Christopher Robin creció a la par de la rentabilidad de Winnie-the-Pooh, y eventualmente perdió el gusto por los animales de felpa y los relatos para niños.

 

WINNIE-the-Pooh llegó a casa de la familia Milne en 1921, con motivo del primer cumpleaños de Christopher Robin, el primogénito del escritor Alan Alexander Milne. Se llamó Edward hasta que una visita al Zoológico de Londres cambió su destino y el de la familia entera. Entonces vivía allí una osa negra llamada Winnipeg, otrora mascota de la Infantería canadiense. “Winnie”, la referían con afecto; maravilló tanto al niño que en adelante siempre refirió así a su oso de felpa.

Inseparables compañeros de juegos, ambos inspiraron la colección de rimas infantiles When We Were Very Young, publicada en 1924. Poco después protagonizaron, al lado de otros muñecos como Piglet, Eeyore, Tigger, Kanga y Roo, los cuentos que dieron forma a los libros Winnie-the-Pooh y The House at Pooh Corner, a la venta aquél en 1926 y éste en 1928. Estos títulos pavimentaron su camino a la fama.

Ya convertido en ídolo de la niñez británica, Pooh fue pionero de la industria del copyright: en 1930, el empresario estadounidense Stephen Slesinger pagó una importante suma para que le permitieran explotar al personaje en Norteamérica. En adelante, Milne recibiría un porcentaje de los ingresos que Pooh generara, lo que ahora conocemos como regalías. Fue en este periodo que el oso adquirió su característica camiseta roja. Su nombre valía millones de dólares cuando, 30 años después, Walt Disney expresó interés en adquirirlo.

Las cosas, sin embargo, no fueron tan mágicas para los Milne: Christopher Robin creció a la par de la rentabilidad de Winnie-the-Pooh, y eventualmente perdió el gusto por los animales de felpa y los relatos para niños. Quiso ser soldado pero terminó convertido en librero. Se avergonzaba de su inescapable asociación con el Bosque de las Cien Acres y esto lo llevó a resentir, igual que Alice Liddell, al hombre que lo transformó en celebridad literaria.

Él no fue el único que intentó distanciarse, en vano, de Pooh: el propio Alan Alexander llegó a repudiar sus libros infantiles, cuya popularidad opacó el resto de su obra. Generaciones han crecido con Pooh y sus amigos sin saber que su creador fue un exitoso dramaturgo del temprano siglo XX o que contribuyó como pocos a la prestigiosa revista literaria Punch. Sobra culparlos: raros son los autores a quienes leemos completos.

Padre e hijo permanecieron distanciados hasta que aquél murió en 1956, solo y desencantado. Heredó a Christopher Robin las regalías de una franquicia millonaria, pero él nada quería que ver con Winnie-the-Pooh; las rechazó y se deshizo de los muñecos que inspiraron esos libros que tanto lo incomodaban. Su cabeza fría permitió que éstos llegaran a la Biblioteca Pública de Nueva York, en donde los exhiben como reliquias. De haber actuado más visceral que sensato, estarían perdidos entre la basura del siglo pasado.

Aunque se consideraba víctima de la pluma de su padre, Christopher Robin siempre fue crítico de la comercialización de sus personajes, en poder de Disney hasta el presente. Su versión de Winnie-the-Pooh, concebida para el cine y la televisión norteamericanos, puede presumirse más popular que la literaria y que muchos otros héroes de la ficción infantil. Incluso hoy, Christopher Robin lo acompaña en sus aventuras, si bien su contraparte de carne y hueso falleció en 1996.

La cinta de 2017 Goodbye Christopher Robin, dirigida por Simon Curtis, está inspirada en la vida del niño histórico, mientras que la reciente Christopher Robin, de Marc Forster, retoma a su versión de fantasía.

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