ideas se vio interrumpida por el golpe abajo de la compuerta. Un camión castrense le dio una amarga bienvenida abordo. -“¡Arriba!”-, gritó Frotino.

Como si el cuerpo se le hubiera separado de su interior, Raniero avanzó en fila sin voluntad. Subió al camión, tomó asiento, se hizo uno con la ola dorada de tripulantes que contrastó de manera salvaje con el panorama en tinieblas, se perdió en la multitud de personas sin color y arribó al sitio de la extinción donde minutos antes del último suspiro atinó:

“¡Ya lo entiendo! Les hacemos daño. Demasiada luz hay en nosotros.”

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