Se llama Sara Sefchovich es mujer y madre de familia, su feminismo latente es apasionado pero muy bien argumentado. Es investigadora, socióloga e historiadora. Maestra y revolucionaria, hereje y pecadora. Ama demasiado y siempre pregunta si somos mejores las mujeres. Por eso es de mis escritoras amadas, cómplice en cada historia que me cuenta, provocadora si analiza la condición femenina y conciliadora al buscar respuestas a tantas cosas absurdas que pasan en el mundo. Es inteligente, su crítica es sutil pero demoledora, absolutamente solidaria y generosamente mujer de palabras.

Sara Sefchovich se ganó mi confianza cuando me invitó a asomarme en un espejo donde nadie me dijo que era bonita pero sí que existían muchas voces que me obligaban a buscar mis propios ecos y a identificar mi propia voz. Y eso pasó cuando leí Mujeres ante el espejo, narradoras latinoamericanas del siglo XX, y descubrí que desde hace mucho tiempo las mujeres mexicanas escribimos para delatarnos, para comprendernos y para descubrirnos ante nosotras mismas. Le agradecí su necedad de encontrarnos y compartirnos. En ese libro, además de recuperar tantas voces literarias en femenino, ella afirmó que la literatura hecha por mujeres es “un modo particular de apropiación y transformación de la realidad, del lenguaje para expresarla y construirla del modo de estructuración de un texto”.

Tiempo después volví a encontrarla en una novela llamada Demasiado amor donde me hizo recorrer mi país y me convenció que su belleza es más intensa cuando lo haces acompañada del hombre que en ese momento amas y gracias a ese sentimiento puedes conocer los trece cielos y los cinco soles. Me convenció que pese a todo, el amor entre hermanas es eterno con todo y nuestras diferencias, distancias y sueños no cumplidos. Que una mujer es bella sin importar sus kilos, que puede tener sexo por simple buena voluntad más que por dinero. Que una mujer le puede heredar a su sobrina una historia escrita por su puño y letra para que sepa que existe el amor y que existen los sueños, para jurarle que se puede amar demasiado, con demasiado amor.

“La felicidad eran las noches de Navidad, los camiones que nos echaban sus luces enormes, las velas prendidas, los altares de tantas iglesias, las alubias que nos daban a cenar en el hotel. La felicidad eran las novelas que nos hablaban de este país, las películas que nos hablaban del pasado y las canciones que nos hablaban de amor. La felicidad era todo lo que sabías de los árboles, lo que contabas de los santos, las cosas que decías de Tabasco y Veracruz, oírte cantar por los caminos, mirar las plazas, comer en las fondas y comprar en las tiendas. La felicidad era una jícama con chile, limón y sal, unas fotos tomadas en cualquier esquina, las frutas dulces que probábamos, las tortillas untadas de cualquier cosa y sobre todo, tanto caminar. Nunca me acordé del tiempo que pasaba, no oí los ruidos de alrededor, nunca me fijé en las gentes que nos miraban. Jamás vi las cosas tristes, las cosas feas, las que sabían rancio y olían mal, las de mentiras o de imitación. La felicidad era así, sencilla, porque te amaba, deseaba, admiraba, soñaba, suplicaba, rogaba, agradecía. La felicidad estaba en mí porque estaba contigo y aquí, en mi país.”

Llegaron otros libros escritos entre la ficción y las confesiones, pero cuando hace investigaciones para compartirlas con estilo literario, el resultado es un libro que atrapa, conmueve por los personajes o indigna por las historias. La suerte de la consorte, resultado de su tesis de doctorado, explora de manera indiscreta, gozosa, irónica y profunda a las esposas de los hombres que han sido presidentes de México. Ellas con su discreción y su abnegación, ellas quienes disimulan las travesuras de sus maridos pero lloran sus decisiones fatales. Ellas que se enamoran de un hombre que puede romperle el corazón a todo un país completito. Oscilan entre el olvido y el no-me-acuerdo. Las maldiciones y el perdón. Esa primera dama que nadie eligió pero ahí está, durante todo un sexenio, en silencio total o en exhibicionismo fatal. En una entrevista, Sefchovich declaró: “No hay un papel oficial, no es una figura legal y no hay ninguna reglamentación o norma, corresponde a siglos de usos y costumbres… Y cuando digo siglos, me refiero hasta la época virreinal…”

Hace poco, me volvió a provocar cuando en el aparador de una librería vi el título de su libro donde preguntaba con naturalidad otra vez provocadora: ¿Son mejores las mujeres? Y hembristamente dije , feministamente dudé, naturalmente aposté por nosotras y solidariamente musité un quizá, pero ese libro sacudió como nunca mi feminismo abnegado, me hizo palpar lo que las mujeres hemos logrado pero también lo que no sabemos analizar y cuestionar para seguir avanzando, la forma en que el género a veces se vuelve indiferente con los estudios de las mujeres o la forma en que el patriarcado nos conoce cada vez mejor para usar nuestras propias ideologías. Pero cuando volví a plantear esa pregunta: ¿Son mejores las mujeres? Con toda seguridad dudé… mmm… upsss… esteeee… yo creo… Las respuestas son todas y ninguna garantiza ser la correcta. Pero Sara Sefchovich tiene la culpa con su estilo y sus argumentaciones, con su feminismo consciente y su inconsciencia feminista, por su culpa y por su grandísima culpa, esta pregunta que da título a su libro nos reta y nos provoca, nos invita y nos intimida, nos hace agarrar la piedra para dudar en lanzarla o esconderla, obliga a la reflexión y a la autocrítica, a la autoestima para cortarse las venas y al suicidio existencial para convencernos que toda afirmación es negativamente sana y que toda negación afirmativa es fatalmente necesaria. Pero tal vez, alguna vez la respuesta nos convenza, cuando se reconozca que no existe LA MUJER, sino LAS MUJERES y que no hay un NOSOTRAS sino un tú y ella, yo y la otra, pues bien dice ella:

“no es la biología sino las situaciones y las condiciones concretas lo que determina qué es y qué puede ser cada mujer y, por lo tanto, no podemos atribuir cualidades o defectos a la mitad de la población del planeta. Es la negativa a cualquier esencialismo y universalismo y, en su lugar, una mirada sobre las condiciones específicas de cultura, clase, raza, historia y geografía”.

El año pasado, 2015, tuve el honor de conocerla, así bien cerquita, tomarnos fotos, charlar brevemente y ganarme un abrazo muy sincero después de presentar su libro ¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México, un libro provocadoramente provocador. En 20 capítulos, escritos de manera noble, ágil y fresca y a la vez argumentada, profunda y provocadora, Sara Sefchovich nos lleva de la mano para primero pintarnos este panorama que todos y todas vivimos de esa violencia que nos indigna, que nos duele, que lloramos porque cada vez se acerca más a nuestra intimidad y que nos llena de pavor porque descubrimos que ya es algo que nos puede pasar a nosotros. Con severidad nos señala y confirma: “Tenemos la costumbre de decir que el otro no cumple, el otro es el corrupto, el otro miente, el otro tira basura, el otro no respeta la ley, el otro desperdicia el agua. Nunca vemos nuestra parte en este modo social de funcionar”. Upsss… La sacudida incómoda, el señalamiento lo esquivamos, esta vez le huimos al reflector, quién en este momento tira la primera piedra, nos pregunta la autora.

Pero no crean que en el libro venga nuestro nombre aunque sí viene nuestro compromiso posible y nuestras alianzas utópicas, la verdadera fuerza de la gente buena, esta alma gris pero fatalmente humana. Por eso, exactamente a la mitad del libro se nos ofrece “otro modo de ver las cosas”.

No todo es fatal, ella apuesta a ese tejido social en México que tiene su fundamento en la familia, donde al centro de esa familia, como recitó Manuel Acuña, está mi madre como un dios. Ella apuesta a favor de la fuerza materna, por el buen matriarcado, por esas mujeres leales a los hijos que además de amorosas igual son osadas, regañonas, solidarias, latentes en nuestra vida, latentes en la vida de nuestros hijos que amamos porque fueron deseados. Y Sara nos recuerda a las Madres de Mayo, en Argentina, buscan a sus hijos y hacen plantones. Rosario Ibarra en México, que nunca ha dejado de ayudar a madres de hijos desparecidos como el suyo. Las madres de Ciudad Juárez, quienes también han manifestado su dolor…

Sin duda, con una postura feminista se describe no a la madre estereotipada sino a una madre ser humano normal, con sentimientos y frustraciones. Y curiosamente el siguiente capítulo se titula Pero, ¿cómo? Por supuesto que la respuesta está en la lectura de este libro, que entre cada página que avanzas te logra persuadir, convencer, creer apostar e integrarse a esta propuesta hereje donde la maternidad se convierte en una fuerza social para conjugar con gozo yo me atrevo porque nosotras nos atrevemos, y nos persignamos pecadoras ante esta propuesta hereje y apagamos hogueras de violencia al creer en esta propuesta hereje. La lectura tiene un sensible y generoso poder de persuadir.

Es así como sigo leal a sus escritos y propuestas, por eso, gracias Sara Sefchovich por ser una provocadora en mi vida.

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