La mejor receta para la novela policíaca: el detective no debe saber nunca más que el lector

Esta recomendación la hizo Agatha Christie, la mejor escritora del género policíaco de todos los tiempos. Ella murió el 12 de enero de 1976, hace ya 40 años exactos de su muerte pero sigue siendo leída, sus novelas han sido adaptadas en cine y siempre te vuelve a engañar cuando quieres descubrir al asesino de su historia que te envuelve, te confunde y al final todo queda solucionado de manera lógica y justa.

En su obra el crimen y el misterio son los ejes de todos sus argumentos. La presencia del detective inteligente, ella creó a Hércules Poirot, que sigue pistas y pistas, siempre ganándose nuestra admiración por su paciencia, lógica e ilógica. Lo que me gusta mucho es que también creó a la mujer detective, la señorita Marple, que no era la chica sexy que protegía el héroe, sino una mujer madura, inteligente, gozosamente soltera, fino sentido del humor optimista e idealista, que entre su soledad e independencia se daba el tiempo de buscar y encontrar también al autor de algún crimen. Arquetipo de la detective aficionada. La misma Agatha consideraba que su personaje tenía algo parecido a su propia abuela, “tenían en común su condición de siempre esperar lo peor de la gente y de las situaciones, asombrosamente siempre acertaban”. Fue tal su éxito, que la misma Christie hizo una edición especial titulada Mis Marple y 13 problemas (1928), donde confiesa haber disfrutado mucho al personaje. Es así como podemos leer en el cuento ‘El club de los martes’:

“- Es curioso – dijo despacio -, pero da la casualidad de que miss Marple ha dado con la solución. Jones había metido a Gladys Linch en un serio problema, tal como se dice vulgarmente, y ella estaba desesperada. Él deseaba librarse de su esposa y prometió a Gladys casarse con ella cuando su mujer muriese. Él consiguió los “cientos de miles” y se los entregó a ella con instrucciones para su uso. Gladys Linch falleció hace una semana. Su hijo murió al nacer y Jones la había abandonado por otra mujer. Cuando agonizaba, confesó la verdad. Hubo unos instantes de silencio y luego Raymond dijo: – Bueno, tía Jane, esta vez has ganado. No entiendo cómo has adivinado la verdad. Nunca hubiera pensado que la doncella tuviera nada que ver con el caso. – No, querido – replicó miss Marple -, pero tú no sabes de la vida tanto como yo. Un hombre como Jones, rudo y jovial. Tan pronto como supe que había una chica bonita en la casa me convencí de que no la dejaría en paz. Todo esto son cosas muy penosas y no demasiado agradables de comentar. No puedes imaginarte el golpe que fue para Mrs. Hargraves y la sorpresa que causó en el pueblo.”

Ya fuera Miss Marple o el detective Poirot, en cada historia sabían seguir muy bien a los sospechosos latentes y encontrar al inocente que todo lo culpa pero nada puede acusarlo. Estos dos personajes logran todavía en este siglo XXI guiarnos página tras página para atraparnos en los cabos sueltos que la misma autora amarra con ingenuidad y desamarra con lógica. Al final de cada historia no hay veneno que falle ni incauto que no se lo tome, pero el caso resuelto es un final feliz que siempre sorprende, aunque ya hayas leído esa historia muchas veces.

Agatha nació en Inglaterra el 15 de septiembre de 1890. No estudió literatura, simplemente aprendió a escribir escribiendo, encontró así sus pasiones, su estilo e inventó sus propios artificios literarios. Algunos analistas de su trayectoria consideran que si bien al principio ella intentaba imitar a otros escritores que escribían novelas policíacas, poco a poco se encontró con sus historias y sus personajes, evolucionó en sus tramas, en sus tejidos finos de pruebas falsas y en sus bordados provocadores de testimonios genuinos, siempre logró encontrar el ambiente apropiado, verosímil, cautivador y hasta seductora. Ella nos guiña un ojo para distraernos en una escena y cuando menos lo esperamos en esa distracción ya el sospecho se vuelve víctima, o el asesino merece nuestra fatal duda. Es tan maravillosa que es capaz de burlarse de ella misma, de su género literario y de las historias que tanto ha narrado. En el texto “El misterio de la guía de ferrocarriles”, puede leerse:

  • ¿Robo, falsificación? – indica Hastings
  • No, demasiado vegetariano. Tiene que ser un asesinato; con mucha sangre y dificultades… La escena del crimen podría ser… la biblioteca. En cuanto al arma… una vieja daga española de anchos gavilanes… Es el modelo que presentan el noventa por ciento de las novelas policíacas.

Es así como en 66 novelas, la primera aparecida en 1920 titulada El misterioso caso de Styles y la última en 1976 fue Un crimen dormido, esta maravillosa escritora de casos de suspenso, crímenes y justicias, es ya eterna en la literatura mundial. Además se dio el gusto de explorar otros géneros como el teatro –donde fue muy aclamada su obra La ratonera. También escribió poesía y novelas de amor –con el seudónimo de Mary Westmacott, incluso las historias de su vida, tanto como literata, como mujer y como ser humano.

Ha sido analizada por varios estudiosos de la literatura, uno de ellos aseguraba que la trama de sus historias siempre contaba con los siguientes elementos: el juego limpio, el crimen, el detective, el asesino, el método del asesinato y los rasgos no deseables. Se asegura que ese juego limpio era una de las características más importantes de sus historias porque siempre ofrecía de manera detallada la información necesaria para conocer a cada personaje, la situación, las posibilidades de considerarlos culpables e inocentes y las pruebas lógicas para encontrar al criminal.

Leer por primera vez o por otra vez más cualquiera de las 66 novelas policíacas de esta extraordinaria novelista británica siempre es un gozo y una maravillosa provocación para pensar, imaginar y hasta soñar al posible culpable y las razones de su crimen.

Cabe cerrar este recorrido con un cuento –parodia- que escribió el escritor mexicano Vicente Leñero titulado “Quién mató a Agatha Christie? Donde de una manera muy original –irónica, perversa y quizá hasta provocadoramente irrespetuosa-  los detectives que ella creó –Marple y Poirot- tienen un encuentro donde se preguntan si serán las próximas víctimas de las historias que han protagonizado y prefieren ser ellos quienes terminen con la vida de su creadora. Sin embargo, en un fragmento de la obra, hay una reflexión que sin duda refleja la filosofía que inspiró a Agatha Christie a escribir este tipo de género literario:

Un largo silencio invadió a los dos amigos. Japp buscó en los ojos de Poirot una pista que lo llevara hasta sus pensamientos, pero el detective rehuyó discretamente la mirada, al tiempo que se levantó de la mesa para ir en busca de un paquete de sus queridos cigarrillos rusos. Ofreció uno a Japp, que el inspector rechazó cortésmente con un ademán, y tras de encender y dar una larga fumada al que se llevó a los labios, Poirot rompió el silencio. 

  • La muerte de un personaje de novela es siempre relativa -razonó tranquilo-. Muere cada vez que el lector cierra el libro y vive cada vez que lo abre.
  • Pero eso no disculpa a dame Christie a perpetrar un acto criminal tal alevoso como éste –interrumpió Japp.
  • La muerte de los humanos, en cambio –continuó Poirot como si no hubiera escuchado al inspector–, es real, definitiva. Cuando mueren, ya sean víctimas de una enfermedad o de un crimen, mueren para siempre, sin remedio. Por eso temen tanto al final y por eso cualquier amenaza en ese sentido los lleva a cometer barbaridades, a renunciar incluso a sus propias convicciones y querencias.

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