Matar cigüeñas es mi método anticonceptivo favorito.

El primer mundo finalmente está alcanzando a Latinoamérica y a México en específico. La discusión sobre el aborto comienza a sonar con fuerza y lo hará aún más en los próximos meses, ahora que la legislación sobre el tema comienza a ser agenda política.

Argentina vivió jornadas intensas hace pocos meses y en México hemos tenido apenas atisbos de lo que puede ser. En un mundo así, y ante una situación de este calibre, la mejor arma es la información; mientras más información, mejor será la decisión que se tome, o por lo menos, la decisión será más informada, no será tomada basada en mitos, falsas creencias o cuestiones morales.

Esta carta es para ti, que estás pensando en abortar, para ti que lo has hecho, para ti que solo buscas información, para ti que estás en contra o para ti que estás a favor. Esta carta es para ti, para que dejes de pensar que una decisión sobre TU cuerpo está mal solo porque un montón de gente lo dice.

El aborto no es algo nuevo, siempre ha existido y siempre se ha realizado. Su prohibición, como lo fue la ley seca en los años 30, es simplemente barrer para meter el polvo bajo la alfombra. La discusión que lo rodea tampoco es nueva pero a veces el egocentrismo de una sociedad actual y que se siente moderno, nos hace olvidar mirar al pasado, buscar soluciones allá donde ya existió el problema.

Griegos y romanos son la base de la cultura occidental actual, ahí, en nuestras raíces ya vivieron la discusión del aborto. En esos tiempos se vivía una sexualidad tan abierta que nos sorprende aún hoy y su postura sobre el aborto es igual de sorprendente.

“Para distinguir los hijos que es preciso abandonar, de los que hay que educar, convendrá que la ley prohíba que se cuide en manera alguna a los que nazcan deformes; y en cuanto al número de hijos, si las costumbres resisten el abandono completo, y si algunos matrimonios se hacen fecundos traspasando los límites formalmente impuestos a la población, será preciso provocar el aborto antes de que el embrión haya recibido la sensibilidad y la vida. El carácter criminal o inocente de este hecho depende absolutamente solo de esta circunstancia relativa a la vida y a la sensibilidad.”

Aristóteles

No solo despenalizaban el aborto, también el infanticidio, la muerte de aquellos niños deformes o no aptos, en un pensamiento más cercano a Nietzsche que a Jesús, pero mantengamos la mira en el aborto. Aquella era una postura radical y clara que cambiaría con la llegada del cristianismo.

La nueva religión trajo consigo un nuevo sistema de creencias que impregnó de una nueva moral a todo el mundo occidental. Dicha moral mantiene importantes fuerzas a más de 2,000 años de su nacimiento. Como toda creencia, tiene mi completo respeto hasta que quiere meter sus manos en asuntos ajenos a lo espiritual, por ejemplo: el matrimonio homosexual y el aborto.

La moral religiosa estacionó la discusión del aborto por dos milenios, cosa que afortunadamente comienza a cambiar. Y es que la moral, como un proceso interno y personal, no debe interferir en decisiones que competen a algo ajeno a mi persona. No puedo ir por la calle o por la vida intentado que las personas se adapten a mi moral e intentarlo es una necedad en la que desafortunadamente muchas personas caen.

Si yo considero que es inmoral que una pareja se bese en público, no puedo esperar que las leyes se adapten y castiguen a los enamorados; esto parece obvio, sin embargo, la moral es flexible y se ha adaptado a tiempos modernos. Ahora ver muestras de afecto en público es algo más común… por lo menos hasta que hablamos de amor homosexual, ya que en ese caso la moral nuevamente ataca, declarando como “mal ejemplo” o “faltas a la moral” que una pareja del mismo sexo se demuestre su afecto en la calle, incluso que se tomen de la mano.

El problema con esta moral selectiva es que trae consigo una confusión para los menores y una contradicción que termina convirtiéndola en doble moral. Con padres vetando y alejando a sus hijos de marchas de orgullo gay pero objetizando a las mujeres en las telenovelas, películas o posters.

No es cuestión de que realmente se considere algo inmoral, es cuestión de no saber lidiar con algo nuevo y salir de aquello que es común y “normal”.

La cuestión del aborto sufre del mismo mal, ya que se aboga por el derecho a la vida, por aquellas mismas personas que claman pena de muerte para asesinos o violadores; se aboga por la vida de un niño (no nacido) pero se olvida a los millones hambrientos o que viven en pésimas condiciones, no solo sociales sino psicológicas, al ser criados por una familia que no los quiere y que germinan como bombas de tiempo en una sociedad que cada vez otorga menos margen de error.

Estoy convencido que la interferencia de ideas religiosas dentro de cualquier política está destinada a traer más males que bienes, porque es lo que la historia no se ha cansado de mostrarnos. Por lo que no me cabe duda que separar la moral religiosa de una discusión tan delicada como el aborto debe ser el primer paso en la búsqueda de la mejor decisión. Y es que, ¿con qué cara la Iglesia te dice que no puedes abortar, cuando fue dios mismo quien envió a su propio hijo a la tierra sabiendo que moriría? ¡¿Con qué cara?!

Una vez eliminado ese cabo, el camino comienza a verse de otra manera y para mí la más importante: penalizar el aborto es penalizar la decisión de una mujer sobre su cuerpo. Una vía libre al aborto solamente abre la opción de realizarlo de forma segura y legal, otorga la libertad de elección. Penalizarlo obliga a realizar un acto, restringe el derecho a decidir y destruye la libertad de acción de las mujeres. Como hombre no me gustaría que por ley tuviera que dejarme la barba. Y sé que la comparación es estúpida, como lo son muchos de los argumentos vertidos en discusiones de este tipo.

Como hombre blanco heterosexual, mi vida privilegiada me ha librado de muchas de las desgracias de la discriminación; sin embargo, es precisamente en esta sobre el aborto donde más me han rechazado por mi condición de tener pene. “No uterus, no opinion” me dicen, pensando que citar una frase de una comedia machista bastará para que me calle.

En primer lugar: tengo derecho a opinar sobre cualquier cosa que se me antoje y lo haré si me dan ganas.

Segundo: opinaré sobre el aborto activamente porque es algo que me compete, es algo que me afecta y que puede decidir mucho sobre mi futuro. Si mi pareja llegara a encontrarse en una situación de embarazo no deseado, quiero tener voz en la decisión de un aborto. Si bien, la decisión final debe ser de ella, mi voz debe ser escuchada y respetada como aquel que hizo la mitad del trabajo.

Me reafirmo en la idea de que la mujer es quien tiene la decisión final y la opinión más válida, pero el aborto no solo es cosa de las mujeres, reducirlo a eso equivaldría a reducir la concepción y la crianza a algo exclusivo de las mujeres, por lo que excluir al hombre de la discusión me parece un retroceso de parte de ciertos grupos.

Abortar o no abortar debe ser una decisión alejada de moral y de sentimentalismos, debe ser una opción en la mesa y no ser menospreciada y mencionada en secreto. La mujer, las parejas deben tener la certeza de que su decisión no será penalizada. El gobierno no debe tener injerencia en lo que yo quiera hacerle a mi cuerpo, el gobierno y la sociedad no pueden reprimir mi derecho a la libertad de elección y de acción.

Sobre El Autor

Abraham Peralta

Psicólogo con especialidad en Plantas vs. Zombies

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