El arte contemporáneo como herramienta social

El arte está ubicado en la frontera del vivir; es un cúmulo de emociones reconocidas que dan fuerza a la creación de otras sensaciones, permitiendo así, tanto para el artista como para otros, las experiencias estéticas más simples y más complejas. El arte no está separado de la vida, el arte es vida.

El artista contemporáneo que ha ido distanciándose del mercadeo, tratando de solucionar problemáticas sociales o darle voz a situaciones existenciales, emocionales colectivas, se ha refugiado en la palabra arte para intentar ejercer un trabajo que permita al resto como a él mismo, la oportunidad de crear mejorías en nuestros modos de vivir y nuestros modos de pensar, está remitiéndonos constantemente al rincón del sentir, y por supuesto el de preservar la vida. Estas artes denominadas performance, instalación y arte acción parece que en distintas ocasiones no contienen algo más allá de la cotidianidad o actos simples (violentos o no violentos) que se vuelven simbólicos. Para entender mejor de lo que hablo pondré algunos ejemplos del trabajo de Ligya Clark: “…concibió una serie de propuestas involucrando a grupos de personas en experiencias de un cuerpo colectivo. Estas propuestas la llevaron al abandono del arte y a enfocarse en el potencial terapéutico de su trabajo.”

Baba antropofágica, 1973

Baba antropofágica, 1973

…Trabajo con el que borró la distinción entre el artista y el espectador al llamar a la participación activa en vez de la observación, Desde los 70 en adelante, Clark dejó de referirse a sí misma como artista y se concentró en el uso psicoterapéutico de sus objetos”

Vista de la instalación La casa es el Cuerpo (1968), parte de la exposición Lygia Clark The Abandonment of Art, 1948-1988, MoMA, 2014

Vista de la instalación La casa es el Cuerpo (1968), parte de la exposición Lygia Clark The Abandonment of Art, 1948-1988, MoMA, 2014

… La casa es el Cuerpo: penetración, ovulación, germinación y expulsión, […] los espectadores son invitados uno a uno a seguir los pasos de una experiencia que representa el nacimiento de un ser, primero ‘penetrando’ en un cuarto oscuro con superficies suaves, después dando paso a la ‘ovulación’ en un espacio lleno de formas esféricas (balones, globos, etcétera), luego la ‘germinación’, un espacio abierto y transparente con la forma de una lágrima, y finalmente la ‘expulsión’, donde uno atraviesa unos hilos delgados como pelos para verse a uno mismo en un espejo deforme”

Lygia Clark, Diálogo de las manos, 1966, en uso, probablemente por Clark y Hélio Oiticica. El objeto está hecho de elástico.

Lygia Clark, Diálogo de las manos, 1966. En uso, probablemente por Clark y Hélio Oiticica. El objeto está hecho de elástico.

Estas artes mencionadas anteriormente nos llevan al cuestionamiento como espectadores sobre si aquello que vemos es arte, pero la pregunta no es si eso es arte, sino “¿qué está pasando en el mundo para que esto sea denominado arte?”*, pues nos han traspasado las limitantes del lenguaje; considero que debemos regresar a la apreciación de lo simple para reaprender y entonces, aprender a mirar como ya no se mira.

Según Suely Rolnik en su texto ¿El arte cura?, en el que analiza el trabajo de Lygia Clark (artista brasileña), somos resultado del capitalismo, se nos ha enseñado a sustituir lo que sentimos por deseos, acumulaciones de objetos, pertenencias, cánones estéticos y nominalismos, al final y retomando el párrafo anterior,  eso es lo que tenemos, puros nominalismos.

Pero, ¿qué sucede si intervenimos en el mundo y permitimos que este influya en nosotros de manera consciente?, el devenir entre ambos genera como menciona Rolnik una oportunidad de reunirse con la subjetividad y encontrar allí “una práctica de experimentación que participa de la transformación  del mundo […], el mundo como campo de trabajo”. Entonces el arte se convierte en un proceso, en una acción que permite resultados vivenciales, experiencias empíricas que nos llevan a la trascendencia como personas, pues debemos salir de lo establecido propiamente, renunciar a las creencias del sistema neoliberal, retornar a aquello que no se puede nombrar porque ni siquiera el lenguaje nos alcanza para hacerlo, pues al valorar lo que Duchamp nombraba como ‘infrafino’, es decir, lo que escapa a nuestras definiciones científicas, y a la potencialidad del mismo, las aperturas del ser-individuo traspasan las fronteras de lo conocido y ya asimilado como realidad.

Luego entonces, perder el sentido es recobrar los sentidos, es permitirnos recobrar aquello que subyace por debajo de nosotros y que ha permanecido de alguna forma oculto ante los demás, no por que no exista, sino porque lo que se nos ofrece hoy es olvidarlo, anularlo y entonces rompemos los vínculos que nos hacen humanos para redimir nuestra angustia y reducir nuestros pesares distrayéndonos con necesidades aprendidas, pero he allí donde más perdidos nos hallamos, porque la subjetividad nos acompaña siempre y negarla sólo es hacernos más insostenible la vida.

La realización de la obra implica la movilización de la subjetividad del receptor, de su potencia para vibrar ante las intensidades del mundo y descifrar los signos formados por sus sensaciones” (Rolnik, pág. 8)

Después de todo, si no vemos la aportación del arte contemporáneo en nuestra vida es porque no hemos aprendido a observar, porque no hemos encontrado admiración en lo simple, porque nuestra capacidad de asombro está sedada, ocupada, hemos asumido que cualquier cosa que busque asombrarnos debe traspasar los límites de la simpleza, sin reconocer que lo más simple es lo más complejo, hemos creado un monstruo de seudointeligencia donde lo sencillo ha perdido su valor, pues somos sujetos levitando en un mar de lenguajes que nos hemos apropiado sin dudar de ellos.

Ahora bien, la cura , dice Suely: “tiene que ver con la afirmación de la vida como fuerza creadora, con su potencia de expansión, lo que depende de un modo estético de aprehensión del mundo”. Construimos el mundo a imagen y semejanza de lo que somos, y es por ende, que podemos transformarlo con nuestras construcciones discursivas al hacer pero también al espectar. El arte contemporáneo es una herramienta fortificante para dudar de lo que hemos creado y así, modificar nuestra vida en la Tierra, la posible cura estaría en perderle el miedo a querer sentir, al que al detenernos permitamos afectarnos y entonces, apreciemos o despreciemos pero sintamos algo.

Por ello me pregunto, y lo menciono como una duda que me surge en el momento de objetar sobre el arte actual y la vida diaria, ¿el arte cura o es la vida la cura misma? Dicen que sentir el mundo es algo muy arriesgado. El creador, – y cabe aclarar que todos somos creadores- al igual que el espectador, están desarrollando un mundo de subjetividades, pero es cuando se vive lúcidamente lo que se hace o lo que se ve, cuando hay un sentido de pertenencia a lo que se siente. Permitirnos sentir, va más allá de la palabra arte, pues ser conscientes de dejarnos ir trasciende las fronteras de nuestra persona, nos permite asimilarnos en tiempo y espacio, en un encuentro con esa subjetividad que te da la experiencia estética, y, para ello no es necesario recurrir al arte. Sin embargo el arte contemporáneo se ha tornado a través del cuerpo del artista, el espacio y los objetos cotidianos, como un facilitador para la reivindicación de las cosas sencillas, incluso para mostrar la ausencia de las mismas, por ende considero que la verdadera cura radica en la experimentación del mundo a través del arte o de lo que nos favorezca. Un artista se va curando a sí mismo con las experiencias que vive dentro y fuera de la obra, con sus procesos de construcción, destrucción y reconstrucción. El resto de nosotros devenimos de igual manera pero no lo nombramos arte, le llamamos vida. ¿Qué importa el título? Ambos estamos padeciendo del verbo vivir en gerundio, todos estamos viviendo, sólo hay algo que creo permite el título de artista dentro del arte contemporáneo, y es el que sea consciente de su proceso vivencial a partir del arte y con ello se reconstruya individualmente.  

¿Que si todo esto tiene que ver con la sociedad? ¡Claro que tiene que ver! Es en la convivencia y el compartir cuando el arte del cuerpo trasciende la individualidad para convenir con el otro, o cuando el objeto se descontextualiza para renombrarse que pertenece al mundo de la reconstrucción social, o en una acción cotidiana llevada al arte la que permite  en un movimiento de oscilación la práctica estética entre individuos,  pues el arte enseña a pensar, volviéndonos críticos, analíticos y reflexivos, en la actualidad es lo más cercano a curarnos como individuos y sociedad.

*Entre las frases de un profesor en clase que citó a Susana Pérez Tort, maestra en artes visuales por la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano.

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