El Caballito volvía a su trote

En 1821 fue salvada de ser destruida por Lucas Alamán, quien convenció al presidente Guadalupe Victoria de conservarla en virtud de sus cualidades estéticas

 

LA EMBLEMÁTICA escultura de la Ciudad de México, con más de dos siglos de haber sido creada y esculpida por el español Manuel Vicente Agustín Tolsá y Sarrión, mejor conocido como Manuel Tolsá, por fin fue develada este miércoles tras la intervención del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

La ciudad con alegría celebró la noticia, no era para menos, esta escultura ecuestre de Carlos IV, que muestra al rey de España imponente y majestuoso, símbolo de la conquista y dominación sobre los indígenas, un hombre muy contrario a lo que Tolsá pudo expresar ya que delegó todo el poder a su esposa María Luisa de Parma y al amante de ésta, Manuel Godoy, es emblema de la historia capitalina.

Alguna vez, el científico y viajero Alejandro de Humboldt, testigo de honor de la inauguración de esta obra en 1803, la describió así:

La estatua en bronce es de una gran pureza de estilo y de la más bella ejecución: fue dibujada, modelada, fundida y colocada por el mismo artista, don Manuel Tolsá, nativo de Valencia, en España, y director de la clase de escultura en la Academia de Bellas Artes en México (…). Esta hermosa obra fue resultado de la primera fundición; pesa 2 mil 300 kilogramos y su altura excede en 20 centímetros a la de la estatua ecuestre de Luis XIV, que estaba en la plaza Vendôme, en París. Se tuvo el buen gusto de no dorar el caballo y de sólo recubrirlo de un barniz aceitunado, casi bruno. Como los edificios que rodean la pieza son en general poco elevados, se ve la estatua proyectada contra el cielo, circunstancia que sobre la espalda de las cordilleras, donde la atmósfera es un azul muy oscuro, produce el más original de los efectos.

Al día de hoy, ese barniz y color que Humboldt describió en su libro titulado Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, catastróficamente se perdió, cuando por “error” o  simplemente por un mal trabajo, la empresa Marina Restauración de los Monumentos usó ácido nítrico para limpiarla y quitarle la grasa, polvo y suciedad acumulada en el majestuoso Carlos IV, así hoy la escultura ecuestre brilla, brilla de un tono más oscuro, y no es para menos, seguramente los restauradores extranjeros hicieron de todo para poner de nueva cuenta en galope el rey.

Así la segunda estatua más grande del mundo, que en 1821 fue salvada de ser destruida por Lucas Alamán, quien convenció a Guadalupe Victoria de conservarla en virtud de sus cualidades estéticas y que en esta vez fue nuevamente rescatada y develada al público en la emblemática Plaza Tolsá en la calle de Tacuba en la Ciudad de México y que seguramente para el fallecido historiador  y coleccionista de arte, Guillermo Tovar y de Teresa hubiera sido un hecho de gran importancia, pues su intervención fue vital para que en 2013 los malogrados trabajos de restauración fueran detenidos y así evitar más daño al Caballito.

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