Estaba yo en la librería Gandhi, un señor que hojeaba un libro me pareció conocido y pensé: “se parece a García Márquez… Oh-oh, sí, es Gabriel García Márquez. Tomé el primer libro que encontré de su autoría, la autobiografía “Vivir para contarla”.

– Don Gabo. ¿Me regala su autógrafo?

Y entonces, me sonrío como el Sol de Macondo.

– ¿Cómo te llamas?

– Pues hubiera querido llamarme Úrsula para inspirar a los hombres que cuentan Cien años de soledad. Quise ser Fermina Daza y llenarme de cólera porque el amor se tardó en llegar. O ser la cándida Eréndira para tener una historia increíblemente transgresora. Pero me llamo Elvira Laura, una maestra que le enseña a sus grupos que las entrevistas son como el amor, porque usted me hizo creer en ello… Una periodista que escribe segura de que el reportaje es el cuento de lo que pasó, como lo aprendí de usted… Una candidata a doctorado convencida de que la vida de uno no es lo que sucedió sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda, frase de usted con la que empiezo el capítulo dos de mi tesis.

Sonríe, cómo me sonríe, hace garabatos en la portada del libro y me lo entrega cerrado. Me da un beso suave en la mejilla y casi recita:

– A las mujeres de mi vida siempre les regalo una flor, hoy mencionaste a las más exquisitas que he inventado pero que existen, tu mirada me lo ha confirmado.

Ya un remolino de gente que lo ha reconocido nos rodea y yo me voy con mi libro abrazado a mi corazón.

El día de su muerte evoqué ya con nostalgia ese momento, instante que en esta semana de su cumpleaños rememoro con verdadero cariño. Con un escritor como él siempre es más sencillo celebrar la vida con él aunque ya no esté físicamente, ya es inmortal con sus palabras impresas. Es muy fácil convertir a tu escritor favorito en alguien cercano, muy próximo, conocido solamente por su estilo y sus inspiraciones, amigo porque te cuenta sus historias más gozosas, cómplice porque coincide con tus miedos y con tus pecados.

Desde muy pequeña la canción de Óscar Chávez provocó que yo me interesara en conocer dónde quedaba Macando y por qué sus cien años soñaban con el aire y si era posible perseguir mariposas amarillas. Por supuesto, cuando mi profesora de literatura me dijo que la letra de esa melodía se basaba en la novela de un señor llamado García Márquez, de inmediato la busqué. Claro, me aterró el volumen del libro pero lo empecé a leer, sumergiéndome en historias raras y provocadoras. Sin dudarlo un solo instante, me identifiqué con Úrsula Iguarán desde la primera página:

Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca”

Y poco a poco pude leer otras historias, enamorarme de más personajes, encontrar tantos espejos, agradecer a García Márquez coincidir con mis sueños y mis fantasías. Así me desesperé como nunca con Crónica de una muerte anunciada. Atisbé el gran dolor y soledad de la cándida Eréndira, cuya abuela desalmada ejerció contra ella esa violencia que tanto no duele, aunque por un instante la jovencita cautiva pudo palpar un segundo de bienestar:

En esa ocasión, Ulises no tuvo que preguntarle a nadie por el rumbo de Eréndira. Atravesó el desierto escondido en camiones de paso, robando para comer y para dormir, y robando muchas veces por el puro placer del riesgo, hasta que encontró la carpa en otro pueblo de mar, desde el cual se veían los edificios de vidrio de una ciudad iluminada, y donde resonaban los adioses nocturnos de los buques que zarpaban para la isla de Aruba. Eréndira estaba dormida, encadenada al travesaño, y en la misma posición de ahogado a la deriva, en que lo había llamado. Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó. Entonces se besaron en la oscuridad, se acariciaron sin prisa, se desnudaron hasta la fatiga, con una ternura callada y una dicha recóndita que se parecieron más que nunca al amor”

Por supuesto que también me perdí con Relato de un náufrago y palpé le terror de Noticia de un secuestro. Pero como siempre, volví a obsesionarme con otro personaje femenino y palpé el dolor de la muerte de un ser amado pero también la ilusión de tener un amor eterno al memorizar la vida de Fermina Daza:

Fue el año del enamoramiento encarnizado. Ni el uno ni el otro tenían vida para nada distinto de pensar en el otro, para soñar con el otro, para esperar las cartas con tanta ansiedad como las contestaban. Nunca en aquella primavera de delirio, ni en el año siguiente, tuvieron ocasión de comunicarse de viva voz. Más aún: desde que se vieron por primera vez hasta que él le reiteró su determinación medio siglo más tarde, no habían tenido nunca una oportunidad de verse a solas ni de hablar de su amor. Pero en los primeros tres meses no pasó un solo día sin que se escribieran, y en cierta época hasta dos veces diarias, hasta que la tía Escolástica se asustó con la voracidad de la hoguera que ella misma había ayudado a encender”

Todas sus historias laten y latirán eternamente, por eso estoy segura que podemos seguir celebrando la vida de García Márquez, quien por cierto antes de ser el gran novelista, el Premio Nobel de Literatura, fue periodista, siempre siguió siendo periodista. Me encantaba su definición de la entrevista porque hasta la fecha, cada vez que tengo una charla periodística, evoco a mi querido Gabo –como le decían sus amigos:

…no han aprendido aún que las entrevistas son como el amor: se necesitan por lo menos dos personas para hacerlas, y sólo salen bien si esas dos personas se quieren. De lo contrario, el resultado será un sartal de preguntas y respuestas de las cuales puede salir un hijo en el peor de los casos, pero jamás saldrá un buen recuerdo… Creen que el magnetófono (Grabadora) lo oye todo. Y se equivocan: no oye los latidos del corazón, que es lo que más vale en una entrevista. No se crea, sin embargo, que estas desdichas me alegran. Al contrario: al cabo de tantos años de frustraciones, uno sigue esperando en el fondo de su alma que llegue por fin el entrevistador de su vida. Siempre como en el amor”

Gabriel García Márquez, periodista y escritor, siempre ha sido una inspiración en mi vida. Me ha descubierto en cada uno de sus personajes femeninos pero sobre todo, siempre me ha convencido que el periodismo es el mejor oficio del mundo.

Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”

Por eso, en este mes de marzo, Gabriel García Márquez está más cerquita de mí, tomo entre mis manos ese libro con su autógrafo y vuelvo a subrayar mis frases favoritas, entre ellas, ese pasaje en que cuenta algo que siempre me ha maravillado de él, los nombres de sus personajes:

Los nombres de la familia me llamaban la atención porque me parecían únicos. Primero los de la línea materna: Tranquilina, Wenefrida, Francisca Simodosea. Más tarde, el de mi abuela paterna: Argemira, y los de sus padres: Lozana y Aminadab. Tal vez de allí me viene la creencia firme de que los personajes de mis novelas no caminan con sus propios pies mientras no tengan un nombre que se identifique con su modo de ser”

Feliz cumple, querido García Márquez.

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