No es sólo una película del cine de oro mexicano…

También es la colección de registros gráficos (fotomontajes, carteles, programas de mano, fotografías y autógrafos) que Carlos Monsiváis coleccionó por más de 40 años, como un devoto amante del cine nacional; esta muestra se exhibe en el Museo Casa Grande de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), en el Real del Monte.

Mi visita a esta exposición me hizo sentir nostálgica de mi propio “rancho” y pensar en este proceso migratorio que muchos hemos vivido cuando nos desplazamos de nuestros pueblos a las famosas “capitales”, ciudades que a primera vista impresionan, te ponen los ojos vidriosos de felicidad pero también de nostalgia, pues te das cuenta de que estás lejos de tu sitio, de esas calles de terracería que dominas, de esos caminos conocidos donde a cada paso que das saludas a alguien o das los buenos días o las buenas tardes; todos se conocen y, si no, te preguntan: “¿hijo de quién eres?”, ya que tu familia está bien ubicada por cualquier razón en el pueblo.

Cuando crecí, miraba con normalidad la familiaridad con la que transcurría la vida en mi pueblo. Fue hasta que estudié la universidad cuando tuve que salir; fue la primera vez que escuché que era “foránea”, me di cuenta de que no pertenecía a algo o por lo menos no en ese momento.

Entre pláticas, burlas y bromas con cariño encuentras comentarios de todo tipo: “¿De qué pirámide bajaste?” “¡Te bajaron del cerro a tamborazos!” y si te ríes o te da pena, “te muerdes la trenza” o “te tapas con el rebozo”, pero en el fondo te sientes orgulloso de saber que sí, vienes de un pueblo, un pueblo bello y lleno de abundancia, que quizá, como alguno de los que vemos en las famosas películas del cine mexicano, esconde historias conmovedoras, crueles, injustas, amorosas o desafortunadas.

Veo las imágenes que coleccionó Monsiváis, esas fotos de la época de oro en las que los machines del campo, como el Indio Fernández, andaban con sombrero y camisa de manta, trabajando bajo el Sol. Luego María Félix, toda alhajada y perfecta, frente a un piano de alguna casona de Las Lomas. Puedo ver ese choque cultural tan fuerte, como entre imanes que se llaman pero a la vez se repelan.

Estas películas mexicanas que exaltan la alegría de vivir en el rancho, como si fuera un musical y, después, corte A: la capital, sus autos y sus grandes edificios; me cautivan. Si la historia es de amor o desamor, te llevaban serenata, si estabas triste, seguro había una guitarra y amigos para cantar rancheras, beber tequila y seguir la parranda; parece algo normal para el Indio Fernández, Pedro Infante o Jorge Negrete sufrir por amor e irte a trabajar después. Si había fiesta en el pueblo, no se diga, las calles se vestían de alegría con sus adornos de papel, y las mujeres más bellas estaban ahí, con guaraches y trenzas, inmensamente bellas, en el drama y el terror de ser la mujer abnegada de pueblo, o la citadina empoderada, protagonista en las fiestas de rumberas, que nunca se acaban, o de los conciertos de las grandes orquestas que tocaban la canción del momento.

Todos estos personajes parecen ser de dos dimensiones completamente diferentes, nos enseñaron cuáles fueron los roles de los hombres y de las mujeres según su estatus social; educaron a muchas generaciones llevando a la pantalla grande un espejo de la cultura mexicana en formas de vida opuestas: el mariachi, el tequila y el mole contrastan con el vestido de piedras brillosas, estola y guantes en una gala de copas con champagne y escaleras centrales en la escena de la confrontación.

Todas estas imágenes me hicieron cerrar los ojos y sentir el despojo que te hace vivir en un pueblo, donde lo de más está de más, pues parece que todo se puede arreglar cantando. Y lo pesado y triste que pueden ser las joyas y los guantes en una fiesta de ciudad.

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