“Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna”.

En el Génesis, Dios dice a Eva: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces y parirás a tus hijos con dolor”. La sentencia fue dictada y, entre líneas, el Creador agregó: tu menstruación será dolorosa, con cólicos insoportables y mancharás tus calzones favoritos.

Y hasta que no haya una reinauguración del Edén, mes con mes tenemos que lidiar con el elixir de nuestra fertilidad, con la inflamación del vientre, con el calor de nuestro sexo.

Mes con mes, recurrí al método que conocí desde la adolescencia y que, pese a ser incómodo, era mi única opción. Con el tiempo, de las toallas sanitarias, pasé a los pantiprotectores y después me aventuré a los tampones, artículo más discreto pero que me hacía caminar como Neil Armstrong en la luna.

Mes con mes, compraba mi arsenal de guerra sangrienta. Dominaba los pasillos del supermercado y elegía las toallas con alitas, las nocturnas, los pantis con manzanilla, los tampones en promoción, los parches para cólicos y las ketorolaco por si el dolor era intenso.

Mes con mes usaba los pantalones guangos, las blusas largas, la chamarra ‘por si me mancho’ y los calzones que heredé de mi abuelita. Mes con mes, dominé el arte de dormir en una sola posición toda la noche y me acostumbré al incómodo calor y humedad en mi entrepierna. Mes con mes pagaba la penitencia de Eva.

Un día, mis números rojos ya no pudieron absorber el rojo de mi sangre y decidí buscar nuevas opciones que, además, calmaron un poco mi remordimiento por la ecología. Decidí adquirir una copa menstrual y es una de las mejores elecciones que he hecho en mi vida.

Me sentía emocionada pero nerviosa, con la necesidad y responsabilidad de elegir un producto de calidad que quedara perfecto a mi cuerpo; después de todo, esa nueva adquisición me conocería por dentro mucho mejor que todas mis parejas juntas.

Leí en redes sociales, blogs, artículos de salud y confié en el testimonio de las mujeres de mi vida que ya brindaban con el vino tinto de su sexo. Investigué precios, marcas, certificaciones, colores, tamaños y grosores de mi amiga más íntima, de mi copita menstrual.

Hice cuentas de todo lo que gasté en un año en toallas sanitarias y derivados; el cálculo me salió parejo comparado con el precio de la copa. La diferencia: la copa me duraría muchos años más. Así que la compré, la saqué de su empaque y la vi tan transparente, tan pequeña, tan ancha pero tan moldeable, tan mi cómplice.

Días antes de usarla me mentalicé: “no debes tener asco ni miedo, ‘cosas’ más extrañas han entrado a tu cuerpo y ninguno de ellos te prepara un té cuando Andrés te visita”.

Cuando llegó la hora, lavé mis manos cual si tuviera que hacer una cirugía, me senté en el retrete, doblé mi copa y la metí hasta el fondo; sentí lo que solo se puede describir con sonidos: un ‘plop’ y mi copita ya estaba instalada. Para asegurarme que la coloqué bien, metí mis dedos y toqué cada borde; volví a decirme a mí misma: “cosas más extrañas han entrado a tu cuerpo, ni te hagas la santita”.

Salí del baño y corrí presurosa con mi mamá, con mi cuñada y por poco con el señor de la tienda. Modelé, di vueltas, alcé las nalgas y pregunté “¿Qué me notas de raro? ¡Nada! Porque mi copita no se ve ni se siente”. Repetí el ritual en mi trabajo -a excepción de mover la cola- y presumí con mis compañeros (hombres cuyo nivel de tolerancia a mis pendejadas es elevadísimo) que las toallas sanitarias con alas ya habían emprendido el vuelo.

Llevo poco brindando con mi copita pero ya la amo. Sí, las primeras veces hubo derrames y me sentía insegura al estar sentada, parada, acostada o siquiera respirar; con el tiempo, fuimos afianzando nuestra complicidad e hicimos un pacto:

Ella disminuiría mis cólicos menstruales y daría evidencia auténtica del color, densidad y cantidad de mis fluidos sagrados; a cambio, yo amaría las lunas rojas, las palparía y brindaría con el cáliz de mi sangre, sangre de mi cuerpo, sangre de mi alianza nueva y eterna.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario