—Cariño, ya despierta, ¡No llegaremos!—. Magno tuvo que arriesgar su matrimonio al tomar la decisión de desnudar los ventanales, si algo odiaba Lucena era que el Sol le pillara de frente en las mañanas, pero no había opción, su sueño era tan pesado y apenas tenían unos minutos para cruzar las aguas del Merter, antes de que la marea los atrapara del otro lado…

 

LUCENA abrió los ojos cuando Magno, anticipado al primer golpe malhumorado de su esposa, le miraba escondido detrás de la almohada. —Te prometo que agoté todos los recursos pero nada hacía que despertaras, ¿cómo pudimos dormir tanto? ¡Es muy tarde Lucena!—. La mujer no apartaba la mirada de la ventana, fue extraño, su reacción al Sol es siempre inmediata e invariablemente violenta en contra del responsable del agravio. Magno dejó caer la almohada. —Lucena, mi amor, ¡¿qué te ocurre?!—, debieron pasar al menos veinte minutos hasta que Magno volviera a correr las persianas mientras contemplaba el rostro congelado de su esposa, a quien la intensa luz solar no le incitaba el mínimo movimiento gestual, sus ojos mielados lucían escabrosamente bellos y brillantes, sin parpadear, fijos en el objetivo amarillo del astro rey. —Por Dios, Lucena, ¡te quedarás ciega! Vamos, deja de bromear, esta vez fuiste demasiado lejos. Bien, lo lograste, estoy asustado. Ahora déjate de teatros y abandonemos la isla antes de que el mar nos obligue a quedarnos otras 48 horas, ¡No hay tiempo!—. Pero Lucena volvió a cerrar los ojos al perder contacto con el Sol, cuando su esposo, desconcertado, tapó el ventanal. —¡Demonios Lucena!—, le reviró ya sin muchas reservas de paciencia. Corrió de nuevo las persianas y, como dos bombillas que se encienden, los ojos de Lucena se volvieron a abrir, ahí otra vez, fijos y en sedante esplendor. Magno la agitó, le dio un par de palmadas en la mejilla, pero los ojos de la dama seguían fieles al Sol y a nada más. Magno, al darse cuenta de que algo no estaba en orden con Lucena, se dispuso a vestirla, empacó, tomó algunos víveres y la puso en el auto. Condujo a toda prisa en dirección al norte, su reloj de pulso a prueba de agua marcaba las cuatro mas cuarto, Lucena, del lado del copiloto, apenas sostenida en el asiento, reposaba el costado de su cabeza en el respaldo, extasiada en el Sol que bañaba el horizonte a su derecha. Ni el golpeteo constante por el camino de rocas húmedas sobre el Merter distraía su empecinamiento silencioso con la solaridad, que parecía disfrutar la atención de su seguidora. Magno aceleraba cuanto podía, ya no se esforzaba por hablar a su acompañante ausente, lo embargaba la sensación ya no sólo de dejar el Merter, sino de escapar del desconcierto, eran todos los signos de una horrible pesadilla. Apenas unas horas antes de que Lucena se quedara dormida, ambos brindaban por un futuro de pasiones compartidas. La mente de Magno repasaba lo último que tuvo de ella antes de llevarla inerte en medio de la marea creciete, esa sonrisa coqueta al cantarle juegos de cortejo alrededor del sofá, donde él quedaba voluntariamente atrapado. Las ráfagas de fresco recuerdo se vieron abruptamente interrumpidas por un golpe que paralizó el auto. Magno bajó a revisar, faltaban todavía unos seis o siete kilómetros para estar en la costa y el agua verde ya le cubría la espinilla. Una gran roca afilada había atravesado el neumático. Al ponerse de pie para buscar la refacción, el asiento de Lucena estaba vacío. Se dio la vuelta registrando los alrededores de la llanura marina y allí, hacia donde el Sol mutaba a la forma de una perfecta circunferencia escarlata, su esposa seguía las huellas naranjas pintadas sobre la sábana salada. Magno abandonó el neumático para seguirla. Sólo las gaviotas pudieron atestiguar la conmovedora escena: un Sol victorioso que extendía la mano a su amante, listo para fugarse con ella en el ocaso, ante los ojos de un hombre desarmado que se entregaba en la lucha perdida, mientras el Merter le ahogaba la resistencia.


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