A mitad de calle mi corazón se rompió, se observaban patrullas, filtros de seguridad y a lo lejos conductores de feria desvividos en vítores por las ‘bondades’ de la plaza

PACHUCA, Hgo., 30 de marzo de 2016.- Ya pasaban 5 minutos después de las ocho, todo estaba listo para (después de más de un año) volver a ver el corazón de mi ciudad. Los eventos gubernamentales no dan falla y a las ocho en punto comenzó todo (claro ya se había retrasado una hora). Apenas caminé por la céntrica Cuauhtémoc y advertí el show.

Los fuegos artificiales se reflejaban en los edificios de no más de tres pisos que ya tiene nuestra ciudad. Conecté por Gómez Pérez hacia la avenida Juárez y desde ahí ya sonaban los cuetes que salían de al menos cuatro puntos de la ciudad. Por su puesto, los del asta bandera iluminaban más al recién festejado Benito.

En la plancha de su plaza (la Juárez) las personas detenían por un momento sus vidas achilangadas para disparar con las cámaras del celular. Pero la marcha debía continuar. Había que llegar al Reloj.

En la calle que nos dio el verbo guerreriar, los comerciantes dejaban por un momento sus puestos, salían y entre compañeros volteaban hacia el Reloj y plaza que aún se escondía entre las construcciones de la cada vez menos céntrica Pachuca (crece y crece hacia el sur).

A mitad de calle Guerrero mi corazón se rompió, se observaban patrullas, filtros de seguridad y a lo lejos conductores de feria desvividos para relatar las ‘bondades’ de la plaza. El evento estaba politizado y priitizado al más puro estilo del dinosaurio de los 80′ y tantos en el poder.

Al grito de “¡arriba las mujeres gritonas!” y “¡arriba Pachuca, cabrones!”, la poderosa Banda San Juan arrancó con ‘El sinoalence’.

-Me voy a ver el centro cultural…

Caminé por la plaza ya sin bancas y sin jardineras, sólo quedaban algunas pero predominaban aquellos espacios lizos llenos de papelitos verde, blanco y rojo ¿campaña?

Ya en el centro cultural bajé por las escaleras (sin rampas visibles para personas en silla de ruedas o con andaderas), el lugar olía a pintura fresca y lo primero que apareció fue la placa con los nombres de los tres poderes (ni pa qué mencionarlos).

El centro tenía cafetería, galería de arte y ludoteca, entre otros, aún los barrían y acomodaban de esto que parecía una inauguración apresurada.

En medio de lo que me recordó a un centro comercial pero en pequeño (muy pequeño) había una tarima chica, creo que a lo que las autoridades hacían referencia de ‘Foro artístico’, después de cinco u ocho minutos se acabó el lugar, subí las escaleras cuando alguien de chaleco llegó con algodones de azúcar para regalar a los niños.

Caminé más y encontré las carpas de la comida. ¡Café y chalupas para todos! Salí, el dinosaurio estaba ahí, además mi corazón no aguantaría otra ruptura con la participación del Grupo Latino.

Y volví a caminar por la gran explanada del Reloj pachuqueño, ahora sí era grande, le habían quitado muchas cosas, no estaban los árboles ni las enormes jardineras, ya sólo estaba la enorme plaza que hacía lucir a nuestro Reloj solo y frío…

-Sandra Franco-

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