Desde siempre Susana fue una verdadera ídola para mi vida: Independiente, segura, decidida, apasionada, sensual, provocadora y provocativa, amaba al hombre de su vida pero deseaba el deseo con otro. Le gustaba escribir y cuando tiene oportunidad de hacerlo gracias a una beca así como a la garantía de hacerlo en soledad inspiradora, no duda dejar a su esposo Eligio y emprender su aventura.

Pero Eligio, un machín mexicano verdaderamente adorable, irresistible y con un corazón que late pura sororidad masculina, irá tras de ella, “hasta el culo del mundo”, porque la ama, porque se quieren, porque ella aceptará que también lo quiere.

Susana y Eligio son dos personajes creados por uno de los escritores mexicanos que más quiero y admiro, José Agustín. La novela se llama Ciudades Desiertas, publicada en 1982 y ahora llevada al cine con el nombre de Me estás matando Susana, dirigida por Roberto Sneider y protagonizada por Gael García.

Una historia de amor diferente, es transgresora y cursi pero a la vez fuerte, certera y honesta, rompe con los azotes de la infidelidad, nos permite espiar las discusiones eternas de una pareja que se ama pero debe aprender a ceder para amarse, aunque para lograrlo tengan que enfrentarse, lastimarse, discutir, blasfemar y gritarse sus verdades pero también sus mentiras.

 

“Mira, Eligio, ni creas que ahora vas a llegar a ordenarme lo que tengo que hacer y a exigir cosas. Entiende que tú ya te quedaste atrás y tienes que respetarme como soy; si me fui de México no fue para que vinieras a tronarme el látigo. Óyeme, yo solamente te estoy preguntando por qué me abandonaste sin decirme nada. Porque me dio la gana. ¡Ah, no! Ahora no te vas a poner como niña consentida. Yo no vine hasta el culo del mundo para que salgas con tedio la brama. Ponte seria Susana. Porque desde este momento te advierto que todo me importa madres y si es necesario armar un pinche pedísimo en este pinche rancho elotero, te juro que lo armo”.

 

Mordaz, con sentido del humor muy a la José Agustín, pero totalmente solidario con nosotras, el escritor mexicano crea una Susana que disfruta la vida, que está reconciliada con su cuerpo y goza el sexo en todo su esplendor. Una mujer que puede reconocer sus límites, aceptar una beca porque sabe que ha descuidado su calidad literaria, pero que al mismo tiempo no se engaña a sí misma, por eso decide irse sola a un pueblito perdido de Estados Unidos. Algunas veces descubrirá que hacer el amor con otro no es la misma cosa, pero no dejará de explorar su propia sexualidad, la diferencia entre fidelidad y lealtad, pero también su lado conservador y femenino, su apuesta por lo tradicional aunque se arriesga en romper perfiles de mujeres sumisas e idealistas.

Susana es la escritora, esa mujer que puede sentarse frente a la hoja en blanco e inspirarse y pasar día a día en busca de la palabra exacta, el discurso delator, la frase certera.

Susana es el cuerpo, las piernas que se cruzan para seducir en una noche bohemia, los muslos que anhelan tener entre ellos a un hombre cautivo, el sexo húmedo con sonrisa de luna perversa, la entrega apasionada, el deseo por el deseo, el amor por deseo, lo amorosamente posible.

Susana es la infiel, que algunas miradas masculinas no quieren perdonar. Es la loca y la puta de los cautiverios que propuso en teoría la antropóloga feminista Marcela Lagarde.

Susana es la mujer social y culturalmente estructurada en torno a su cuerpo erótico y la transgresión. Es la mala muy mala por momentos, aunque al final decida ser la buena muy buena aceptada por esta sociedad patriarcal. Huye por clásica locura femenina y regresa por absoluta lealtad patriarcal. Merece el olvido de Eligio, pero él no la dejará escapar. Merece el reclamo de los críticos machos que no comprenden cómo un personaje masculino puedo perdonar, preguntar, prometer, cambiar y amar a una mujer como Susana.

Erótica y madura, ingenua y perversa, Susana discute y grita, pero también llora y extraña, duda y decide, actúa y se equivoca, acierta e inventa, el deseo la inspira pero el amor la paraliza, difícil combinación de sensaciones y sentimientos, pero a la vez una carga emocional maravillosa que le permitirá vivir su propia aventura, disfrutar las bajas pasiones que la bendecirán y refugiarse en los buenos sentimientos que se convertirán en su maldición eterna.

Ella es espejo pero a la vez negación, te identificas con ella por simple solidaridad femenina pero a la vez la juzgas loca, imposible de comprender. Es todo lo contrario de lo que has sido pero representa todo lo que algunas de tus  perversiones te han propuesto. Santa y promiscua, la niegas por momentos. Confundida y reconciliada consigo misma, la envidias de verdad. Eligio la busca, la encuentra, la pierde, la busca, la vuelve a perder, pero finalmente ella regresará por su propia convicción a sus brazos otra vez. Comprender que su hombre es ese “naco atávico indio patarrajada macho tlaxcalteca y actor de a peso” finalmente no es lo que desea pero es a quien acepta.

 

“Pues yo supuse que me buscarías un tiempo y después te irías olvidando de mí. ¿Así de fácil? ¡Pues no! ¿Por qué te busco, Susana? ¡Carajo, porque te quiero! No, Eligio. Tú crees que me quieres. Estás acostumbrado a tener una criada que te haga todo porque nunca has dejado de ser un niño consentido. ¡Uta! Pues entonces me agencié a la criada más cara y huevona del mundo. Miles de veces fui yo el pendejo que lavó los trastes y barrió la alfombra y tendió la cama. Pero tampoco es algo tan vil. Cuando yo le hice fue con mucho gusto; te juro que hasta disfrutaba barrer la sala si antes ponía un disco de Santana para agarrar buen ritmo.”

Eligo, ese hombre que la ama. A veces patán, amante apasionado, sincero en sus expresiones, escandaloso en sus escándalos. Carismático y arrollador. La mirada crítica y dura sobre un país como Estados Unidos. Irónico y cínico, herido y enamorado, vengativo y leal, la seguirá hasta que ella termine por buscarlo. Ingenio, humor, energía, machismo liviano, sororidad masculina.

 

Dime la verdad Susana, esto lo pensaste muy bien. ¿Ya no me quieres? Dímelo derecho y ya estuvo. No, no te quiero, dijo Susana, enfática ¡Puras mentiras! ¡Cómo que no me quieres! ¡Claro que me quieres! ¡Por eso te fuiste! ¿Me fui porque te quiero? Bravo, maestro, que bien te explicas. No me maestrees Susana. Mira, vamos a decirlo así: me abandonaste, explicó Eligio lentamente, muy inseguro también, porque sabes que me quieres, y eso te obliga a ciertas cosas, pero ya estás hasta la madre de mí, por otra parte, ya estabas hasta la madre de todo y por eso te fuiste, pero a donde te vayas es lo mismo, porque la bronca no está en mí ni en nadie sino en ti.

 

Cuando la novela fue publicada, hace ya casi treinta años, Elena Poniatowska hizo la presentación de la misma y dijo:

 

“Éste es un libro que le hormiguea a uno en las manos, que se lee de una sentada y lo deja a uno enfebrecido, gozoso, dispuesto al amor. Si hay hombres como Eligio, la vida merece vivirse; si hay chavos así de generosos, ojalá y volviera yo a nacer en este país de machos con sus venganzas de corrido. (…) José Agustín –espléndido narrador- nos muestra una mezquina, higiénica e insípida ciudad de Estados Unidos. Ciudades Desiertas es la primera novel verdaderamente antimachista escrita en México, el primer intento de amar en forma rabiosa a una mujer. Esta novela inmisericorde y quemante como la nieve es un pedestal, un altar en el que José Agustín eleva a la mujer, le reconoce su libertad y espacio creador”.

 

Y evoco a Susana, cada parte de la novela que memoricé, su mirada irónica y su posibilidad de la pareja, sin haber ido todavía al cine –estoy a unas horas de ver la película- pero no quiero todavía imaginar a Gael como Eligio, ni a Verónica Echagui como mi amada Susana de Ciudades desiertas. Por el momento me quedo con la novela, la misma que sigo disfrutando, la misma que leí de joven viéndome ya en Susana, la misma que ahora busco en mi librero para volver a disfrutarla. Gracias José Agustín por hacerme creer que Susana está cerquita de mi vida.

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