Pese a las advertencias y regaños de su madre, a los hermanitos Domínguez les encantaba jugar en la azotea de la casa.

UN DÍA se les ocurrió que podía ser divertido invocar desde allí al dios de la lluvia, así que improvisaron un ritual mucho más elaborado de lo que ellos mismos imaginaron. Estaban muertos de la risa cuando, de repente, escucharon un chapoteo a sus espaldas. Al dar la media vuelta vieron el tinaco desbordarse con tal fuerza que la tapa voló. Los dos corrieron escaleras abajo, empapados y muy asustados. Su madre escuchó su relato de lo más confundida pero, para beneplácito suyo, después de eso los pequeños ya no subieron más, pues estaban seguros de que aquello que conjuraron seguía allí, siniestro e invisible.

Pobres; fue hasta mucho después que cayeron en la cuenta de que su dios de la lluvia no era sino el control de la bomba, descompuesto.

 

A Osiris

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