…se transformó en un elefante al asecho y muchas veces se ponía delante del trayecto para no permitirle avanzar

 

NO CABÍA duda, era sobreviviente. No lo sabía, pero sorteó dificultades desde muy temprana edad, no lo sabía porque resultaba normal trastabillar, tener que intentar una y otra vez, era lógico enfrentarse a sus temores cada vez, por pequeños o grandes que estos fueran. Era normal sentir pánico, el corazón ahogado en la arritmia que obliga a tumbarse y permanecer inmóvil, montar a horcajadas el miedo y rogar para que pase pronto, cada vez más a prisa.

Tenía un compañero que nunca se le separaba, se posó en su oído izquierdo un día impidiéndole escuchar con claridad, comenzó como un pequeño recordatorio en su mente, en forma de un ave que le cantaba camino a la escuela, le repetía en cada trino que hasta el mínimo esfuerzo era infructuoso, le decía que nada podría lograr, aunque lo deseara.

Ese chirrido apenas perceptible se volvió cada vez más fuerte, lo encontraba a la hora de lavar los trastes o al hacer su cama, al pensar en los diálogos de los juegos infantiles, era ya del tamaño de un becerro, que amenazaba con embestir, esa era su principal función, amenazar y no dejar espacio en la habitación para respirar.

A la par que crecía también su acompañante, se transformó en un elefante al asecho y muchas veces se ponía delante del trayecto para no permitirle avanzar, bastaba que le mirara con esos ojos rojos llenos de furia, para que en cualquier lugar rompiera a llorar. ¿qué hacer si un elefante te cierra el paso?

Con el tiempo ya no podía dimensionarlo, se había transformado en una sombra que oscurecía todo el espacio, se había convertido en su forma de percibir el mundo, era un velo gris que le impedía ver con claridad, cada acto de la vida carecía de seguridad, cada que intentaba podía sentir en sus manos la premisa con la que la sombra le abofeteaba la cara ¡Vas a fracasar!

Siempre lidiando con las exigencias de los demás, con la ridiculización del miedo, con la poca empatía, la invalidez de los síntomas, y el gran esfuerzo que significaba cada pequeño intento; largos periodos de depresión seguidos de la interminable lucha contra la tristeza mientras la sombra le hacía arrumacos por las noches para no permitirle dormir. Así era un día y todos los días, sintiendo que nada era suficiente.

Había recibido heridas, no podía diferenciar si la sombra las había perpetrado y eran sus manos las que habían cortado su piel y lastimado su rostro, en algunos momentos no se reconocía al mirarse al espejo o en las viejas fotografías donde aún lograba sonreír, era como si ese talante no le correspondiera y la extraña melancolía del futuro fuera habitual.

Ansiedad, ese es el nombre de su sombra, todavía le sigue los pasos, pero ya no le marca el ritmo.

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