El encuentro de dos mundos, dos razas, dos formas de vivir: la suya y la mía.

NOS conocimos en mi cumpleaños número 16: llegó en una caja de regalo, con un moñito y muchos pelos. Desde entonces, Kalila ha sido mi hija, mi mejor amiga, mi cómplice en los momentos gloriosos y mi ancla en los episodios oscuros.

Las mascotas (perrhijos, como está de moda llamarles –aunque aplican prefijos distintos para otros animales-), son precisamente eso: hijos, amigos, cómplices y conquistadores. Navegan con esa cola peluda y esas cuatro patas para desembarcar en una familia e instalarse de planta en los corazones de los nativos.

El ‘descubrimiento de América’ fue una fecha obligada a conmemorar desde la primaria; a punta de chanclazos tuve que aprender que Cristóbal Colón era un marino genovés intrépido y cuatacho de la reina Chavela la católica.

Nunca me gustó eso de ser ‘descubiertos’ ni que denominaran al 12 de octubre como el Día de la Raza. De niña no sabía muy bien por qué, pero me causaba mucha frustración imaginar interrumpida la cotidianeidad de los nativos solo porque a un navegante se le perdió la ruta en el mapa.

Por eso, desde hace 11 años, cada 12 de octubre celebro otro descubrimiento, uno más personal: no sé si ella me encontró o yo la encontré, no sé si ya estábamos destinadas o si estaba navegando con una brújula sin norte. No puedo responder con certeza eso, solo sé que hoy celebro su vida.

Celebro porque sé que muchos entenderán lo maravilloso que es tener un perrhijo y compartir con ellos las buenas y malas rachas. Kalila estuvo conmigo durante mi ridícula etapa adolescente, en la crisis universitaria y en la monísima época en la que solo éramos Napoleón (mi otro perrhijo), ella y yo. Me ha acompañado en las decepciones amorosas, en la incertidumbre del embarazo y en la torpeza de la maternidad. Como todo perro, ha sido mi mejor amiga y mi fiel compañera.

Hemos compartido muchos momentos juntas: hemos visto películas, se ha dormido en mis piernas mientras le rasco las orejas, ha lamido mis lágrimas cuando me entra la loquera y hemos pasado noches en vela cuidando una de la otra.

Justo hoy, en su cumpleaños número 11, me siento la mamá más mala del mundo. Justo hoy, cuando en edad perruna tiene 84 años, tuvo que parar en el veterinario por una torpeza mía, un accidente, un descuido. Quienes tienen perrhijos también han de entender lo frustrante que es sentirse responsable por un problema de salud de su ‘bendición con pelos’.

Pero hay que celebrar porque unas patitas con almohadillas pisaron por primera vez, durante una luna de octubre.
Hoy hay fiesta continental por el descubrimiento, por la raza, por los vómitos en la alfombra que después son comidos sin problema, por la pipi regada en la cochera, por los juegos con pelota, por los zapatos mordidos y por las carnazas sabor tocino.

“Cuando muera,
Si es que muero o primero,
Quiero que me vea mi perro;
Que me huela, ya muerto,
No sea que piense que, por mi voluntad,
Me he ido y le he dejado.
No quiero que crea que le he abandonado”.

Poema de Jorge Torres Daudet, de Belleza Cruel (2009).

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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