A Pedro Tapia lo encontraron muerto la mañana del 3 de noviembre en el sendero que va al jagüey de Las Pintas. Lo golpearon y lo estrangularon, según delataban la sangre y las marcas en su rostro y su cuello. En la escena no se encontró mayor evidencia del agresor que una serie de huellas sobre el fango seco, dejadas, al parecer, por unos pies descalzos…

pies con lodo

Acuarela | Alejandro Galindo/LA RECOLETA

 

Dada su afición por apostar en los gallos, se le conocían varios enemigos en el pueblo, de modo que la lista de sospechosos fue extensa. La mayoría tenía como coartada el desfile de Día de Muertos de la noche anterior, donde numerosos testigos los ubicaron. Otros más ni siquiera se encontraban en la zona. Sin embargo, como la viuda y el hijo exigían justicia y el alcalde deseaba proyectar una imagen eficaz de su gobierno, la Policía detuvo a Tomás Sánchez, el carnicero, mientras las cosas se enfriaban o encontraban al responsable; si bien no tenían prueba alguna para acusarlo, fue la última persona en verlo con vida, pues los dos jugaron dominó en la cantina de don Matus la tarde anterior. Pero apenas lo retuvieron en la comandancia unas cuatro horas, ya que hacia el mediodía comenzaron a llegar reportes un tanto fantásticos de algo que había ocurrido en el Panteón Municipal.

El primer relato nadie lo tomó en serio, pero cuando varias personas se presentaron una tras otra a testificar lo mismo, se envió una patrulla a corroborar los hechos. La gente no mentía: junto a uno de los sepulcros al fondo del predio había un montón de tierra, como si hubiesen escarbado, y en el ataúd abierto yacía el cuerpo carcomido de Higinio Sauza, muerto hacía poco más de un año. A todos extrañó que el cadáver estuviera boca abajo y con las extremidades fuera del cajón, como si fuera un borracho que se desplomó allí antes de perder la consciencia, y bastaba echarle un vistazo para percatarse de las manchas de tierra y sangre en sus huesudos dedos y del fango que le ensuciaba los pies. Cuando los oficiales regresaron a reportar la situación a su comandante, desconcertados, éste no tuvo más remedio que soltar al señor Sánchez y mandó llamar a la familia del difunto Tapia.

 

La verdad no sé ni cómo decirles esto sin que me tomen por un loco…

 

La mujer se desmayó al escucharlo y el hijo, pálido como si hubiese enfermado de repente, se llevó las manos al rostro y negó con la cabeza. Cuando se repuso de la impresión, relató que Higinio Sauza no había muerto atropellado, como se hizo saber en su momento, sino que lo habían ejecutado su padre y un grupo de galleros por negarse a pagar una apuesta en la que le habían jugado chueco. Antes que le rompieran el cuello escupió sangre y juró que se vengaría de Pedro Tapia así tuviera que salirse de su tumba.

Todo apuntaba a que había cumplido su palabra.

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