Esta es la historia que fue, que pudo ser o que debió ser.

Capítulo I

¿Cómo es que el nombre de una cantina le da el adjetivo perfecto a tu vida? Perdida. Así estaba hasta que te encontré, me encontraste o simplemente coincidimos, una noche cualquiera en un lugar cualquiera.

Yo iba acompañada de quien era –en mis propias palabras- el amor de mi vida; era una de esas tantas veces en las que habíamos discutido, en la que él jugaba a quererme y yo jugaba a engañarme. Era una de esas noches en las que salíamos y en las que él anhelaba que yo fuera alguien más, una de esas veces en las que, sin que siquiera yo lo notara, él fingía que yo era su prima para que pudiera coquetear con otra mujer.

Esa noche te vi entre la gente, te dabas a notar con todo tu aire protagónico, platicando y bebiendo con todos, fanfarroneando con tu amigo; mezcal tras mezcal, risa tras risa, te acercaste a la esquina en la que yo estaba y dijiste “apuéstale al amor”. Quién diría que esa misma noche, no sé de dónde ni porqué motivo, tuve el valor y descaro de besarte justo al lado de quien era –en mis propias palabras- el amor de mi vida.

Y las noches de cantina, como las estaciones del año, no duran para siempre. Amaneció y con el sol llegó la resaca; la desnudez producto de una noche con pocos recuerdos lúcidos; el cabello despeinado y la compañía del aparente ser amado. Revisé el celular, nada importante; revisé otra vez, en el directorio había un contacto nuevo: ‘Filósofo-ingeniero sexy’.

Los días pasaron y mi pareja no tocó el tema de aquella noche; me pregunté a mí misma ¿lo habrá visto?, ¿le habrá importado?, ¿habrá sentido celos o simplemente sintió, como siempre, su terreno seguro? Pasaron más días y él partió con un boleto de autobús; yo lo despedía con una mano y con la otra, enviaba un mensaje a ese contacto recién agregado: “Hola”.

Ese simple primer mensaje derivó a interminables conversaciones de incontables temas y, eventualmente, a nuestros siguientes encuentros. Pasaron semanas entre textos y las tardes caminando a tu lado, riendo como había olvidado reír, besando como ya no sabía besar y sintiendo como no creí sentir.

Esas semanas bastaron para que pasaras de ser un desconocido, a una pieza importante de esta brújula sin norte. En realidad, requirió poco esfuerzo embelesar a una universitaria que estaba ansiosa por experimentar una nueva ciudad; me maravillaron tus dotes de ingeniero y esa filosofía que apenas pulías; sanaste las heridas con tus besos largos sabor a mezcal, con nuestras caminatas nocturnas, con el tiempo compartido.

De repente no me sentí tan lejos de mi hogar, de repente, vi que mi trayecto tenía más de un camino. Aunque hice la promesa de reunirme con esos brazos a los que me aferraba, quería estar contigo; quería cambiar mi rumbo pero también quería la certeza de lo que se supone que tenía con alguien más.

Entonces te tuve que revelar lo que omití en todas nuestras charlas: creo que tengo novio.

De la vergüenza, ni siquiera pude notar la expresión de tu rostro, solo escuché lo que respondiste en seguida.

  • Déjalo. No vayas por él a la estación y quédate aquí, que sepa que no has llegado y que decida tomar un autobús de regreso. Quédate conmigo y veamos qué pasa.

Y le aposté al amor.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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