En esta semana del mes de marzo, durante los días que preceden y anteceden al 8 de marzo son saturados por única vez en el año de presencias femeninas. Algunos confunden esta conmemoración con un día festivo parecido al 10 de mayo y nos cantan, nos recitan poemas y hacen festivales para invitarnos a bordar o a posar. Otros más se van al extremo y delatan la situación de violencia y discriminación que las mujeres enfrentamos, pero que solamente denuncian en estos días, luego nos volverán a olvidar.

Sí, imposible darnos gusto, pero yo creo que el 8 de marzo debe ser pretexto para darnos voz, para que nuestro testimonio quede tatuado en la memoria de la sociedad, para que hablemos fuerte, que el nosotras lata con tal fuerza que ya no necesitemos un solo día para ser evocadas.

Esta semana quiero compartir con ustedes un libro que todavía me llena de orgullo, que voy a estarle siempre agradecida, que donde lo presento –pese al paso del tiempo- me conmuevo ante la participación del público, las miradas de esperanza brillan en las mujeres que me escuchan, los vientos de sororidad nos envuelven.

Así, en el año 2011 mi querida Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo me publicó uno de mis libros más gozosos y queridos: Bellas y Airosas: Mujeres en Hidalgo, donde intento hacer un muestrario detallado de la presencia femenina en el estado y ahí están, en todos los escenarios, por todas las épocas, alzando la voz, escribiendo, haciéndose visibles.

Fue una tarea intensa, buscamos en cada escritorio, preguntamos por toda la región, encontramos diarios que desempolvamos, gente solidaria que recordaba el nombre de una periodista o de una política, las mismas mujeres hidalguenses me contaron su historia y me recomendaron a otras más, porque la sororidad sí existe.

De esta manera puede escribir un libro que abarca, en la primera parte, desde la época prehispánica hasta el siglo XIX, y los nombres femeninos se desbordan en cada página, desde pintoras hasta escritoras, princesas toltecas y profesoras.

En la segunda parte recupero a dos emblemas femeninos de principios de siglo XX, Elisa Acuña y María Luisa Ross. Hago referencia a la suerte de las consortes y –gracias a un maravilloso trabajo que ya había hecho Don Raúl Arroyo- enumera a las esposas de los gobernadores de Hidalgo. Delato por qué soy admiradora de Margarita Michelena y recupero también a ya amigas entrañables de mi propia universidad como Silvia Mendoza, Sandra Flores Guevara y Silvia Rodríguez Trejo.

En la tercera parte, titulada “Nosotras en todos los escenarios” menciono a las poetas y escritoras, menciona a las periodistas de radio, televisión y prensa. Recupero a las que se han dedicado a la música o a la actuación, diseñadoras y pintoras, luchadoras sociales y feministas.

Finalmente presento testimonios desde su propia voz de mujeres como Estela Rojas, de alma pionera; Helia Soto Rojas, arquitecta de su propio destino; Rebeca Cruz Bustos, primera mujer en estar al frente de una Correduría en el estado; Irma Fosado, maestra por siempre; Mable Gutiérrez que destaca en el mundo político; y, Gloria Romero, actual diputada federal del Partido Acción Nacional.

Platico con mis colegas, ahí está la gran corresponsal de Televisa, Bertha Alfaro; Brenda Flores y su experiencia en la dirección de comunicación social de la universidad; Edith Hernández, una periodista pionera; Elsa Ángeles Vera y su pasión periodística; y Aída Suárez que da alas a las mujeres de la región para que escriban de sí mismas en la revista que ella fundó.

La experiencia de este libro me marcó por siempre, por eso me gusta que ahora mucha gente cuando me habla o me escribe me diga Bellairosa. Tengo una columna en el periódico El Independiente de Hidalgo que se llama “Bellas y Airosas”. En estos días, hablaré de esas mujeres ante jóvenes universitarios. El año pasado, fui a presentar el libro en un lindo poblado hidalguense y al terminar mi conferencia una señora muy humilde, ya mayor, de trenzas blancas se acercó a mí, no olvido su bolsa del mandado y su hermoso rebozo, para agradecerme la charla, que se iba orgullosa de las mujeres de su estado. Un comentario que he tatuado en mi corazón.

Cuando estaba a punto de terminar la redacción de este libro no me decidía cuál de las dos introducciones que había escrito debían iniciar el texto. Elegí las dos, una formal que hace referencia a la importancia de recuperar a las mujeres en la historia de México y en la historia de Hidalgo. La siguiente, más emotiva, más inspirada por el alma y la emoción, le puse La otra introducción, y se las comparto, en esta semana que es otra vez 8 de marzo.

Un reloj monumental ha marcado las horas y minutos de mujeres que despiertan a la vida, a sus tareas cotidianas, a sus sueños y esperanzas. Mujeres que han luchado para ser reconocidas como seres humanos, como creadoras, como creativas, como ciudadanas, como feministas y como hidalguenses que viven con la sabia virtud de conocer el tiempo. Son las mujeres de Hidalgo.

Minas llenas de riqueza y misterios, hicieron de los hombres sus dueños y sus esclavos, mineros cautivos y varones supersticiosos que crearon leyendas y mitos desde la oscura profundidad… Mitos que las mujeres rompieron al tallar en plata la fe en sí mismas, que exploraron para triturar prejuicios y marginación, que alumbraron con cascos mineros para distinguir su falsedad porque las relacionaban con la tragedia o la prohibición, cuando ellas siempre han demostrado el coraje de abrir los ojos cada mañana y luchan para impedir que la historia las haga invisibles. Son las mujeres de Hidalgo

Gigantes de piedra, vigilan el honor de un escenario del pasado, un pasado donde las mujeres han heredado tradiciones y un deber ser conservador, ese ayer con el que poco a poco han roto para salir de sus casas y además de parir hijos den a luz sus ideas, sus quimeras, fantasías, cantos de libertad, reconocimientos a sus derechos. Son las mujeres de Hidalgo

Le bebida de los dioses que surge de los magueyes refresca el alma y libera el espíritu también puede mojar sus labios. Ellas han acariciado las pencas de cada maguey para que su blanca sangre circule con alegría y pasión. Sus pies pisaron los caminos de las grandes haciendas productoras de este néctar bendito. Sus hombros también cargaron los guajes que estaban llenos de aguamiel. Se enamoraron de los tlachiqueros y ellos cantaron a sus encantos. Ellas son las mujeres de Hidalgo. 

Al son del huapango la vida femenina en tierras hidalguenses ha tomado ritmo. En cada paso que dan resuena el taconeo de sus huaraches, de sus tacones y de sus huellas. Sus cantos pueden externar tristeza por la indiferencia social pero también pueden delatar la alegría de ser mujeres que creen en sí mismas. Los sonidos musicales las reconcilian con los ecos de paisajes desérticos. En su vida siempre encuentran el ritmo huapanguero para avanzar hacia un mejor futuro. Ellas son las mujeres de Hidalgo.

La Sierra Otomí Tepehua, la Huasteca y el Valle de Mezquital son escenarios naturales, tierras de luchas, contextos de promesas y treguas, panoramas con instrucciones para salvarse, horizontes esperanzadores y desoladores. Pero ellas están ahí para sembrar sus tierras y para combatir el hambre, para bordar las tradiciones y para compartir consejos ancestrales, para enamorarse de los paisajes y para desafiar de frente las trampas de la miseria, para construir historias donde las derrotas ya no formen parte de su vida cotidiana. Ellas son las mujeres de Hidalgo.

En su camino no existen piedras para tropezarse, más bien en sus paisajes se amontonan piedras para admirarlas. Así los Prismas basálticos se convierten en escenografía natural para comparar su altivez con la modestia femenina. En un concurso de belleza natural que no pone en riesgo la dignidad de nadie, este lugar mágico del estado de Hidalgo envuelve el ser femenino de incógnitas y certezas femeninas, de enigmas y acertijos sociales, de construcciones y destrucciones de género, de mitos y verdades para escalar en busca de equidades posibles. El agua que ha bañado a los prismas basálticos también ha recorrido cuerpos femeninos dignos de admirarse porque no son perfectos sino femeninos, geografías caprichosas que lo mismo pueden ser planas o esconder jeroglíficos solamente traducidos por el amor sincero. Esos prismas forman perfiles donde puede descubrirse una sonrisa de mujeres agradecida o un puño en alto que lo mismo lava la ropa pelea por ganarse un lugar en la sociedad. Así son las mujeres de Hidalgo.

La cocina no es el único lugar donde pueden encontrarse pero es un lugar donde durante años y años han seguido los secretos gastronómicos de sus abuelas y madres, del ayer y del mañana, del sabor y del buen gusto. Es así como aprendieron a amasar los tradicionales pastes, a preparar la deliciosa barbacoa, a envolver con ternura los mixiotes  o crear esa obra maestra de la gastronomía hidalguense llamada zacahuil. Las mujeres de Hidalgo memorizan recetas sagradas y comparten recetas familiares. Reconocen el olor de la tortilla de maíz y encuentran el equilibrio perfecto entre el jitomate, el perejil, la razón y la alegría de la vida. Así son las mujeres de Hidalgo.

Por eso viven en una ciudad que se hizo novia del viento y las ha llevado por todas partes para hacer realidad sus sueños. Se han vuelto también bellas y airosas para regar su esencia femenina en todo lugar, en todo oficio y en todos los sueños femeninos. Ellas son las mujeres de Hidalgo, presentes en los escenarios de la vida hidalguense.

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