París, Francia o como la llaman algunos La ciudad luz, era lo último que quería ver en mi vida; escuché tantas historias del lugar, releía una y otra vez la novela de Hemingway París era una fiesta, siempre imaginaba que era Gerturde Stein, y pululaba por los cafés urbanos; vi mil veces Midnight in Paris y me imaginé en largas caminatas por sus calles, pararme afuera del Louvre y sobre todo, ver de cerca -muy de cerca- la imponente Torre Eiffel.

Lo conseguí: invertí todos mis ahorros en este viaje, contacté una agencia que prometió mucho más de lo que soñé siquiera y ya tenía alguien que me diera posada en su piso, Jerome, un amigo que conocí en la escuela –coincidimos durante su periodo de intercambio- y me platicaba de su ciudad, la más viva de todas las ciudades del mundo. “Incluso más viva que Nueva York”, decía y yo, sin cuestionarlo en absoluto, le creía.

Mi estancia en París ocurrida un par de días antes me divertía mucho, paseamos cerca del Arco del triunfo, por los campos Elíseos, hasta la Plaza de la Concordia, vimos el atardecer con el río Sena de fondo y nos maravillamos con el Palacio de Versalles, todo iba bien… hasta que llegó el 14 de noviembre de 2015.

A las 8 de la noche Jerome sugirió que era buena idea ir a cenar fuera, yo estaba muerta de cansancio, ese día recorrimos lo más que pudimos del Louvre, los pies me mataban. “¿Qué tal si vamos al Bataclan? hoy tocarán Eagles Of Death Metal” le dije que no tenía ánimos de ir a un concierto de una banda que ni conocía pero para no quitarle la intención acepté salir a cenar cerca de ahí, si es que se animaba… tomó una errada decisión cuando me contestó que sí.

A las 9 de la noche tomábamos el postre, una tarta Tatin y un delicioso y humeante café, estábamos en una de las mesitas de fuera del lugar, pero cerca de la entrada ya que insistí en que hacía algo de frío.

Ninguno de los dos imaginamos lo que nos esperaría, nunca vimos la pesadilla venir. De pronto un hombre sacó un arma y empezó a disparar de derecha a izquierda a todos los clientes en las mesas de afuera del café. Todo pasó tan rápido que apenas me dio tiempo de correr dentro de la cafetería y refugiarme tras la barra, bajo de la registradora. Oí la horda de disparos… 5, 10, 20, perdí la cuenta luego de un rato. Mis lágrimas caían y no noté el momento en que paré de gritar hasta que las sirenas de las ambulancias, patrullas, bomberos irrumpieron en mis pensamientos.

Supe que quizá ya no había peligro, supe que tenía que buscar a Jerome. Encontrarlo fue dolorosamente sencillo, su cuerpo mitad adentro del local, mitad fuera de éste, justo en la puerta. Tres balas penetraron en su cuerpo: una en el brazo, otra en el costado izquierdo y una última en la garganta, esa le quitó la vida al instante. Unos pasos al bajar los escalones me sobresaltaron, la pesadilla no había terminado, el hombre con el rostro cubierto no lo pensó dos veces y disparó a su único blanco: yo…

 

-La redacción aclara que el previo texto es una ficción ideada por nuestra colaboradora.
Nada de lo narrado ocurrió en un contexto real.

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