Cuando el águila

A pesar de sus ojos, he salido a la calle,
a pesar de sus ojos, me ha tocado vivir.
-Javier Egea-

Cuando el águila se posó en mi brazo, no era que no estuviera listo, ahora veo que sí lo estaba, pero, francamente no la esperaba. Recuerdo que yo me afanaba en escribir historias de viejas guerras cuando en una inadvertida ráfaga sentí el peso de su determinación. La visita que no se anuncia suele saberme a osadía; sin embargo, aquel día de vísperas primaverales, apenas pude improvisar un truco para mantener la boca cerrada ante semejante porte, una auténtica victoria alada.

Cuando la visita del águila me tomó por asalto, me temo que por lo mismo, falté a mis principios de buen anfitrión: yo no tenía una presa para ofrecerle, apenas mi brazo extendido, que ese día no tuvo opción para ceder a su parada decisiva. –¿Qué hubiera hecho de saber que venía?–, me pregunto aún, a ya poco más de siete vueltas de tuerca desde que sus ojos, tan llenos de independencia y seguridad, terminaran por arrebatarme la concentración.

Cuando el águila derrotó mi rutina gris, tuve la sensación de que estaba respirando un aire fresco que hacía mucho no oxigenaba mis adentros. Su energía intrépida me hizo ver que la presunta estabilidad de la que me jacté, hasta entonces, no era más que una repetición mecánica del residuo en el que me convertí, desde que ya me vi convencido de que el búho no iba a volver.

Cuando el águila me mostró su iniciativa de alas extendidas, lo admito, no pude evitar el temblor clásico en todas mis extremidades, el temblor vergonzoso en mi voz, el temblor maravilloso que me hizo recordar que tenía la capacidad de emocionarme en la belleza de otra vida. Aunque en el mismo sentido, también confieso, hubo miedo, si no mucho miedo, al menos sí un significativo miedo; y no al ave, por supuesto, miedo al torbellino de colores que en el tiempo que dura un suspiro ya borraba mi apariencia monocromática a la que me aferré antes.

Cuando el águila se detuvo aquí en mi brazo, yo ya asimilaba que no era malo que ningún ave viniera a mí; me había repetido tanto que podía continuar mi camino cultivando el acompañamiento propio, el diálogo interno y los placeres unilaterales de la soberanía plena. Llegué a considerar, incluso, que prefería explotar las mieles de la soledad, como una vía igual de válida que tener los brazos colmados de aves cantoras, movido sólo por las caricias del viento, el guía de todos los tiempos.

Cuando el águila quiso guarecerse en mí, también quiso ser honesta sobre sus términos para quedarse o continuar su vuelo. Y dudé al aceptarlos, como dudo siempre al pedir mis deseos a las 11 constelaciones. Lo único de lo que puedo decirme seguro es que si bien no quiero que el águila se marche, tampoco es mi deseo corromper su libertad que mucho admiro, ni detener su increíble franqueza asertiva, ni su vigor para desafiar los cielos, deseoso de que algún día también desafíe su naturaleza solitaria y me permita surcar las alturas a su lado.

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