El bonachón de los libros, la excelente ortografía y las locuciones latinas. El que ilustraba, leía y escribía para curarse el alma.

“NACEMOS sin raíces”, dijiste alguna vez, cuando te platiqué mi deseo por cambiar de aires. “Disfrútalo”, respondí ante tu obstinación por irte a Oaxaca, ese lugar del que siempre hablabas, que describías con sus playas, sus calles y su gente; cuando me contabas de tus amigos de la adolescencia o de las canciones y películas que te llenaron el alma. “Oaxaca es el destino”, decías una y otra vez.

Pero el destino, que no está hecho a la medida de nuestros caprichos, se burló altísono y cambió los planes: dejó a tus cercanos un hueco terrenal y a ti, a ti te hizo echar raíces.

Y cómo no habrías de hacerlo, si tu corazón era tan grande como tu armadura. Bastó una ocasión, y hablo desde mi humilde experiencia, para que sembraras semillas en unos niños, en una comunidad y en una maestra, sin siquiera conocerlos. Echaste toda la carne al asador por nosotros y también echaste raíces.

Con los ojos cerrados brindaste tu apoyo a una escuela rural y, quizá sin saberlo, metiste los sueños de una comunidad en el autobús que los llevó directo a un mundo lleno de libros. Nos sacaste de contexto, nos abriste el panorama, nos pintaste con tus colores y nos inundaste con tus letras e ilustraciones.

“Es mi trabajo”, decías, para sosegar el alarde, cuando agradecía tu gentileza; “era mi trabajo”, respondía escueta, cuando te atrevías siquiera a corresponderme. No es que no quisiera que lo hicieras, es que si lo hacías, ya no tendría razones para irme.

No me quise ir, al contrario, te seguí la pista y admiré desde lejos (y cada vez más cerca) todo el talento y nobleza que cargabas. Me quedé y, ante la treta del destino, te volví a encontrar. Diría Borges: “Todo encuentro casual es una cita”.

En esas casualidades tortuosas siempre te vi con raíces, aunque te empeñabas en no tenerlas, aunque proyectabas tu destino en el inmenso y profundo mar azul. Ví tus raíces en mis niños, en tus amigos, en tu familia, en tus ilustraciones y en el recuerdo de lo que alguna vez fue una maestra feliz.

Así eras tú, el bonachón de los libros, la excelente ortografía y las locuciones latinas. El que me daba harta batalla en las conversaciones simplonas; el que cocinaba y adoraba las enmoladas y los dulces pero le fastidiaba la paella; el de la guayabera con saco oscuro; el que tenía hipo por las noches y resaca por las mañanas; el de los ojos chiquitos y los anteojos enormes; el que ilustraba, leía y escribía para curarse el alma.

El que dejó pendiente darme un autógrafo cuando publicaran ‘Once veranos’. El que sin querer echó raíces.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario