Mamá Albina me dijo que las estrellas son el reflejo de las almas, las del pasado distante, el presente efímero y las del futuro próximo. Yo amaba ver las estrellas hasta la noche en que todas se apagaron.

 

MI ABUELA, quien antes de que naciera se había bebido a la Luna y ahora habitaba en sus ojos, me llevaba todas las noches a la ventana de su cuarto y me preguntaba: ¿cuántas almas nacieron hoy? ¿Cuántas se extinguieron al final? Y en las noches de las perseidas, cuando las estrellas caen del cielo, me decía: “Ya viste a tu abuelo, a tu tía Lupita…”, pero yo sólo veía lo mismo, un oscuro cielo y un sinfin de astros que tintineaban hasta quedarme dormida.

Con el paso de los años y su ayuda entendí a identificar qué estrellas desaparecen inesperadamente, cuáles al nacer explotaban en fulgor, cuáles se apagaban con el tiempo, cuáles nacerían en cientos de años; esas se ocultan en los ojos del Cosmos; también descubrí sus risas y sentí su dolor al verlas devoradas.

“Las estrellas son reflejo de nosotros, sufren, ríen, aman, lloran y mueren, todos somos sus testigos, pero pocos saben verlas, oírlas… aprende de ellas para cambiar aquello que deba ser cambiado”. Esto fue lo último que mi abuela me dijo entre sueños, una noche antes de ver su estrella apagarse, no comprendí sus palabras.

Quien devora estrellas carece de alma, quien devora estrellas se condena al vacío del silencio, quien devora estrellas extingue su vida, quién devora una estrella… ¿quién las devora?

Las escuché llorar de horror, gritar de miedo cuando las arrancaron del cielo con sus garras y devoraron su carne hasta el hueso con aquellos dientes podridos, las que quedaron pendían del cielo, opacas, mudas, de vez en vez su brillo volvía para hacer un llamado, cada noche las escuché, las escuchamos y nos callamos hasta que el terror las apagó.

La noche que decidí volver mi mirada al cielo nocturno, encontré nada, ni estrellas pasadas, ni presentes, ni siquiera las futuras pude percibir con claridad en la profundidad del Universo; era un cielo sin estrellas, sin rastro de que alguna vez hubieran existido.

Me paralicé.

Había fallado.

Había olvidado sus palabras.

Me había convertido en una devoradora de estrellas sin siquiera notarlo.

Miré al suelo para notar por primera vez el camino transitado cuando dejé de escucharlas… Huesos, sangre ennegrecida, balas y…

¿Qué hice?

Vi la red de venas púrpuras que se entretejen entre las osamentas, la ropa, los objetos que dejaron atrás y los nombres de cada estrella devorada. Me abalancé al suelo para, a mano limpia, arrancar esas arterias, para destrozarlas; me llené de lágrimas negras, llagas y una mezcla de mi sangre con la suya que me cubrió dejando sólo visible mis ojos coléricos.

Tic, tac, tic, tac… ya no me quedan fuerzas, de tanto escarbar me arranqué las uñas buscando el corazón de aquel sistema, perdí el control de mis músculos, y la visión que en realidad jamás tuve sucumbió ante aquel fango provocado por la apatía, el miedo, el egoísmo, la sordera y la omisión.

Salí de aquel agujero para notar a otros tantos, como yo, quienes escucharon el llanto de una estrella devorada, sólo entonces comprendí las palabras de mi abuela ojos de Luna… «aprende de ellas para cambiar aquello que deba ser cambiado».

No sé si viviré lo suficiente para ver de nuevo a las estrellas brillar, pero no me detendré, aunque el alma se me manche de horror, aunque mi voz deje de gritar en las oscuras primaveras de nuestra vida, aunque el dolor me arranque la piel a mordidas, aunque la última luz de mis ojos se extinga arrancaré estas venas impunes.

Sobre El Autor

Alejandra Zamora Canales

Comunicóloga en proceso, friki sin remedio, soñadora itinerante por deseo, dibujante por adicción, cinéfila por religión, bibliófila por diversión y fotógrafa ¿Por qué no?

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