El fenómeno migratorio merece a alguien que lo escuche en la necesidad de gritar qué pasó después del éxodo, cuando por fin llegamos y levantamos piedras para construir nuestros sueños, cuando somos nostalgia en la foto del que se fue y novedad o invasión en la tierra del que recibe, cuando nos hacemos imprescindibles en el nuevo orden, cuando un líder nos quiere detrás de un muro…

 

No es sólo un crimen ocioso que a Frederick Wiseman se le ocurriera construir un oído monumental fijo y paciente frente a un barrio migrante en la gran Nueva York, tan grande que hiciera justicia a las tantas voces que se apropiaron del inglés con plegarias y oraciones para todo credo.

 

En Jackson Heights (2015) es un proyecto de brazos abiertos y extendido al grado de poner a prueba la paciencia del espectador porque no tiene el menor problema en esperar, tomar un té con la veterana judía que arrastra la garganta para decir que no sabe cuál es el secreto de su inmortalidad, para acompañar al latino que decidió ser mujer pero que en el camino se topó con un camarero que no quiso servirle café, incómodo por su apariencia.

 

Al cineasta documental de 86 años no le temblaron las piernas para recorrer Jackson Heights, el barrio variopinto que siente el paso indiferente del tren sobre sus pensamientos, sus religiones, comidas, sus nacionalidades, vírgenes, himnos y selecciones de fútbol. Le cuentan cómo llegaron a los Estados Unidos, cómo le hicieron para que sus granos de mostaza pusieran sabor a la nación más poderosa, aunque años más tarde prefiera sustituir sus negocios con cadenas de comercio capitalizado.

 

Se permite tomar una clase sobre los asientos a ras de piso en la pequeña aula para repetir la belleza sonora de las vocales al Islam, es solidario con la gresca colombiana en el arresto de quienes exageraron al celebrar el gol de la reivindicación nacional; firma y nos hace firmar como testigos del primer alcalde de Nueva York que acude y desfila por los derechos civiles de homosexuales.

 

No es fácil tener la humildad para escuchar a una persona, el grado de dificultad aumenta de manera considerable cuando el ejercicio se dirige a un barrio donde nadie se parece, una comunidad hermanada por las diferencias y asociada en la defensa de su legitimidad como ciudadanos con la misma urgencia de gritar.

 

Puede ser que la intención divulgadora del documental esté comprometida con En Jackson Heights, hasta en este género, que suele coquetear con la ciencia, la técnica y lo académico, hay elementos visuales, de sonido y síntesis que atrapan al espectador y suavizan el tedio. Pero en este caso el director ruega a sus espectadores la misma nobleza que tuvo con sus protagonistas: escuchar al de enfrente con tiempo y calma, abierto, limpio de todo juicio.

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