Una vez escribí un tratado sobre la ceniza por el cual no recibí un solo aplauso. En él traje a luz una variedad de curiosidades, como el hecho de que la ceniza no posee resistencia digna de mención. Es posible, de hecho, decir algo valioso sobre esta substancia tan poco interesante cuando se la analiza a profundidad. Por ejemplo, si uno sopla a la ceniza ésta ni por un instante se rehúsa a desintegrarse. La ceniza es la personificación de la modestia, la insignificancia y la ineptitud. Lo mejor de todo es que está convencida de su propia inutilidad. ¿Se puede ser más miserable, débil e inestable que la ceniza? No con facilidad. ¿Existe algo más dócil y tolerante? Lo dudo. La ceniza no tiene carácter y está más lejos de la leña que la depresión de la exuberancia. En donde hay ceniza no hay nada. Si se le pone el pie encima, a duras penas se ha pisado algo. Sí, sí: así son las cosas, y no creo equivocarme al decir que sólo basta con abrir los ojos y mirar con detenimiento para descubrir cosas valiosas si se las estudia de cerca, con atención.

Tomemos, por ejemplo, a la aguja. Sabemos que es tan puntiaguda como útil y que no tolera que se la trate con brusquedad pues, cuan pequeña es, parece consciente de su valor. En lo que al pequeño lápiz respecta, aquello que lo hace tan admirable, según podemos constatar, es que mientras más se lo afila más cerca está el momento en que no quedará algo qué afilar; lo desechamos cuando se ha vuelto inútil por tanto trabajo inmisericorde, y a nadie se le ocurre, ni en el más remoto de los casos, dedicarle una palabra de reconocimiento o darle las gracias por sus muchos servicios. El hermano del lápiz es llamado lápiz azul y, como se ha dicho tantas veces, los dos desdichados instrumentos se profesan amor fraterno puesto que han trabado una amistad vitalicia, frágil e íntima. A grandes rasgos, podemos afirmar que esos son tres simpáticos, admirables y muy extraños objetos, mismos a los que, en la situación adecuada, podría dedicarse un estudio especial.

¿Y qué diría el lector a la pequeña cerilla o fósforo, tan querida como delicada? ¿A esa irregular y dulce personita que yace en la cajetilla junto a sus compañeras, paciente, propia y bien portada, cual si durmiera y soñara? Mientras la cerilla permanece en su estuche sin que la utilicen o desafíen, no posee gran valor. Está, por así decirlo, a la expectativa. Un buen día, sin embargo, uno la saca de allí y talla su pobre cabecita contra la áspera superficie hasta que se enciende. La cerilla entonces arde. Éste es el gran evento de su vida, aquél por el cual cumple su propósito —hace su buena acción— para después morir, incinerada.

¿Acaso no es desgarrador? La pequeña cerilla debe quemarse, miserable, y consumirse en la desdicha mientras lleva a cabo su dulce tarea. Despierta de la apatía, la inactividad y la inutilidad para mostrar su valía. Arde con el afán de servir y cumplir con su trabajo. Justo en el momento en que se complace en su destino, muere; al hallar su propio sentido, perece…

 

…Su gozo en la vida es también su muerte, y su despertar es a la vez su final. En el instante en que ama y se entrega, se desploma en su totalidad y expira

 

(1915)

 

Robert Walser
*Traducción de EJ Valdés

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