Se va el mes de la patria, pasaron los días de desfiles y brindis con tequila por este México que luchó por su independencia. Pero siempre pasa que durante la noche del 15 de septiembre alguien evoque, recuerde, critique o comente que muchas veces lo que celebramos es el cumpleaños de una los personajes más controvertidos de la historia de México. En efecto, Porfirio Díaz nació un 15 de septiembre y durante los más de treinta años que gobernó este país, se rumora, festejaba esta coincidencia de celebrarse y celebrar nuestra Independencia.

Porfirio Díaz, hasta la fecha, aún genera interés, estudios serios y profundos. Desde análisis que lo catalogan como villano hasta explicaciones que muestran su influencia en ese México que se modernizaba al empezar el siglo XX. Entre los estudios más recientes está el publicado este año por Raúl Arroyo, el libro se titula: Del porfiriato en Hidalgo.

Magistrado e historiador, fue director del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, estuvo al frente de la Comisión de Derechos Humanos de Hidalgo, compañero solidario que se ha interesado en recuperar la historia de las mujeres hidalguenses, excelente conferencista pero sobre todo un amigo muy querido, Raúl Arroyo recupera desde su perspectiva a Porfirio Díaz y lo ubica en el escenario de un Estado que tenía poco tiempo de haber nacido cuando este hombre llegó al poder.

El libro inicia con un texto muy revelador, una cita de Federico Reyes Heroles, que dijo:

“Si Porfirio Díaz se hubiera retirado a tiempo, sería uno de los grandes héroes nacionales. Habría calles y avenidas con su nombre. Pero su intención de perpetuarse fue más poderosa que la búsqueda de la gloria mayor”.

 

En efecto, hay muchos aspectos que se pueden cuestionar y rechazar de su gobierno, de su dictadura, de su abuso de poder pero también cuestiones que se deben de reconocer como su apoyo para modernizar a país, las líneas de ferrocarril para comunicar mejor a los estados, la prensa especializada que floreció en siglo XIX, la llegada del cine, incluso hasta su represión a la prensa porque provocó un periodismo crítico, valiente y analítico, el mismo que hizo surgir periodistas como los Flores Magón, Filomeno Mata, Juana Gutiérrez de Mendoza y Elisa Acuña Rosete, esta última nacida en Hidalgo.

El primer apartado, El Centenario, el autor nos ubica en el momento de la muerte de Díaz, ya refugiado en Francia, donde murió y en donde permanece enterrado, sin la posibilidad de regresar a su país. Oaxaqueño brillante, solamente su estado informó de su muerte y le rindió homenaje. Arroyo señala con acierto que debido al centenario de su nacimiento, Don Porfirio resurgió en los escenarios intelectuales mexicanos, desde libros y conferencias, artículos periodísticos y académicos, lo evocaron, volvieron a revisar su figura, sus aportes, sus errores y sus aciertos. Hubo protestas y descalificaciones, reflexiones serias e intento por contextualizarlo en su tiempo y en su personalidad, sin justificaciones darle el valor que merece en la historia, en el México de hoy, porque es responsable y creador de lo que somos hoy como país. Las obras sobre el porfiriato continúan en aparición y nos presentan a todos los profirios que existieron, que imaginamos, que señalamos, a quien culpamos, a veces perdonamos, pero siempre bajo análisis.

Antes de concluir ese primer apartado el autor nos hace una advertencia interesante, provocadora y acertada:

“En Hidalgo el Porfiriato tiene un marcado peso histórico todavía por investigar: lo confirma en el prólogo generosamente escrito para este trabajo el Dr. Pablo Serrano. La intención, en el marco del centenario luctuoso del General Porfirio Díaz, es describir la ruta política que siguió en nuestro estado para mantener su hegemonía a través de dos personajes principales: Rafael Cravioto y Pedro L. Rodríguez”.

 

Es así como en el segundo apartado, De Revolución a revolución”, de manera amplia, detallada y bien sustentada Raúl Arroyo describe de manera detallada los escenarios de Hidalgo durante el porfiriato. Sin duda esta historia debe iniciar con el Plan de Tuxtepec, que proclamó el mismo Díaz en 1876 para destituir al presidente Lerdo de Tejada. En dicho plan, como indica al pie de página, su artículo cuarto indicaba que todos los gobernadores de los Estados que se adhirieran a la proclama serían reconocidos. En Hidalgo, Justino Fernández tendrá que dejar el poder y entregarlo a Rafael Cravioto, quien durante 20 años decidirá el destino de la región hidalguense.

Es muy significativo que el autor de este libro cite documentos originales que nos permiten conocer las declaraciones y mensajes de los personajes representativos de este momento histórico en Hidalgo, entre ellos destaca el primer discurso de Cravioto en noviembre de 1876:

“Desde el principio de la guerra que hemos hecho contra los tiranos, y que felizmente concluye, fui honrado por el caudillo de la insurrección con el cargo de Comandante Militar del estado, cuyo puesto vengo a desempeñar ahora sin las agitaciones consiguientes a la vida de los campamentos. Mis antecedentes políticos y militares, señalan propiamente cuál será mi conducta en el gobierno provisional que se encarga, y fiel a mis creencias liberales y consecuente con los principios proclamados en el Plan de Tuxtepec, antes como ahora, mi programa administrativo es cumplir y hacer cumplir las leyes de la Unión y del estado; restablecer el principio de moralidad de la pública administración; dar garantías a los ciudadanos y sus propiedades; asegurar el orden en la sociedad; castigar severamente a los malvados que incurrieron en delitos del orden común y acosaron a los pueblos, y procurar la concordia entre los hijos del Estado, cuyos intereses son los míos; será una nuestra tendencia y unos nuestros sentimientos, que son el bien común de nuestros compatriotas, el progreso moral y material de Hidalgo y la paz establecida del orden y la libertad”.

 

Bien advierte Arroyo, este nombramiento no será causal, Díaz necesita a hombres de toda su confianza en cada uno de los estados e Hidalgo no va a ser la excepción. Considera que Cravioto es un hombre fuerte para Don Porfirio que lo apoyará para que tenga un evidente peso político. Los dos van a coincidir en su interés de mantenerse en sus puestos de poder, los dos serán aliados y cómplices, que en un inicio recibirán alabanzas y poco después la crítica y el rechazo. Para el presidente de México resultaba muy importante tener un incondicional para mantener su hegemonía, señala con acierto el autor. De esta manera estaba latente que en Hidalgo “no habría riesgos militares ni políticos; en consecuencia, presentaría mejores posibilidades para los negocios”.

En las descripciones que ilustran cada página, Raúl Arroyo confirma su hipótesis: “el estado de Hidalgo fue espacio donde se reprodujeron las características más significativas del Porfiriato: las élites económica y política lo sostuvieron y la gran masa lo padeció.

Con datos tomados de otros estudios y fuentes de primera mano, la lectura nos permite advertir la forma en que la relación Porfirio Díaz – Rafael Cravioto pasará de la complicidad a la separación, uno desconoce al otro, y al otro no le queda más que dejar la gubernatura de Hidalgo. Destaca la manera en que advertimos esa extraña relación de dos hombres poderosos, tan parecidos en muchos aspectos pero que entre sus ambiciones optan por separarse y no de la mejor manera.

En la página treinta cinco se encuentra un primer aviso del final que tendría esa relación presidente-gobernador. Hay una excelente cita recuperada del Periódico Oficial del 8 de mayo de 1897.

“…Difícil muy difícil nos hubiera sido poder seguir el desbordamiento de afectos de que fue ayer objeto el Sr. General Díaz, y más todavía, dar a conocer las gratísimas impresiones que su presencia y su palabra ha dejado en todas las clases sociales. Los timoratos han reconfortado, lo que no han perdido ni por un momento la confianza en que Pachuca recobrará con creces lo que ha perdido en 1896, todos afirman que la presencia del Sr. General Díaz entre nosotros va a ser el principio de una era de felicidad, de una era de esfuerzos y de lucha, que coronará al fin la victoria mediante el trabajo, la conciliación y la buena voluntad de aquellos, a quienes la fortuna ha puesto en sus manos, trabajar como el mismo Sr. General Díaz dijo al Sr. Lara, en beneficio del pueblo pachuqueño, sufrido, valiente y liberal.

El viva que el Sr. General Díaz lanzó a pachuca, ese viva que tanto significa, resuena aún en todos los oídos, y creemos que habrá hablado altísimo a todos aquellos, que de un modo o de otro, pueden contribuir de una manera eficaz a la dicha de este pueblo.

Cerca de las 4 ½ de la tarde púsose en marcha el tren que nos trajo al ilustre y querido viajero y a cuantos le acompañaban. La partida dejó tristeza en los semblantes y confianza en los corazones.

El estado de Hidalgo jamás olvidará el 7 de Marzo de 1897”.

 

El libro permite atisbar una época representativa del Estado ante una figura tan impactante como la de don Porfirio pero a la vez de otro personaje significativo como lo fue el gobernador Cravioto. En el texto se hilvana con bastante sutileza pero con mucha precisión las relaciones de poder entre dos hombres muy poderosos. La forma en que se pueden utilizar pero también como pueden descalificarse, desconocerse y separarse. Tan parecidos y tan extraños, tan lejanos en geografías y tan cercanos en actitudes. Cravioto renuncia y morirá sin sospechar el destino que ya se trazaba en este país. Raúl Arroyo enumera con mucha precisión, y sustentado en fuentes reconocidas, los aspectos que provocaron el alejamiento presidencial hacia Cravioto, entre los cuales destaca la mala relación que el gobernador tenía con los empresarios, las acusaciones de corrupción, las posibilidades de apoyar un levantamiento armado y una fábrica de monedas falsas. Sin embargo, como bien se señala en este puntual ensayo del porfiriato en Hidalgo, el cambio fue para que todo siguiera igual, aunque quizá peor. Se recupera la crónica publicado por John Kenneth en su libro México Bárbaro, donde se da testimonio del abuso y hasta esclavismo que existía en Pachuca. Triste y conmovedor, preocupante e indignate.

Pero todo eso se cubría o se minimizaba, llamará más la atención que en las celebraciones de los 100 años de la Independencia de México, don Porfirio vaya a Pachuca a inaugurar el majestuoso reloj que se ha convertido en el símbolo de la capital hidalguense. Pero el autor advierte que poco duró ese ambiente festivo y en honor al dictador. En mayo de 1911, primero Tulancingo y al otro día Pachuca, se unirán a las fuerzas maderistas. El gobernador de esa época ante tal situación preferirá huir. Se dice que cuando Díaz se entera, declara: “Si Cravioto hubiera estado ahí eso no hubiera pasado.”

Raúl Arroyo a la vez de estas anécdotas históricas, evalúa el ámbito legislativo, desde las leyes promulgadas en el estado hasta los contratos celebrados con las empresas, que beneficiaban a unos pocos. Así, precisa:

“Lo anterior reflejó que la política porfiriana de “orden y progreso” fue instaurada en el estado de Hidalgo con singular énfasis ya que el crecimiento económico dependía del logro de una modernidad que se dio muy bien en la entidad, enlazando, por supuesto, a los poderes económicos con los políticos.

En Rafael Cravioto y Pedro L. Rodríguez confío Porfirio Díaz la realización de su proyecto modernizador en Hidalgo; fueron ellos los responsables principales de alinear esta región del país a los propósitos políticos y económicos del líder nacional, en dos etapas distintas y conforme a sus personalidades: la de la pacificación y el control, la primera; la del desarrollo económico, la segunda.”

Del porfiriato en Hidalgo, libro publicado por Raúl Arroyo es una obra imprescindible para comprender la historia de nuestro estado, su desarrollo y retroceso, su pobreza y sus retos. Un texto que debemos leer.

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