IDEAS SUELTAS

I
Postales de Chava Flores, tan vigentes como hace 50 años .

 

Vengo de un pueblo valiente de gente que lucha en paz
-Lejos de la ciudad. Muerdo-

 

ADMIRO profundamente al ciudadano de a pie que sonríe sin motivo, que detiene su camino para ayudar a cruzar la calle a un invidente, que cede el asiento apenas ve que alguien lo necesita, que resiste el embate de las políticas públicas mal hechas y peor aplicadas por los gobiernos en turno; que lidia con parquímetros, baches, delincuentes, pobreza y precariedad, que aguanta y apenas come y, aún así, resiste.

Admiro a la prole que sirve de burla para la inexistente pero autoproclamada clase media, recuerdo perfectamente a las secretarias de gobierno que viven en los lugares más humildes de la ciudad y descienden de los barrios altos con las zapatillas de 10, 13 y hasta 15 centímetros en mano, al tiempo que sus sandalias les permiten atravesar los callejones, al calzarse los zancos, son otras: influyentes, mejores que el resto, son parte del sistema.

O los burócratas que vivien al borde, entre la miseria de sus comunidades y el espejismo de las oficinas de gobierno, tienen rangos medios u operativos y se saben pueblo, pero no se asumen como tal, porque la aspiración del partido en el gobierno se resume en los dichos populares: “yo sólo le pido a Dios que me ponga donde hay” y “pues que roben, pero que dejen robar”.

La contradicción se entraña en el proceder de la población, porque no importa demasiado el malestar social hasta que te toca de cerca… ahí sí todos levantamos la voz que se diluye en el silencio indiferente de los demás, ya no hace eco el dolor.

 

II
Reflexión mientras espero mi turno

 

Espero en la fila del cajero… Una señora sale corriendo de prisa, le han quitado la placa delantera a su camioneta; después contaría que no es la primera vez que le sucede, siempre la estaciona ahí y ésta es la cuarta ocasión que le toca, no dio mordida: “no voy a ser parte de la pinche corrupción del PRI”, dijo.

Entra y sale del cajero, suelta un: “gustosa pago mi multa, pero no les voy a dar a ganar un peso a esos hijos de la chingada”.

Hace calor, cuento de nuevo a quienes me anteceden en la fila, sólo faltan cinco. Atrás de mí, una vos espeta: “toda mi vida fui priista, toda la vida voté por el PRI, pero han robado lo que han querido, y uno sabe, bueno, roban un poco pero trabajan, se ven lo resultados; pero eso de robarse el dinero de los tratamientos de los niños con cáncer, eso es ya no tener madre, no son humanos”.

Todos en la fila asienten, no se atreven a mirarse entre sí, la vista la echan al horizonte, hay enojo en sus palabras y talantes, mucho hartazgo, asco, complicidad fúnebre, como si le dieran el pésame a una era y con ello a las personas que fueron entonces.

Una mujer perfectamente arreglada rompe el mutis: “hay que ser claros, todos los políticos son iguales, voy a votar por AMLO para darle en la madre al PRI, sus reformas estructurales son una porquería, la violencia en la que vivimos es insoportable, así que quizá AMLO no tenga una barita mágica para componer el país, pero que nos regrese un poco de tranquilidad, hay que darle un escarmiento al PRI”.

“Ya va usted”, me dicen, sólo eso me saca del transe creado por la atmósfera, esta atmósfera enrarecida de la que todos somos partícipes, es un largo murmullo apenas perceptible, es una certeza de haber tocado fondo, de haber permitido que la ruina del país se nos viniera encima, es la culpa de no haber hecho lo suficiente, por no haber exigido más, es el flagelo presente en el crimen organizado y el descaro con el que las injusticias urgen el pago de lo único que conservamos aún: la vida.

Desde el principio de la contienda electoral tengo claro por cuál candidato voy a votar, tengo claro lo que representa, tengo presente la lucha que millones de mexicanos llevamos a cabo todos los días para subsistir, he sido víctima de la descomposición social que nos atañe, de la falta de oportunidades, del empleo mal pagado, de la rabia, de la tristeza y la frustración, del engaño que nos abofetea el rostro con cada nueva noticia de corrupción, del títere presidencial y otra de sus burradas, o los gobernadores, uno más vil que el otro, uno más mentiroso que el otro.

La única forma de hacer valer nuestros derechos dentro de la democracia es la participación por medio del voto. Votar, defender el voto y exigir la rendición puntual de cuentas. Participar, exigir de nosotros el comportamiento que nos gustaría que los demás tuvieran, sentirnos y hacernos parte de la vida política de nuestro país, protestar, tener una postura ante los acontecimientos que nos rodean; debatir, poner sobre la mesa más que el futbol o el capítulo final de la serie de moda.

¡Involucrarse! Es la palabra clave, y denunciar cuando quieran comprar el voto, cuando quieran amedrentar y con mentiras pretendan posicionarse, cuando a todas luces presenten números inflados en sus encuestas, en las que siempre son ganadores, mientras que en los resultados del trabajo desempeñado, únicamente se cuenten los robos y el despilfarro a montones.

Hay que ser valientes, afrontar el miedo, pensar que las elecciones son una oportunidad y que si también fracasamos en ello, el impulso social nos hará cambiar, transformarnos de manera abrupta o transgresora, porque no hay otra vía si el fraude inunda todo a su paso.

No pueden pesar más las injurias de los de arriba, si los de abajo sabemos la verdad, porque nos codeamos con la injusticia y desesperación de la pobreza todos los días. Me niego a seguir sosteniendo a esa parvada de buitres, que defienden su estilo de vida como un derecho que al no ser compartido por todos se vuelve un privilegio vergonzoso, en un país de más de 50 millones de pobres.

 

III
La Utopía y El hombre nuevo

 

La Utopía, “no lugar”, que utilizara Tomas Moro para referirse a una sociedad ideal y, por ende, inexistente, es a lo que como ciudadanos debemos aspirar, no se llega a ella de un día para otro, tal vez, en realidad, nunca se llega a la Utopía de manera total, pero sí se logran grandes avances en busca de una sociedad más equitativa y otorgando justicia social; El hombre nuevo, que propone Ernesto Che Guevara, pone el bien común por encima de intereses personales, habla de construir un mejor entorno para todos, de colaborar en serio, de ver en el crecimiento del otro el progreso de uno mismo, construir un hombre y una mujer nuevos, una sociedad más justa (aunque les repatee la palabra, pero necesitamos justicia).

Ya nos pusieron la muestra Brasil, Chile, Cuba, Uruguay, Bolivia y Argentina: otra forma de gobierno es posible, es necesaria.

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