Reflexiones introspectivas del rol. El camino del pacheco, segunda parte

 

ACABÁBAMOS de llegar a La Cumbre, después de tres horas de curvas para entrar a la Sierra Madre de Oaxaca. El clima nos recibía fresco, se sentía ese airecito en la cara, frío pero refrescante, estábamos en San José del Pacífico, tres mochilas agotadas se dejaron caer en la cabaña que nos asignaron con la mejor vista de La Cumbre.

A la orilla de la cama me senté para ver las ámpulas de mis pies, cuando miré de abajo hacia arriba se presentaba una mujer muy particular ante nosotras, la miré larga, alta y delgada; joven pero vieja, su cara no se definía por un género, de repente pensé que era hombre pero su perfil me decía que sí era mujer. Esa confusión acentuó mi atención en ella; nos estaba haciendo la invitación a una ceremonia, nos contaba que por la temporada no había hongos, pero que si queríamos podíamos visitar la Cabaña Roja, nos preguntó cómo nos sentíamos, si estábamos bien, si queríamos fumar changa. Era la primera vez que escuchaba esa palabra, mi curiosidad crecía y la plática se tornaba más personal, cuestionó nuestras sensibilidades emocionales, nuestras inseguridades y nuestras adicciones de una forma muy abierta y comprensiva, nos habló de la changa como una hierba sanadora, consensuábamos con los ojos para decidir si queríamos esa ceremonia, esta vez no tuve tiempo de pensarlo y dije si, y sin darme cuenta estábamos haciendo una cita para vernos a las siete de la tarde, justo después de ver el atardecer.

Esa sensación de emoción pero de nervios estaba en nuestra mirada, mis dos mochileras estaban divididas, una de ellas claramente dijo no y la otra tomó sus miedos y dijo sí, hablamos de lo que pensamos que pasaría, de qué queríamos encontrar ahí, tal vez me sirva para esto… tal vez encuentre mis respuestas… hicimos suposiciones personales de nuestros temores, de nuestros dolores; los nervios se mezclaban con la emoción y el tiempo no avanzaba.

Salimos a comer algo, tomamos un café y los cigarros se consumían con velocidad, el frío empezaba a calar y todos buscaban el mejor lugar para el espectáculo natural que se daba cada tarde en las montañas de San José; nos acomodamos afuera de la cabaña e intentando encontrar distracción nos pusimos a investigar como nerds primerizas qué estábamos a punto de hacer, qué era la changa, qué se sentía, si tendría consecuencias negativas… leíamos y nos mirábamos asombradas, reíamos de nervios y pensábamos en experiencias pasadas… entró una paranoia colectiva de curiosidades, hasta que decidimos detenernos para no predisponer nuestra ceremonia; tomamos un libro para desconcentrar la tensión, yo lo logré, me tocó uno muy bueno de cuentos mexicanos que usé como antesala para despejar mi mente; el Sol avanzó lentamente sobre las hojas del libro y de pronto las tres estábamos hipnotizadas con el atardecer de ensueño. El astro rey se perdió en las nubes pero sus rayos se tornaban en rojos intensos que se intensificaban con la oscuridad a la que daba paso la tarde, los reflejos violeta se perdían en el horizonte y poco a poco, entre las montañas, nuestro momento había llegado.

El triángulo perfecto de miradas se dividía, nos dimos un gran abrazo para desearnos suerte y recordarnos lo mucho que nos queremos, me daba tranquilidad que una de nosotros se quedaría en espera y estaría alerta a nuestro regreso, no podía acompañarnos pues nuestra guía gurú dijo muy claro: “no hay espectadores”, es el respeto para quienes hacen la ceremonia…

Nos convertimos en dúo, la guía ya esperaba para iniciar la caminata hacia la Cabaña Roja, ella muy relajada y quitada de la pena nos habló sobre su ayuno de cuatro días, nos contó que desde que tuvo a su hijo se le quitó el apetito sexual, que fue una viajera del mundo y que modificó su alimentación; nos habló de los saborizantes artificiales, los azúcares, la carne empaquetada y todo lo que tiene conservadores, de cómo hacen que nuestro cuerpo cambie sus procesos digestivos, incluso cómo el consumo de alcohol hace que nuestras necesidades sexuales se intensifiquen; ella lo resumía de esta manera: deje de beber cerveza, por lo tanto no tengo apetito sexual, por lo tanto no necesito una pareja, por lo tanto no tengo problemas, vivo feliz y le doy una familia a mi hijo. Subíamos la montaña y reflexionábamos sobre nuestra alimentación, pensé que esta plática no tenía otra intensión que de distraer nuestra ansiedad, sin embargo comenzó a tener sentido, pues cuando nos preguntó cuál era nuestra dieta, nos anticipaba cómo nuestro cuerpo absorbería las propiedades de la changa, en este caso DMT.

Y aunque el dicho “todo llega en el momento en que debe llegar” parece una frase común, ese día cobró todo el sentido; en mi caso no me preparé para esta ceremonia, o eso pensé, justo llevaba cerca de cuatro meses desde que cambié mi dieta, por lo que me encontraba bajo los efectos vegetales, libre de gluten, grasas trans y alcohol; en ese momento no pude tener esa reflexión, sin embargo me pareció interesante escuchar una analogía de vida a partir de nuestros hábitos alimenticios.
Entramos al bosque y la iluminación artificial se limitó a una lámpara de celular, tres caninos nos escoltaban, los árboles nos daban la bienvenida con su imponente negritud, la cabaña era pequeña y curiosa, nos recibió el hijo, un joven apuesto que nos esperaba con la mesa lista a la luz de una vela.

Bebimos café para conocernos, platicamos de todo y de nada a la vez, mi compañera de ritual estaba muy nerviosa, yo también lo estaba, pero no quería demostrarlo para darle confianza, nuestra gurú nos contó más sobre ella: por mucho tiempo se dedicó a viajar, vivió en Cancún, daba tours a gringos en zonas arqueológicas poco turísticas, habla inglés muy bien y cansada de la vida en la zona turística decidió buscar más, investigaba sobre el uso medicinal de las plantas, recuerdo muy bien cómo nos lo dijo: “las enfermedades naturales tienen cura natural y está en las plantas”. Nos contó que tuvo un patrocinio que durante muchos años le financió sus investigaciones con las plantas, ella piensa que fue a partir de una entrevista que le hicieron: “creo que alguien leyó esa entrevista, después me contactó y comenzó a mandarme dinero y yo mis reportes”. Por un momento pensé que éramos parte de esa investigación, pero intenté relajarme y seguía pensando en las enfermedades de origen natural y cómo las platas actúan sobre nosotros.

De la nada escuché: “¿quién quiere comenzar…?” y mi compañera de ritual, sin dudarlo, dijo: “tu primero… ”. Pensé que no tenía alternativa y, para terminar con los nervios, fui la primera al ruedo.

Nuestra gurú nos dijo que no estaría su hijo para hacernos sentir más cómodas, él tomo sus audífonos y salió, después acentuó: “yo estaré aquí todo el tiempo, ustedes pónganse cómodas; me senté en la orilla de la cama y me pasó una pipa pequeña, me dijo: “respira exhala y fuma”.

En mi primer fumada solté casi todo, quizá fueron los nervios que me traicionaron, pero me recosté en la cama y cerré los ojos, mi cuerpo se relajó bastante, no tuve ninguna sensación negativa, me sentí ligera y veía colores fluorescentes, verdes, violetas, amarillos, nada definido… la sensación duró unos 20 minutos, tras mi segunda fumada pude sentir que entraba a un sueño profundo, esta vez vi salir una flor del tronco de un árbol y después otra y otra, en una dinámica constante, pero después de la tercera fumada las cosas cambiaron. A partir de aquí fue subiendo la intensidad, si mantenía los ojos abiertos veía las cosas con un brillo exagerado, la nitidez de los colores se fue al mil por ciento y el tamaño de los objetos era mayor de lo normal, si cerraba los ojos se formaban fractales cada vez más profundos, podía entrar en uno y se formarían cien más, era una repetición infinita, bellísima.

Pude verme desprendida de mi cuerpo, tenía mis pensamientos claros y podía pensar desde dos perspectivas: si miraba las ventanas de la cabaña podía ver el cielo en un azul clarísimo y a detalle las hojas de los árboles, nos acompañó la música de ceremonia, la repetición de mis proyecciones me hizo ver el sonido, sí, verlo, leerlo a partir de colores; podía observar cómo atravesaban mis oídos; esto duraba unos quince minutos entre cada fumada, cuando terminamos no podía creer que habían pasado cinco horas, pues el tiempo realmente se vuelve relativo.

Después de salir de la Cabaña Roja no sabía que el aprendizaje apenas había comenzado, lo que pasó ahí, esa noche, no se digiere en ese momento, ni al otro día, ni una semana después; las ideas se desdoblan y toman forma hasta donde te permitas llegar en tu retrospectiva. Aún hoy me siento con esa sensación de descubrimiento y lucidez espontánea, permito que mis pensamientos me sorprendan en cosas que parecen evidentes, tengo reflexiones más profundos y claras que inconscientemente me llevan a respuestas que pudieron ser obvias pero no podía verlas con tanta claridad, descubrí mi cuerpo desde mi interior y ahora siento calma.

Este viaje me llevó a otro, uno que nunca pensé que entendería, uno que nunca termina. Sé que mis hermosas viajeras tomarán el suyo y pronto nos volveremos a ver.

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