Otra vez, aunque esta vez no por el Canal de las Estrellas ni transmisiones aztecas, el mundo deportivo invade los medios de comunicación, principalmente a través de la televisión. Ahí está el deportista que corre con la antorcha olímpica, el desfile de países con sus records, los ganadores de oro y los olvidados por siempre. La joven china de 20 años –juro que parece una niña de diez- que gira por el aire como la libélula más traviesa. El joven francés que se vuelve un rompecabezas cuando su gran esfuerzo le rompe una pierna. Los cuerpos bronceados de la belleza femenina el voleibol de playa. La mirada concentrada que da justo en el blanco… Deportes más, deportes menos, muchos días para escuchar noticias de triunfos y esfuerzos sobrehumanos, de himnos con sonrisa y lágrimas para conmover.

Río de Janeiro es el escenario de los Juegos Olímpicos de 2016. Leal a mi padre que me hizo amar el deporte, espío y me asomo a uno de los tantos canales que transmiten las competencias. Me recuerdo a mí misma, en ese año de 1968 –tenía seis años- y admiraba tanto a las gimnastas que corría por el pasillo de la casa, en intentos de imitar sus movimientos. Mis gritos y brincos cuando Felipe “El Tibio” Muñoz ganó la medalla de oro y mi casa era una fiesta de abrazos y hasta lágrimas. La desesperación cuando Pedraza no puede ganar el oro en la marcha. Mi feminismo ya latente que celebró orgulloso las medallas de Tere Ramírez en natación y Pilar Roldán en esgrima. La emoción de ver a la primera mujer en encender el pebetero olímpico, Enriqueta Bacilio. Esperar horas y horas en periférico para ver pasar por tres segundos a los ciclistas. Mi papá explicándonos cada deporte.

Sí, los juegos olímpicos representan esa lealtad con mi padre, Alejandro Hernández Toro, esa alegría de mi mamá –siempre extiende la bandera de México en su ventana cuando ganamos una medalla-, mi hermano Ernesto y mis tres hermanas con esa sonrisa de orgullo o mordiéndose las uñas en los momentos de decisión para el atleta de nuestro país que enfrenta una prueba más a su fuerza, a su rapidez, a su entrega.

Por eso, esta semana necesitaba compartir con ustedes este amor al deporte, esta admiración por la gente que se prepara tanto tiempo para ganar o perder pero sobre todo para competir. Mi emoción todavía cuando la bandera de México es izada con los países triunfadores. El Himno Nacional y las lágrimas. Esa moda de ahora morder la medalla de oro para garantizar su originalidad o el orgullo de saberse triunfador.

Pero esta columna es un espacio para que amemos la literatura, pero el deporte también está presente en esos escenarios de novelas y cuentos, de inspiraciones e historias. Desde el rechazo absoluto de algunos escritores como Jorge Luis Borges que de verdad odiaba el futbol, hasta las sorpresas que me he llevado al descubrir escritos donde grandes representantes de la literatura delatan su pasión por algún deporte o textos que hacen referencia a esas pruebas de la fuerza y de la resistencia humana.

Puedo empezar con los clásicos como Eduardo Galeano y Juan Villoro, que delatan su amor por el futbol. El primero juraba que como todo uruguayo, él había nacido al grito de gol. Una de sus frases que me encanta, y que demuestra lo complicado que fue escribir este texto, es cuando dijo: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. En 1968 escribió Su Majestad el futbol y en 1995 dio a conocer Futbol a sol y sombra.

Por culpa de mi querido amigo José Antonio Galván Pastrana me volví fan de Juan Villoro, otro escritor que de manera lúdica y desenfada ha escrito sobre su pasión futbolera. De los contados aficionados en este mundo que le van al equipo Necaxa, bien lo dijo en su ya célebre frase: “El Necaxa es como la literatura, para las minorías ilustradas”. Ha escrito Dios es redondo, Balón dividido, entre otros.

 

“El fútbol también existe cuando la pelota no está en juego. El ejemplo más evidente es el festejo de los goles. La anotación normal desemboca en el abrazo colectivo y el regreso al medio campo. En ocasiones, la celebración se erradica por motivos tan tristes como éste: el equipo va perdiendo 0 a 5 y el ínfimo gol a favor es una prueba humillante de que los perdedores pueden jugar mejor. Otras veces, la fiesta es un solitario performance de la dicha: la voltereta de Hugo Sánchez, los brazos extendidos de Careca y su sinuoso recorrido de avión fumigador, el niño imaginario acunado por Bebeto, el zapato de Cardozo en la oreja, como un teléfono del Superagente 86”.

 

Ernest Hemingway fue apasionado del box y varios de los personajes de sus escritos fueron boxeadores. En París era una fiesta, evocó cuando enseñaba a otro colega a lanzar ganchos de izquierda o a recoger la derecha. En una de las historias del libro titulado Hombres sin mujer (1927), aparece el personaje de un viejo peleador que en sus últimos años de gloria debe enfrentar al nuevo ídolo:

 

“La campana sonó y Jack salió de su esquina al instante. Walcott se dirigió a él y se saludaron golpeando sus guantes y, tan pronto como Walcott dejó caer sus manos, Jack le lanzó un par de izquierdas directas a la cara”.

 

De igual manera, Julio Cortázar no escapó a ese escenario de hombres fuertes que intercambian golpes. En 1973, el periódico El gráfico publicó una crónica del gran escritor argentino, donde mostraba su gusto y pasión por este deporte:

 

“Como es lógico, el público fue a ver ganar a Castellini. Como también es lógico, Castellini ganó. La única cosa ausente en tanta lógica fue lo que justifica y da su auténtica belleza al deporte: la alegría. A la victoria del argentino le faltó todo, salvo la fuerza del punch, y ni siquiera éste pudo definir una situación que por lo menos dos veces se volvió crítica para Doc Holliday. Fue una victoria chata, sin nada que permitiera festejarla como se esperaba. Frente a Castellini hubo un hombre que en buena ley deportiva merecía los aplausos que tan sin ganas cosechó el vencedor. Pero Doc Holliday fue además otra cosa: el símbolo amenazante del futuro. Si Castellini no aprende todo lo que le falta aprender, de nada le valdrán las interminables instrucciones que le gritaba Ringo Bonavena. En la actualidad no faltan los Doc Holliday a la espera de su hora y algunos, además de la alegre y clara técnica yanqui, tienen punch. Cualquiera de ellos puede malograr la carrera de Castellini si éste no se decide a convertir la potencia física en ese mecanismo más complejo y eficaz que define a los grandes boxeadores, y que da a sus victorias el esplendor que tanto faltó anoche”.

 

Las mujeres escritoras no están ausentes en esta fascinación por el deporte. Por supuesto, mi libro favorito al respecto es el de Mónica Lavín, donde una joven tiene la necedad de ser basquetbolista. Su historia está cautiva en Las más faulera. El estilo es muy divertido, la denuncia latente y la fuerza femenina en busca de un reconocimiento en el mundo deportivo:

 

“Sólo papá fue capaz de entender aquella necedad mía. Un día me acompañó a un juego, el torneo había iniciado dos semanas atrás y los resultados no nos favorecían. Cuando nos quitamos los pants y los dejamos sobre la banca después de que el entrenador dio el cuadro, mi corazón empezó a latir desaforadamente. Nos acercamos al entrenador rodeándolo y después de acordar la táctica, el silbato llamó al inicio. Entonces volteé a verlo, estaba sentado en lo alto de las gradas. Empuñó la mano con el pulgar hacia arriba en señal de apoyo”.

 

La caricaturista Martha Barragán escribió un conmovedor testimonio en primera persona, donde da voz a una niña que quiere ser sirena y se convierte en esa bailarina que tanto nos impresiona bajo el agua en ese deporte y arte que es el nada sincronizado. Pero esta sirena tuvo que luchar en serio para lograr su sueño. Así, en el libro Deportes y Discriminación, editado por el Consejo Nacional para la prevención de la discriminación (Conapred), narra:

 

“…un día a la fundación llegó una entrenadora con una idea novedosa, invitar a jovencitas como yo, con Síndrome de Down, a formar un equipo de nado sincronizado, y así empezó esta nueva aventura… El mejor día de mi vida es hoy, el mejor momento es este instante. ¿Cuánto tiempo más tengo para el nado sincronizado? No lo sé. ¿Qué tanto tengo pro hacer? Tampoco lo sé. Para mí sólo el practicar es apasionante, es importante en mi vida, es un gran motivo por el cual vivo. Tener un sueño es importante para vivir plenamente la vida”.

 

Es así como la historia de Mayra Luz y su amiga Gloria, Valkirias Down demuestra la importancia del deporte y que las historias pueden tener un final feliz pese a todos los obstáculos que se atraviesen en el camino o en esa fosa de agua azul.

Por supuesto, debo cerrar este recurrido para presumirles el libro que compilé, Las que aman el futbol y otras que no tanto, cuya riqueza está en la variedad de tipos de textos, donde el cuento, el relato y la crónica están presentes. La historia que comparte mi amiga Silvia Rodríguez Trejo se desborda una imaginación muy cercana a la realidad:

 

Dos minutos y contando. El cura pedía hacer una cadena de oración a todo el estadio, era urgente que llegara el mensaje hasta el cielo. El intelectual, con todo y sus reservas lógicas y científicas, sacó de su cartera la imagen del Santo Niño del Fut y tomó la mano del cura, quien a su vez tomó la mano de una novia a punto de la lágrima. “Los mariachis callaron”, diría la canción. El balón fue a dar a las tribunas, el público no lo regresaba. “Árbitro, están haciendo tiempo, ¡fíjate!”. Por fin, regresa el balón. Saque de portería del equipo azul-cielito-claro, y un tremendo… “¡Uuutooo!” se escucha. Balón a media cancha. El comentarista decide que ya es hora de terminar el partido, le baja a su adrenalina, empieza a despedir al equipo naranja-me-has-de-ver. Recuerda sus grandes momentos, los años que estuvo en la Primera División, nombra a cada director técnico que tuvo, todo en pasado, todo en perdido. En las graderías, el público —triste y decepcionado— empieza a retirarse, los cánticos de la porra del azul-cielito-claro parecen ser como mentadas de madre para los oponentes. De pronto, en el sonido piden que despidan su equipo con un aplauso. Y el aplauso que parece inyectar ánimo a cada jugador. Total, da lo mismo, ya no tienen nada que perder. Los del equipo naranja-me-has-de-ver logran un tiro de esquina a su favor y todos los jugadores están dispuestos a rematar: todos, incluyendo al portero. El árbitro pita y el saque de esquina, que es desviado por un defensa azul-cielito-claro, que lleva al balón a golpear la espalda de uno de sus propios compañeros y “¡¡¡Goool, goool, gooooool!!!”. El estadio está que se cae del brinquerío, los abrazos se dan por doquier, el cura reparte estampitas y bendiciones, el intelectual guarda su estampita pero promete al cura ir a la misa de acción de gracias, los novios celebran con un beso apasionado y medio muestran el pulgar a la cámara, el líder de los taxistas —en lo bajito— pide perdón al Santo Niño del futbol “nomás hoy voy a tomarme unos tequilitas, es que, tu comprenderás hay que celebrar, y las cuotas, pus déjame ver, Santo Niño…”.

 

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