La oscuridad no te deja ver siquiera lo que tienes enfrente, pero cada segundo te regala lucecitas verdes en todas direcciones, como pequeños focos de navidad que prenden y apagan, luciérnagas cargadas de luciferina para encontrar el amor o, cuando menos, trascender

 

HAY dos maneras de llegar hasta allá. La primera por el ya no tan nuevo Arco Norte con dirección a Puebla y la segunda por la libre, a través de los municipios de Hidalgo, por la carretera Pachuca-Ciudad Sahagún hacia Emiliano Zapata, donde ya se ven las montañas del rumbo que guardan lagunas detrás, aquí ya puedes admirar el Cerro de la Chichi.

Pero la meta está más adelante, al término de Emiliano Zapata y Apan, donde comienza Tlaxcala con su municipio Calpulalpan, estamos cerca, a un pueblo. Kilómetros arriba y  hora y media desde la Ciudad de los Vientos llegamos a Nanacamilpa, del náhuatl que se traduce a “campo sobre los hongos”.

Desde la avenida principal ya hay personas listas para abordar a los automovilistas, venderles impermeables y ofrecerse para guiarlos por los santuarios de las luciérnagas. Los mismos habitantes relatan que desde hace cuatro años, cuando un biólogo exploró la región, los ahora más de 40 santuarios reciben a miles de turistas cada temporada de lluvia.

El camino continuó hasta San Felipe Hidalgo, donde viven apenas unos mil 500. El camino principal lleva a su Parador, ahí puedes comprar tus boletos de entrada a la reserva, cuestan 180, incluye el recorrido de más de dos horas con guía certificada por los bosques de Vista Hermosa y al final una merienda de pan y café.

¡Llegamos!

Al fin, unos 15 minutos en auto desde el Parador de San Felipe, los bosques de Vista Hermosa nos reciben, aún de día, con clima frío y húmedo por el aguacero que cayó horas antes.

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A punto de anochecer, Marco Antonio García, nuestro guía, deja claras las normas, no se puede beber, no se puede fumar y lo más importante no se pueden usar linternas ni hacer ruido, podríamos espantar a los bichos luminosos.

Llegó la hora. Por un sendero angosto el grupo entra al bosque, caminamos en silencio aún con claridad en el cielo, unos 20 minutos después, cuando la noche comienza a gobernar, los animales diminutos y su luciferina se cuelan en la postal.

Cada paso te acerca al corazón del bosque, cada vez se ve menos, tus pies se vuelven el único guía confiable, tus manos te dicen a dónde ir.

En la cumbre, lo que Marco Antonio llama el enjambre, paramos 10 minutos, o quizá más, no hay celulares o aparatos que midan lo que pasaba, sólo ramas, gotas de agua de las copas… se escucha el murmullo de los animales, el suspiro del bosque.

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La oscuridad no te deja ver siquiera lo que tienes enfrente, pero cada segundo te regala lucecitas verdes en todas direcciones, como pequeños focos de navidad que prenden y apagan, luciérnagas cargadas de luciferina para encontrar el amor o, cuando menos, trascender.

Volvemos en silencio, no veremos al bosque igual, donde resplandece el Imperio de la Luciérnaga.

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