Hace unos días, por las redes sociales, un testimonio se fue bordando para compartir, para indignar, para tocar el alma, para advertir:

Ayer encontraron a una mujer violada y asesinada en un descampado de La Matanza. Estaba adentro de una caja de cartón, desnuda, con los pies atados y un cordón en el cuello con el que fue asfixiada. Hoy, encontraron a otra mujer, de 16 años, asesinada en Mar del Plata. Le dieron cocaína para que no se pudiera resistir. Falleció producto de las constantes violaciones y de un excesivo dolor que le provocó un paro cardíaco, después de que le introdujeran elementos por vía anal. Les pido perdón por los detalles pero es que a la hora de descalificar a las mujeres organizadas no se escatiman las palabras.
Dicen que somos violentas por nuestros métodos de intervención, me pregunto en qué tipo de categorización entrarán los métodos de intervención con los que nos violan, nos descuartizan y nos asesinan. Parece que comparten nuestros reclamos pero no nuestra forma de visibilizarlos, porque graffitear una pared siempre es más ultrajante que meter a una mujer en una bolsa de algún consorcio. Desnudarse en una movilización como manifestación simbólica contra estereotipos y opresiones estandarizadas, no es digno, tenemos para eso lugares reservados en televisión y en campañas publicitarias… para que nuestros cuerpos se expongan a cambio de ganancias. Y tenemos nuestras casas, nuestras cocinas y nuestros maridos, en caso de que queramos experimentar algún tipo de libertad.
Somos criminales por demandar nuestro derecho a tener opciones y decidir, es mucho más humano ignorar el feminicidio de estado y las mujeres desangradas en consultorios clandestinos. Están indignados por los reclamos en la vía pública y están cansados, dicen, de las exigencias ante una desigualdad que se les presenta como ficticia. Imagínense si nosotras no estamos cansadas de salir a la calle y no saber si vamos a terminar violadas en una caja de cartón. Violencia no es graffitear una pared, ni romper un vidrio, violencia es tener miedo por ser mujer. Les pedimos disculpas por las molestias ocasionadas, es que nos están asesinando, y se nos hace urgente gritar!!!

 

Y esta reflexión que circuló por todos los medios digitales parece unirse a lo que hoy queremos compartir con ustedes. Otra de las formas de advertir, sacudir, tocar el alma, denunciar, explicar. Algunas mujeres no salimos a grafitear paredes, lo hacemos en los libros, en nuestros cubículos, en una conferencia, en un congreso, en la presentación de un libro. Elegimos un tema y nuestro objetivo va más allá del puntito para nuestro expediente, más allá de subir un nivel, más allá de un artículo dictaminado. Nos reunimos en eventos académicos para explicar, para analizar esa realidad latente que nos interesa pero que también nos asusta, nos indigna, nos amenaza. Desde la academia hay quienes hacemos visibles a las mujeres, leemos textos feministas, usamos lentes con perspectiva de género, provocamos al debatir y polemizar la condición femenina, demos argumentos y contrargumentos para denunciar la opresión, criticamos y autocriticamos, escribimos con una insistencia en armar y desarmar supuestos y presupuestos para evitar las petrificaciones provocadas por una sociedad patriarcal que oprime a las mujeres, las minimiza o, lo peor, las mata.

Sí, en este siglo XXI la violencia hacia las mujeres se ha hecho más visible, más cruel y dolorosa, desde la academia lo sabemos y pese al luto de nuestro corazón, abrimos espacios para escribir sobre el tema, para construir nuestras preguntas de investigación que van desde ¿Por qué han muerto tantas mujeres en situaciones de violencia extrema? hasta ¿Por qué crear el término de feminicidio? Nos aferramos a la categoría género porque tenemos la certeza que permite explicar de manera sensible y bien argumentada que la sociedad patriarcal parece ser el contexto que provoca este tipo de tragedias. Construimos marcos teóricos que nos permitan concretar que el término feminicidio se define como el asesinato misógino de mujeres por hombres y es una forma de continua violencia sexual, donde hay que tomar en cuenta los los motivos, el desequilibrio de poder entre los sexos en las esferas económica, política y social. Se da en proporción directa con los cambios estructurales que se presentan en la sociedad y en relación directa con el grado de tolerancia que manifieste la colectividad en torno a los mismos y a su nivel de violencia. Todos los factores y todas las políticas que terminan con la vida de las mujeres son tolerados por el Estado y otras instituciones. El término feminicidio, no trata sólo de la descripción de crímenes que cometen homicidas contra niñas y mujeres, sino representa la construcción social de estos crímenes de odio, culminación de la violencia de género contra las mujeres, así como de la impunidad que los configura. Analizado así, el feminicidio es un crimen de Estado, ya que éste no es capaz de garantizar la vida y la seguridad de las mujeres en general, quienes vivimos diversas formas y grados de violencia cotidiana a lo largo de la vida.

¿Y saben? todas estas certezas de una academia seria y formal en torno al tema de las mujeres, la violencia y el feminicidio logran hacer salir a la luz un libro como el que hoy presentamos, coordinado por Ma. Aidé Hernández García y Fabiola Coutiño Osorio, titulado CULTURA DE LA VIOLENCIA Y FEMINICIDIO EN MÉXICO.

Cada uno de los 15 textos, que fueron dictaminados con seriedad y profesionalismo, están unidos por una misma causa: denunciar la violencia hacia las mujeres. Sí, denunciarla a la manera que la academia nos permite: con puntos de partida teórico, análisis rigurosos, explicaciones argumentadas y testimonios profundos. Cada uno de los 15 textos nos aproxima a una sociedad patriarcal que agrede a su población femenina, las mata por ser mujeres. Siempre que hago referencia a estos temas, no dejo de repetir el poema que escribiera una madre cuya hija fue asesinada en Ciudad Juárez:

Mi hija secuestrada, torturada, mordida, golpeada, pateada, quemada, manos esposadas, violada, estrangulada.

Sin piel, Sin corazón, Sin alma

Por corazón-roca. Por alma-hueca. Por mano diabólica

Mi hija

Botada, como cosa desechable, tratada como desecho

Mi hija desdeñada

Difamada, desgraciada, calumniada en su virtud

Vilmente, Falsamente, Cobardemente

Aquellos en el poder

Sin corazón

Sin oídos para oír

Son ojos para ver

Sin alma para buscar justicia

Para mi hija

El libro está dividido en dos partes. La violencia, es el tema que se estudia en la primera sección. La misma que combaten diversas asociaciones civiles. La misma que surge entre vicisitudes de los programas comunitarios. La que late entre bailes de princesas cautivas y presas. Que se reconoce como un problema cultural. La que nos asusta más que un conflicto armado.

El feminicidio, es el tema que se aborda en la segunda parte, los estudios trazan la geografía de nuestro país limitando de manera constante con la muerte violenta de las mujeres, del norte al sur, del este al oeste. Se devela la insuficiencia de un marco legal. Se advierte la protección internacional que puede recibir la mujer. Se dibuja un marco jurídico que intenta ser solidario para evitar esa violencia. Se logra persuadir que un número y una resolución pueden ser una alternativa ante el feminicidio. Descubrimos que esas muertes están llegando a más estados de la república, ahí está Hidalgo, Puebla, Tlaxcala, aquí, Guanajuato.

Cada uno de los 15 textos está firmado por estudiosas y estudiosos del tema, comprometidos con la denuncia, inspirados por la necedad de erradicar la violencia, preocupados por el crecimiento de los feminicidios. Deben leerlos, recorrer cada dato, comprender las categorías que dan seriedad a sus contextos, sensibilizarse gracias a ellas y ellos sobre el tema.

Debo recordar que estos textos, que fueron dictaminados, se presentaron en un gran evento organizado por la Universidad de Guanajuato, y aunque reconozco y aplaudo el trabajo de quienes lo organizaron, no puedo dejar de destacar la presencia, la necedad y la convicción de las dos mujeres que coordinaron este libro: Ma. Aidé Hernández García y Fabiola Coutiño Osorio. Gracias compañeras por su sensibilidad, por la forma tan seria y profesional que nos invitaron a abordar el tema. Por interesarse en publicar un libro que aborda esta problemática que duele, preocupa, lastima, indigna. Una problemática que gracias a este libro se plantea como un problema social, como una preocupación nacional, como una necesidad de cambia, de transformación, del surgimiento de una sociedad que quiera a sus mujeres, que no las mate más. Es difícil escribir sobre la violencia. Es desgastante analizar los feminicidios. El feminismo bien nos advierte, ya no puedes ser yo, te conviertes en nosotras. Te guía la convicción de que lo personal es político. Tu estudio debe partir de una filosofía y una ética, de una teoría y una práctica política, y de un conjunto de principios y conductas para la vida cotidiana. No buscas una verdad única, estás en constante búsqueda, la exigencia es repensarlo todo, lo público, lo privado, lo individual y lo colectivo. Y este libro invita a ello, a no buscar una verdad, a cuestionar todas. A palpar en cada cifra un nombre y una vida violentamente perdida. A ver en cada mujer a la mujer que amamos, para que la podamos defender.

Gracias Ma. Aidé Hernández García y Fabiola Coutiño Osorio por coordinar este libro. Gracias a cada autor y a cada autora por escribir sobre la violencia de género y el feminicidio.

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