—Papá, me he dado cuenta de que todos los males del mundo son consecuencia del maldito sistema capitalista. ¡A partir de hoy me haré comunista!

EL PADRE, confundido, no pudo sino asentir a cuanto su muchacho dijo. Las tardes siguientes lo vio echado en su sillón, enfrascado en la lectura de títulos como El capital, ¿Qué hacer?, La cortina de hierro y El manifiesto comunista. Por las noches, antes de irse a dormir, escuchaba La internacional, y en su guardarropa comenzaron a proliferar las prendas adornadas con estrellas rojas y el martillo y la hoz.

Un buen día, cuando entró a la habitación del chico por un paquete de baterías para el control del televisor, descubrió que la pared junto a su cama se había convertido en una suerte de cuadro de honor de figuras revolucionarias. Allí estaban Lenin, Trotsky, Mao, el Che Guevara y Ricardo Flores Magón, entre otras luminarias socialistas. Supuso que aquello estaba bien y lo dejó ser: todos los adolescentes atravesaban etapas y su hijo no era la excepción. Ya se iba a ver el fútbol cuando de repente divisó entre los rostros blanquinegros del muro a uno que lo hizo fruncir el seño. De inmediato llamó al muchacho, quien asomó por la puerta de mala gana, las manos en los bolsillos, resignado al inminente regaño. Éste, sin embargo, no fue lo que esperaba.

—Mira, chamaco —dijo el padre con el índice clavado en el afiche del muro—, si tú quieres jugar al comunista yo no tengo inconveniente, pero te voy a pedir que retires de inmediato esta imagen y que, si vas a tapizar las paredes de esta casa con tus ídolos socialistas, te informes primero: ¡qué vergüenza que digan que mi hijo confundió a Chiang Kai-Shek, el líder del Kuomintang, con Chico Che!

 

A Osiris

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