En la casualidad de las apariencias y las pretensiones, el disfraz devora al ingenuo portador

 

El payaso del mal traduce a Clown, el proyecto de horror de Jon Watts sobre el guion de Christopher D Ford; la producción se abrió paso hace dos años, cuando por las ventanas de la casa se filtraban los vientos de un pesado rumor, la hoy irrevocable regresión de Eso, el legendario diabólico de Stephen King.

Quién sabe cuáles fueron las motivaciones de Watts para treparse al barco de una batalla azarosa en el mundo del cine. Recrear payasos malignos cuando no se es pionero plantearía dos posibilidades polarizadas: la primera y más favorable, que la audiencia ya trastornada por la coulrofobia (miedo irracional a los payasos) sea trasladada sin escalas al manicomio; la segunda y más probable, que el personaje que pretenda el miedo termine inclinado en la vocación más común del maquillado, incitar a la risa.

Jon Watts tuvo recursos para entregarse a la primera posibilidad, un guion creativo. Christopher D Ford planteó una historia contemporánea anclada a una leyenda elegante y de impacto, un argumento poderoso que teorizó sobre el origen de los payasos: allá, en el pasado gélido, criaturas pálidas en exceso por la ausencia de Sol, con la nariz enrojecida por el frío salvaje. Atraían por su ingenuidad a los más chicos; su boca se tornaba del mismo tono de la sangre de sus víctimas.

De ahí, la distorsión del tiempo. El monstruo se mimetizó en ridículos disfraces y excéntricas faces. En el mundo contemporáneo reside en la pasividad de un traje viejo y de opacos pasteles, paciente al encuentro con el curioso o el ocioso necesitado de aparentar.

¿No basta un buen escrito para formar una película exitosa? Parece que no. El director de El payaso del mal optó por restarle fuerza al guion de D Ford e invertir sin dividendos en lo absurdo, en la fórmula vieja para “espantar” al público: caras feas, salpicones de sangre para engrandecer al escéptico, acciones de suspenso sin meta.

Por otro lado, la necedad de llevar al espectador paso a paso en la transformación por error de un hombre en demonio queda en tinieblas de manera literal por la mala edición de imagen. Escenas de lo oscuro sin el mínimo de luz requerido para que la audiencia tenga opciones de ver el motivo de su espanto.

Clown se reduce entonces a una negra silueta, parece que hay sangre, hay indicios de perversión, el sonido de su jadeo aduce a que algo muy malo está. Pero la iluminación no permite darse cuenta.

El factor de la muerte como consecuencia trágica de la línea narrativa anula la oportunidad de rescatar el proyecto. El deceso de un niño siempre será un impulso a la indignación, cuando se trata de un antecedente sobrenatural detona la pólvora de las mentes temerosas. Sin embargo, El payaso del mal se esfuerza por desechar la herramienta, resultado del desinterés nos muestra finales desagradables por la involuntaria comedia.

Clown, al ser la ruta de un horror en reversa, no constituye antecedente al nuevo Eso, del que no perdemos fe por muy arriesgada que sea su empresa. Al menos va la garantía de la firma KING. A la expectativa estamos.

Hacer Comentario