Cualquier pretexto es bueno para hacer ‘chichis pa’ la banda’

 

DESDE antes de convertirme en mamá (qué raro suena eso cuando lo escribo en primera persona), ya era una tacaña hecha y derecha: escribo a doble renglón en libreta de cuadro grande, no cargo con efectivo para no gastar, soy experta en la regla de tres para saber el costo de cada cosa que compro en el super y un largo etcétera que me hacen digno espécimen a retratar en ‘Tacaños extremos’.

En consecuencia, cuando nació Victoria, me restringí de hacer uno de los gastos descomunales de la maternidad: la fórmula láctea. Opté por basarme en prácticas que, para algunos conocidos, eran rudimentarias y reflejo de lo amarrada que soy: la lactancia materna.

A veces, sólo a veces, es cansado que las demás personas te recalquen una y otra vez los 700 millones de defectos que tienes. Por eso decidí instruirme en el tema y me di cuenta de que la lactancia materna y el ser ‘coda’ tuvo sus ventajas.

PODÍA IR POR LA CALLE HACIENDO ‘CHICHIS PA LA BANDA’. Por primera vez en la vida pasé de ser talla ‘corpiño de niña de primaria’ a talla ‘corpiño de niña de secundaria’. Si veía algún chico lindo, bastaba con darme los aires de madre abnegada para enseñar de más y de paso hacerle ojitos. (Por favor, omitamos los incómodos escurrimientos que le quitaban todo el feeling a mi intento de ligar).

MI TACAÑERÍA Y FLOJERA ABSOLUTA SONRIERON. No sólo mi bolsillo se benefició al ahorrarse una buena lana en las carísimas fórmulas lácteas; mi hueva habitual también sonrió cuando no tuve necesidad de pararme a mitad de la noche para preparar la mamila de la bendición. Es más, con el paso de los meses y la práctica, Victoria solita se despachaba la comida mientras la floja de su madre dormía plácidamente.

DE KAMA SUTRA A CHICHI SUTRA. La constante prueba y error de mi hija para aferrarse a mi pecho, hizo que adoptara las posturas más extrañas. Cuando yo hacía tarea, ella se agarraba del tubo de la silla para alcanzarme; cuando yo estaba parada y ella acostada, se ponía de cabeza; cuando mamaba en un pecho, sintonizaba ‘radiochichi’ en mi pezón libre. Victoria inventó posiciones que ni a Vatsiaiana se le hubieran ocurrido.

ADIÓS MITOS. Me movió tanto el tema que hasta obtuve un certificado por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) como asesora de lactancia materna. Cuando alguien venía con mitos de “ya te sale pura agua”, “se queda con hambre”, “no produces suficiente leche”, “mejor dale fórmula o tecito”, yo podía (y me complacía) patearles el trasero con buenos argumentos.

FUE EL MEJOR ALIMENTO. Y por muy anti-mamá que sea, de repente se me disparan las hormonas. La leche materna tiene todas las propiedades necesarias para que los hijos crezcan sanos. Mejor, cada gota de leche es producida exactamente para lo que cada hijo necesita. Victoria es todo un estuche de monerías, tan inteligente y traviesa, que yo se lo atribuyo completamente al elixir de amor que brotaba de mis pechos (y a su genética materna, obviamente).

Del 1 al 7 de agosto se celebra la Semana Mundial de la Lactancia Materna 2018. En varias ciudades se llevarán a cabo numerosos eventos con el objetivo de hacer conciencia sobre la importancia de esta práctica, incluso habrá una tetada masiva en la que las ‘chichis pa la banda’ serán protagonistas.

Así que desde esta trinchera literaria, las y los invito a sumarse. No es necesario ser madres para apoyar y respetar esta práctica (la de ser tacaño, enseñar las chichis y alimentar a los retoños), basta con no emitir comentarios pendejos que en vez de ayudar a las mamás y los hijos, únicamente muestran lo poco informados que estamos en temas tan básicos, naturales e importantes.

 

Amamantar ha sido de los actos de amor que más he disfrutado en mi maternidad, pues he descubierto que mi pecho no sólo es alimento, ahí mi pequeño encuentra la música que calma sus dolencias, las caricias que tranquilizan sus miedos y el líquido tibio que llena de amor y seguridad su corazón y, acá entre nos, el mío también

-Shaira B-

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