HORTENSIA MORENO ESPARZA

 

Me volví feminista de una manera bastante silvestre. Antes de suponer siquiera que existieran libros como El segundo sexo, mi contacto con el trabajo doméstico ya me hacía sospechar de una injusticia y de una violencia que se ejercían sobre mí por el sólo hecho de ser mujer.

 

ASÍ escribió en revista FEM, hace ya algunas décadas, Hortensia Moreno Esparza, mi maestra, amiga y cómplice de vida. Estudió periodismo y comunicación colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde también realizó la maestría en comunicación. Hizo su doctorado en la Universidad Autónoma Metropolitana. Periodista, escritora, editora, maestra, investigadora y feminista. Seis perfiles que forman su vida, seis formas de vivir con pasión, seis modos de compartir sus ideas y sensaciones.

Como periodista ha escrito en diversas publicaciones pero principalmente ha escrito en Debate Feminista, espacio de reflexión profunda sobre la condición de las mujeres. En esta revista académica de más de 300 páginas, ella ha reseñado libros, ha descrito la vida de las mujeres en las universidades y hasta ha compartido situaciones personales.

Como escritora tiene cuentos y novelas siempre dignas de releerse, siempre con historias inolvidables, con personajes memorables y con detalles cercanos a la vida femenina, al ser mujer, a las relaciones entre mujeres. Así, en su primera novela Las líneas de la mano (1985) ella presenta una serie de conversaciones en las que podemos descubrir la constante búsqueda de ser mujer.

Unos años antes de esta obra ya había dado a conocer Madrugada con música (1980). Tiempo después, de manera conjunta con otros escritores sacaran a la luz pública un libro para iluminar, que se llamó Érase una ciudad (1986). La mujer ideal, obra de teatro, se estrenó el 14 de julio de 1989 en El Hijo del Cuervo, centro cultural y bar inspirador ubicado en Coyoacán. En 1996 publicó otros dos textos: Adolescentes e Ideas fijas. Tres años después, Julia y el León.

En este siglo XXI nos deleitó y no solamente porque su personaje principal se llama Elvira, me puso espejos en su novela para descubrirme, esa novela se llama En vez de maldecirte, que inicia de una manera muy peculiar, pues están las otras, nosotras y ellas:

 

Estábamos locas, solas. Éramos las fracasadas. Las que no teníamos marido ni empleo ni futuro. Éramos las reprobadas, las inmorales, las miedosas. Las que no nos sabíamos quedar calladas. Las estúpidas. Las madres desnaturalizadas. Llamaradas de petate. Las rebeldes, descocadas, descarriadas; las degeneradas. Éramos las desmemoriadas. Las feas, las gordas, las chaparras. Las odiosas a las que no nos duraban los novios, ni lo esposos, ni los amantes… Las que nos quedamos vestidas y alborotadas.

 

Su trabajo como editora se ha desarrollado en la UNAM, en el Instituto de Ciencias Sociales, donde por cierto la conocí porque fue sinodal de mi tesis de licenciatura. Le recuerdo en un escritorio lleno de texto que revisaba, corregía y muchas veces transformaba para que se publicaran con todos los honores. Como profesora es admirada por sus estudiantes a quien involucra en este grato mundo periodístico y editorial y hasta feminista. Su mirada hacia las mujeres es crítica y optimista, en vez de maldecir, como se titula su primera novela, el feminismo nos reconcilia con la vida, sobre todo si nos describimos a nosotras mismas y a las otras mujeres como lo hizo Hortensia Moreno en su ya citada novela:

 

Éramos las aplicadas. Las exitosas, las valientes, las discretas. Las que no nos queríamos quedar calladas. Las más astutas. Las apreciadas, las perfumadas, las madrugadoras. Éramos las avisadas, las bonitas, delgadas. Las perseguidas, las adoradas, las orgullosas. Éramos las inteligentes. Fantásticas. Increíbles. Las que sabíamos conquistar a los hombres… Frías y calculadoras. Los traíamos muertos. Finas y distinguidas, educadísimas, instruidas. Virtuosas. Éramos las sabrosas, las deseadas. Éramos un sueño. Las privilegiadas: distintas, únicas y agraciadas.

 

Y hoy comparto con ustedes lo que Hortensia Moreno ha hecho porque quiero celebrar que hace justo 4 años aceptó colaborar en mi libro titulado Las que aman el futbol y otras que no tanto, la calidad de su texto hizo que abriéramos con él la primera página de esta obra. Su primer párrafo es atractivo, sincero y provocador:

 

Debo confesar que a mí no me gusta el futbol. En repetidas ocasiones he llegado a decir que lo aborrezco, aunque eso quizá no sea sino una exageración. Lo cierto es que me mata de aburrimiento. Me parece un juego largo, monótono y demasiado simple. No obstante, reconozco que se trata de un espectáculo popular y nunca deja de sorprenderme la forma en que la vida se interrumpe en la Ciudad de México cuando hay un partido importante. La calle se pacifica, se deshabita. La gente se concentra. En la unidad donde vivo, el entusiasmo se oye de ventana a ventana. Se respira expectación. Cada gol se celebra o se lamenta con gritos que provienen de las entrañas. No hay experiencia igual: tan colectiva y a la vez tan íntima.

 

Su ensayo se titula “Futbol para Eugenia” y con una sencillez sabia, va explicando por qué a las mujeres nos resulta complicado amar no solamente el futbol, sino cualquier deporte.

Muchas mujeres con frecuencia respondemos al movimiento de una pelota que viene hacia nosotras como si viniera contra nosotras, y nuestro impulso corporal inmediato es quitarnos, agacharnos o protegernos, porque, en apariencia, el miedo a salir lastimadas es mayor en las mujeres que en los varones. Eso, desde luego, significa una enorme desventaja cuando una quiere jugar futbol. Pero esa desventaja, según la autora, no es una característica “natural” de las anatomías de las mujeres, sino el resultado de la falta de práctica en el uso del cuerpo y en el cumplimiento de tareas, porque a la mayoría de las niñas y las mujeres no se nos estimula tanto como a los varones para desarrollar habilidades corporales específicas. Porque los juegos de las niñas son más sedentarios y encerrados que los juegos de los niños.

Analítica y puntual en sus argumentos, Hortensia Moreno reconoce que es muy difícil para las mujeres practicar un deporte, las pueden calificar de marimachas, las pueden señalar como raras, les aseguran que no tienen la fuerza pero sobre todo que no tendrán el apoyo de esta sociedad patriarcal que no las cree ni fuertes, ni rápidas.

Uno de los factores que impiden a las mujeres participar por igual en el campo deportivo —y el futbol es la muestra más cruda de esto en nuestro país, pero es solamente un ejemplo— es la cultura que asigna la división de espacios, la que ubica a las mujeres en el ámbito de la vida doméstica, con sus restricciones y obligaciones. La cultura que otorga de manera diferencial el derecho al ocio, el derecho al juego. La cultura que ordena sobre las mujeres la imposición de hacer ese trabajo que no se mira como trabajo, ese trabajo que no tiene fin, ni reconocimiento, ni prestigio, ni consideración: el trabajo interminable de cuidar, limpiar, atender, recoger, guardar, preparar y asegurar que la vida sea vivible y cómoda para los demás.

Sin embargo, su mirada y perspectiva es esperanzadora, ella desea que en un futuro no muy lejano una niña, que puede llamarse Eugenia, juegue futbol sin ningún prejuicio, juegue con otras niñas, juegue con niños de su edad, que la equidad de género será posible y no van a separarnos por fuertes ni por débiles… Y sí, “ahí estaría Eugenia, con las rodillas sucias, el cabello revuelto, las mejillas encendidas, con su camiseta de los Pumas, frente a la portería, a punto de anotar un gol.”

Así queremos ser, así seremos, así podremos ser. Gracias Hortensia Moreno por dibujarnos siempre ese panorama feminista. Gracias por tu literatura. Gracias por tu feminismo. Gracias por estar aquí con alma feminista latente. Gracias porque justo hace cuatro años creíste en Las que aman el futbol y otras que no tanto y nos dejaste meter un gol en un tema nuevo abordado por las feministas con seriedad, con rigor pero también con fiesta y provocación.

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